Luna Miguel

Miedo

El otro día nos colamos en un bar de Malasaña y nos topamos con una especie de tertulia muy friki sobre cuentos de terror. Me llamó la atención uno de los participantes que en vez de llevar cuentos llevó ciertas columnas de periódicos -para él un periódico ya era un recipiente de terror- cuyo tema común era el miedo a algo, y, en este caso: el miedo a las nuevas tecnologías. El primero trataba de un móvil que sonaba incluso en el infierno. El segundo era el de un escritor obsesionado con las amistades de Facebook. Con ese chat abierto 24/7 en el que siempre habrá alguien dispuesto a contarte su vida, sus penurias, a inventárselas, qué se yo, decía el columnista, si de todos esos que dicen ser "mis amigos" como mucho sólo conozco a cinco. "Ni en la barra del bar tantos se acercarían a hablarme".

Me hacen gracia este tipo de textos en los que los autores -seguramente periodistas y escritores de entre cuarenta y sesenta años- se sorprenden ante las nuevas tecnologías se muestran temerosos o escépticos ante ciertas herramientas a las que llegan por pura convención social pero que realmente no tienen ni idea ni ganas de comprender (ojo,que mi abuela de 67 años tiene Facebook y lo usa día a día). Aquella noche, mientras el tipo leía a sus columnistas preferidos, pensaba en el corte generacional que ha supuesto Facebook. Un corte que quizá no dependa tanto de la edad como de la voluntad o la adaptación. Muchos conocemos Internet desde niños como la palma de nuestra mano y llevamos años viendo cómo cada poco nace y muere nuestra red social preferida. Uno ya depende. Uno no es nadie sin esas plata formas. ¿Quedarse sin conexión? Eso es, creo, lo que sí da miedo.