Catalanofobia y victimismo

Decía Ortega que Cataluña era un problema “que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar”. Pero, en realidad, la carga más insoportable es asistir al interminable juego de catalanofobia y victimismo, por cuyo tablero ya ruedan los dados a propósito de la nueva financiación autonómica. ¿Qué delito hemos cometido para tener que escuchar a diario la matraca de la insolidaridad catalana respondida a coro por el no menos famoso estribillo de ‘Madrid no nos quiere’? ¿No podrían, al menos, caer en una oca y avanzar de casilla?

El juego es simple cual botijo. El Mundo agita el cubilete y lanza: “¿Cómo puede justificar Zapatero que Cataluña vaya a recibir per cápita un 64% más que la media nacional de esos 11.000 millones de fondos adicionales? (…) Lo que sí existe en España y de forma bien justificada es una creciente Montillafobia y una enorme Esquerrafobia”.

Pasa el turno. A Miquel Pairolí, en El Punt le hace falta un cinco y lo consigue: “(A) los catalanes (…) nos tachan de ladrones, de aprovechados, de avarientos, de explotadores. Dicen que nosotros tenemos cogido el gobierno por el cuello, como antiguamente los judíos tenían a la Corona, y que aprovechamos esta posición para saquear las arcas públicas y condenar a la precariedad aquellas regiones españolas menos desarrolladas”.

¿Que si hay más jugadores? A patadas. En el equipo de los victimistas está Vidal-Folch, quien desde El País se pone estupendísimo: “¿Cuál sería el coste de la no-Cataluña? Fácil. Las autonomías no mejorarían hoy su financiación. De hecho, España no sería un Estado autonómico (…) La autonomía es, sobre todo, un invento catalán”. Le da la réplica José García Domínguez en Libertad Digital: “El catalanismo todo (…) ha vendido su feliz impunidad histórica a cambio de treinta monedas de plata (…) A partir de ahora, ya no valdrá (…) esa estomagante cantinela del agravio comparativo que hubimos de soportar durante el último cuarto de siglo”.

Variaciones
Hay victimistas entre el victimismo: “Contra el PP, ERC vive mejor, y es en el victimismo donde fluyen sus mejores resultados”, escribía Pilar Rahola en La Vanguardia; y catalanófobos conversos como Rajoy, quien, según la mundial Isabel San Sebastián, ha obligado a sus comunidades a coger la propina de Salgado. “Todo menos ser tildado de anticatalán”, decía. El endiablado juego no tiene fin: todos caen en la casilla de volver a empezar. Y así.