Fuego amigo

Más duro es dimitir que robar, señorito

 

Como no soy Nadie, sé que me moriré sin poder decirle a Nadie la sentencia que te consagra como Alguien poderoso: "No sabe usted con quién está hablando". A mí me lo espetó una vez, en un altercado de aparcamiento, un señor de bigote pitillo, tirantes de banderita nacional, y aspecto de alto cargo del Movimiento. Tuve que admitir, aterrado, que, efectivamente, no sabía con quién estaba hablando. Y eso fue lo peor. Lo tomó como una afrenta mayor que el haber perdido un bien tan escaso como un hueco de aparcamiento en Madrid. Su ego no pudo soportar la tortura de tanto menosprecio.

 

Los policías que detuvieron al senador socialista Curbelo en una de esas salas de masajes en las que trabajan señoritas que también desconocen a quién están masajeando ("no sabe usted a quien le está sobando el gemelo, señorita"), dicen que el político canario les llamó terroristas, borrachos, hijos de puta y sinvergüenzas. Y aquí viene la versión senatorial de la manifestación de poder con la que también soñaba el tipo del bigotito: "Soy senador y voy a ir uno por uno a por vosotros, voy a acabar con vuestras carreras, que estáis pagados por los putos fachas del partido popular".

 

Al senador Curbelo, su partido le ha obligado a dimitir de su escaño. Despreciar a las putas y a los putos en su hábitat natural resultaba tan torpe como entrar en una iglesia poniendo a parir a voz en cuello a la Santísima Trinidad. Y en tiempos de precampaña no están las cosas como para andar metiéndose con lo más sagrado, la Iglesia y el sexo (y no por ese orden).

 

Así que ahora nos falta Camps. El presuntamente poco honorable president debería tomar ejemplo de ello. Aunque solo fuese por mantener la ficción de que su jefe Rajoy, el que nos quiere gobernar, es un líder fuerte, de los de ordeno y mando, capaz de conseguir con su enérgico carácter la dimisión de un presunto imputado por cohecho. Ánimo, pues, Mariano, lo estás deseando y nosotros estamos contigo, sin que sirva de precedente.