Fuego amigo

Cuando yo sabía que militaba en la izquierda

 

Mientras unos seguimos enzarzados en definir los principios sobre los que se basaría una hipotética y necesaria refundación de la izquierda (ese lugar maldito en el espacio político, hecho de la misma materia del horizonte, que siempre lo ves delante de ti pero nunca puedes estar en él), el movimiento 15M se declara apartidista, que no apolítico, y entre sus filas hasta hay alguien que cándidamente piensa que también caben bajo sus siglas los votantes de la derecha, de la misma manera que el PP siempre soñó con tener entre sus filas a un obrero para enseñar. Como si la derecha y la izquierda se indignaran por las mismas causas.

 

Cuando yo sabía que militaba en la izquierda, creía que lo mío, lo nuestro, era una forma de ser, en contraposición a la derecha, que era una manera de estar. Éramos, pero nunca estábamos en los resortes del poder. Ahora se ha puesto carísimo el certificado de pureza, pues como la fábula del sabio que se preguntaba si habría alguien más pobre y triste que él hasta que su rostro volvió, siempre encontrarás a tu izquierda alguien que te susurrará al oído que tú estás a su derecha, fascista de mierda.

 

Así que, mientras continuamos la discusión donde la habían dejado bolcheviques y mencheviques hace casi un siglo, los nacionalismos se han buscado un atajo que aplaza el litigio para momentos de mayor sosiego. Ayer, Bildu, el partido de la izquierda abertzale, ofrecía al PNV, el partido de la derecha abertzale ("patriota"), la posibilidad de acudir en coalición a las elecciones del 20N, como estrategia para conseguir un grupo parlamentario vasco en el Congreso.

 

Ni izquierda, ni derecha, ni hostias: el nacionalismo, el sentimiento de raza, de tribu, de patria chica está por encima del modelo de sociedad, del sistema de distribución de la riqueza, de la lucha contra los privilegios. El nacionalismo, la solución a nuestra pérdida del norte, es una cuarta dimensión, sin izquierda ni derecha ni delante ni atrás ni arriba ni abajo, un paraíso donde, una vez alcanzado, los problemas se diluyen, donde habita la concordia perpetua como en esas revoluciones tan perfectas que hasta les sobran las libertades.

 

Cuando yo sabía que militaba en la izquierda, creía que jamás podríamos justificar la matanza con bomba de 21 personas en Hipercor, el tiro en la nuca a Yoyes mientras paseaba con su hijo de tres años, el asesinato de Francisco Tomás y Valiente o el de Ernest Lluch. Hoy, la cabeza más mediática de Bildu, el diputado general de Guipúzcoa, Martin Garitano, acoge como invitados de honor en la inauguración de las fiestas de Vitoria a familiares de presos de ETA convictos de varios asesinatos, presos que tercamente Garitano sigue llamando "políticos", y asesinatos que para él no son más que parte del "conflicto" que se vive en Euskadi.

 

Yo me cuento entre los que saludó con esperanza la posibilidad de que Bildu pudiese presentarse a las pasadas elecciones, porque creo que en la futura entrega de las armas de ETA es necesario tener preparado y estructurado un bando con capacidad moral suficiente para poder recoger los restos del naufragio, y que hasta pueda pactar con los terroristas una salida no demasiado traumática para su inmenso y estúpido ego abertzale. He estado desde entonces luchando dialécticamente con amigos, parientes y vecinos que seguían sospechando, como apunta a diario incansablemente la derecha, que Bildu es a ETA lo que los misioneros al Vaticano: un escaparate, el servicio de propaganda.

 

Pues bien, tipos como Garitano me están dejando sin argumentos, quizá porque sigo tercamente aferrado a ese sentimiento humanitario, vagamente de izquierda, incapaz de dar el salto fundamental con el que alcanzar el paraíso del nacionalismo, ese lugar maravilloso donde los asesinatos son conflictos, los asesinos encarcelados, presos políticos, las discrepancias políticas se defienden a tiros en la nuca y bombazos, y donde por no haber no hay norte ni sur, ni este ni oeste, solo la patria, la gloriosa, la puta patria en cuyo nombre con tanto ahínco se mata y se tortura.