Otras miradas

¿Economía de guerra o de paz?

PERE ORTEGA

La denominada guerra contra el terrorismo iniciada por EEUU después del 11-S, primero en Afganistán y después en Irak, ha costado hasta hoy la friolera cuantía de 1,1 billones de dólares al erario público de EEUU. Esa cifra disparó al alza el presupuesto del Departamento de Defensa al pasar de 380.000 millones en 2001 (3,1% del PIB) a 663.000 millones de dólares constantes en 2009 (4,3% del PIB). Es decir, EEUU ha llevado a cabo un enorme esfuerzo en economía de guerra substrayéndolo de la economía de paz o, dicho de otro modo, de la economía productiva.
En Europa no se ha llegado tan lejos, pero si se observan los presupuestos de Defensa de los diferentes países en esta misma etapa, estos han aumentado por encima de los PIB nacionales con un promedio del 5% anual. La llegada de la crisis a partir de 2009 empujó a los estados europeos a recortar los gastos militares para hacer frente a los déficits de sus presupuestos nacionales. Observemos cómo lo han llevado a cabo algunos de estos países.

Grecia es el país más militarizado de la UE, ya que dedica un 3,6% del PIB a gasto militar y ocupa el quinto lugar en el ranking mundial de compradores de armas. Ahora, con la grave crisis económica que atraviesa, y para poder recibir ayudas de la UE, fue presionado para que redujera su déficit público. Entre las medidas anunciadas por el Gobierno, figuraban recortes en el gasto militar, en concreto reducir mil millones de euros del presupuesto de Defensa de este año y continuar los recortes en años sucesivos hasta rebajar el porcentaje militar del PIB hasta un 1,7%. Entre los países afectados por la reducción de inversiones en armas se encontraban Francia y Alemania, que habían firmado recientemente importantes contratos con Grecia. En el caso de Alemania, se habían contratado dos submarinos y había cuatro más en negociación, con un coste final de 1.800 millones de euros. En el caso de Francia, se contrataban seis fragatas, helicópteros y aviones de combate Mirage y Rafale por un importe de 3.000 millones de euros. Ante la posible anulación de los contratos, la reacción de los gobiernos de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy fue de presionar al Gobierno griego para impedirlo, avisando de que podrían poner en peligro las ayudas de la UE para reflotar su economía.

En España, en el presupuesto de Defensa para el año 2011 se propone una reducción de mil millones de euros, con un ahorro del 7% respecto al año anterior. El ahorro más llamativo surge de la reducción de 3.000 efectivos de las Fuerzas Armadas. Pero lo más significativo es que el Gobierno español no ha anulado ninguno de sus grandes proyectos industriales de armamento, en los que aún falta invertir en los próximos años alrededor de 15.000 millones de euros, limitándose a dilatar su realización para años posteriores. Lo cual significa refinanciar los proyectos con las industrias militares y acabar pagando más intereses y encareciendo el precio final de las armas.
En Reino Unido se ha propuesto una reducción de 42.000 efectivos, así como disminuir un 8% el gasto militar, 3.600 millones de libras, en cuatro años. Pero no se anula la construcción prevista de dos nuevos portaaviones ni tampoco sus programas de modernización de armamento nuclear, sino que se ha llegado a un acuerdo con Francia para compartir los gastos y continuar ambos con su desarrollo.
Alemania, aparentemente, ha ido más lejos en la reducción de su gasto militar y ha propuesto disminuir en 70.000 soldados sus Fuerzas Armadas. Pero, en realidad, esto obedece al tránsito de un ejército de conscripción a uno profesional, con lo cual no se puede asegurar que al final el presupuesto en Defensa disminuya, sino que incluso puede acabar aumentando.
Estos casos hacen temer que las reducciones anunciadas por los diferentes gobiernos tan sólo obedezcan a la coyuntura actual de la crisis y, en cambio, no sirvan para abordar el problema de fondo que subyace tras el gasto militar, que no es otro que la ineficiencia para la economía productiva.

Se acepta de manera generalizada desde el ámbito político y económico más ortodoxo que el aumento de recursos destinados al gasto militar es una inversión productiva en términos de eficiencia económica. Lo cual es falso, ya que el gasto militar entorpece el crecimiento de la economía productiva. Primero, porque los recursos monetarios, de bienes de equipo, de conocimientos tecnológicos y de mano de obra que consumen los ejércitos y la producción de armamentos generarían mayores beneficios si fueran destinados al sector civil a través de los denominados "costes de oportunidad". Es decir, dedicar recursos a un sector con mayor productividad. Segundo, porque el comercio de armas no se rige por las leyes del mercado, pues no facilita el intercambio al ser adquiridas directamente por los estados. Esta dependencia empuja a las empresas a no ejercer control sobre los costes del precio final del arma, lo que no produce economías de escala y encarece su precio final, pues de todos modos será igualmente adquirida por el Estado. Este hecho convierte a las industrias militares en parásitos de la economía real.

La crisis económica actual debería ser una oportunidad para los gobiernos para encontrar soluciones socialmente avanzadas para superar la crisis. Una de ellas sería reducir recursos del gasto militar para destinarlos a la economía realmente productiva. Por ejemplo, sólo haría falta anular algunos de los gastos militares más
inútiles, sobre todo los destinados a inversiones en nuevos armamentos, para hacer frente al déficit público de los estados e impulsar la creación de empleo en el sector civil. Eso sería trabajar por una economía de paz.

Pere Ortega es Coordinador del Centre d’Estudis per la Pau JM. Delàs