Memento

¿Solidaridad o propaganda?

Dos personas colocan el cartel de ayuda para Ucrania en uno de los autobuses del convoy de la Fundación Madrina, en la plaza de San Amaro, a 11 de marzo de 2022, en Madrid (España).- A. Pérez Meca / Europa Press

La cajera del supermercado me acaba de decir si quiero donar un euro para Ucrania, que pobrecitos ellos. También al entrar en la aplicación de mi banco me ha saltado un banner diciéndome que ahora es más importante que nunca nuestra ayuda. En el ayuntamiento de mi pueblo (y en el de los pueblos de alrededor) están recogiendo comida, ropa, medicamentos... incluso han mandado un camión con el logo del ayuntamiento y el lema "ciudad de personas" a entregar todo en la Fira de València.

Es más, la gran compañía de comercio electrónico que todos conocemos, que tiene mayores beneficios que el PIB de muchos países, te dice en su portal que nuestra solidaridad es más necesaria que nunca. Canales de televisión con la bandera ucraniana en su logo, anuncios y más anuncios, influencers... Estímulos de toda índole que te culpabilizan si no das tu dinero para ayudar a los pobres niños y mujeres ucranianas.

No digo que no sea necesaria esa ayuda. Una guerra es terrible y, cómo no, quien más la sufre es la población, los pobres. Más allá del papel de los nazis ucranianos o de lo absurdo de prohibir competir a deportistas rusos, expulsar estudiantes rusos de universidades europeas o censurar películas de Tarkovsky, más allá de las muchas informaciones que callan los medios, negar que la solidaridad y la ayuda es necesaria es negar la mayor y, a su vez, perjudicar a los que ni pinchan ni cortan en cualquier contienda. Una vez explicada una obviedad, toca denunciar otra: que la solidaridad, no solo va por barrios, sino a base de bombardeo mediático e informativo.

No deja de ser llamativo que el supermercado, mientras infla precios aprovechando la excusa de la guerra y de la huelga, te pida tu solidaridad, después de escudarse en la subida de impuestos para justificar que te cueste más hacer la compra, cuando no hay nada más solidario que pagar impuestos. También es difícil de entender por qué tantos ayuntamientos han puesto en marcha toda la maquinaria posible para ayudar al pueblo ucraniano, cuando muchas veces ni lo hacen con sus vecinos ni con otros pueblos. Supongo que, electoralmente, no les sale tan rentable. Ni qué decir de Amazon, que podría enterrar Ucrania entera en billetes, pero te pide a ti que no solo le compres los productos a él obviando el comercio local, sino que a través de su plataforma dones dinero. ¿Cómo era el meme de la carretilla de South Park?

Pero no es necesario mentar las guerras de Siria o Yemen, que ya se han recordado por numerosos periodistas durante estas semanas. Como también se les recuerda a muchos políticos que, mientras cogen la bandera de Refugees Welcome, siguen los nueve Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) diseminados por toda nuestra geografía. O la rapidez que tienen por otorgar la nacionalidad a ucranianos en nuestro territorio mientras otros migrantes llevan años esperándolo, como muchos de los que llegaron a borde del famoso Aquarius a València en 2018 y siguen en situación irregular y malviviendo. Una vez se hicieron todas las fotos, cayeron en el olvido.

Porque el pueblo ucraniano tampoco debe olvidar eso. La solidaridad, como dije, no solo va por barrios, también por momentos. No es descabellado pensar que, en unos meses, una vez se silencie (esperemos) el sonido de las bombas, dejen de ser bienvenidos y comiencen una odisea como las personas que huyen de otras guerras. Que todos y todas recordamos la foto del niño sirio Aylan muerto en la orilla de una playa o la tragedia de Lampedusa, que parecía que iba a cambiar la política migratoria de la UE, y lo único que se ha hecho desde entonces es hacer las vallas más grandes y pagar a Turquía para crear campos de refugiados insalubres e inhumanos. Una vez no es noticia, para la población es más cómodo tener lejos el problema.

Tal vez en un tiempo hablen de los ucranianos que vienen aquí a quitarnos el trabajo o a asaltar nuestros chalés. No hace tanto tiempo que a todos los ciudadanos de la Europa del este que venían aquí a trabajar los encasillábamos en ese papel. No es descartable que volvamos a colgarles ese sambenito y nos importe un carajo cómo han quedado las ciudades ucranianas, como no nos interesa la situación actual de Alepo.

La solidaridad es la ternura de los pueblos, dijo la poetisa nicaragüense Gioconda Belli, pero cuando se ejerce de arriba hacia abajo es caridad. Y cuando se ejerce temporalmente, a galope de la sobreinformación y el impacto mediático, es propaganda. El tiempo dirá si me equivoco. Ojalá. Pero cuando se apaguen los focos y el último periodista salga de Ucrania, la solidaridad se irá con ellos. Y la necesidad seguirá allí como en tantos otros rincones. Pero si nadie lo cuenta, lamentablemente, no existe. Y mucha gente prefiere la ignorancia a la vergüenza.