Opinion · Otras miradas

La única minoría peligrosa son los ricos (y sus siervos)

El avance del neofascismo y de las formaciones políticas autoritarias, el éxito de Trump, Bolsonaro o Salvini son consecuencia de la inseguridad y frustración que han originado los partidos del extremo centro neoliberales que han impuesto un largo período de políticas austeritarias para la mayoría social en el plano estatal siguiendo el dictado del FMI y una globalización económica internacional que ha conculcado los derechos y los intereses de los pueblos. La Unión Europea y el Estado español no han sido una excepción, bien al contrario, son paradigmáticas en la disminución del gasto social, del sector público de la economía y de los derechos de la ciudadanía. Tras la crisis de 2007/2008 los ganadores en todo el mundo son los mismos que las provocaron, la oligarquía financiera y las multinacionales.

Paradójicamente un representante del capital más parasitario como es Trump logra erigirse en adalid contra el establishment con un discurso xenófobo y supremacista. Los nuevos zares de la extrema derecha en Francia, Italia, Polonia, Hungría y en nuestro país han desviado la rabia de un importante sector del pueblo contra extranjeros y minorías étnicas, contra emigrantes y mujeres. Tanto en América como en Europa la extrema derecha asegura, de esa manera, los intereses de la oligarquía haciendo culpable de las desgracias a sectores sociales muy frágiles que difícilmente pueden defenderse y aún menos ser causantes de la situación. Una jugada maestra para seguir aplicando políticas que aumentan la desigualdad social, el odio al diferente y la división en los pueblos. Los causantes de la crisis de una década de duración y los ganadores de la globalización pueden estar tranquilos, los políticos a su servicio, al igual que el ladrón de la fábula popular distrae a los viandantes gritando “al ladrón, al ladrón” señalando al desarrapado que pasaba por allí.

Desde hace varios años, vivimos una situación que se ha denominado como “crisis”. A veces, de tanto escuchar una palabra, la acabamos repitiendo y asumiendo sin pensar bien qué significa. “Crisis” tiene un significado concreto. Ha significado que millones de personas vivan condenadas al paro. Millones de personas que cada vez tienen que trabajar más por menos dinero. Crisis son los alquileres cada vez más elevados, los servicios públicos más colapsados con aulas con más alumnos, médicos con consultas cada vez más saturadas, un transporte público cada vez más caro y menos eficiente. Crisis son las pensiones de miseria para los que han tenido una vida de esfuerzo o las mujeres que cada vez sufren más para sostener la economía de su gente y las personas migrantes perseguidas simplemente por ser pobres. Esa es, en lo concreto, la crisis para el 80% de la población. Somos la clase trabajadora la que sufrimos la crisis.

Sin embargo, hay una minoría privilegiada a la que no le ha ido mal. Una minoría parásita que, amparada por unas reglas del juego que siempre les favorecen, ha seguido haciendo negocios y ganando dinero a espuertas a costa del trabajo ajeno. Una minoría acaparadora que esquilma los recursos de todos para lucrarse y vivir en la opulencia más escandalosa. Sí, a los banqueros, a los ejecutivos, a las grandes empresas, les ha ido muy bien. Se han aprovechado de la situación para saquear los servicios públicos, para bajar los salarios, para especular con la vivienda. Imponen un régimen de terror en los centros de trabajo: a quién protesta y se organiza, lo echan a la calle. Y tienen de su parte al conjunto de poderes del Estado, que lejos de ejercer un rol redistributivo, se dedican a legislar para proteger los intereses de los bancos. El caso del poder judicial, con el Tribunal Supremo a la cabeza, no es sino una muestra más de que el Estado sigue siendo el consejo de administración de los ricos. Encima, ahora quieren enfrentarnos entre nosotros, en nuestros barrios y ciudades, en los lugares que queremos tanto: quieren dividirnos cuando son ellos los que nos hacen la vida difícil a todos. Pero no podemos permitir que esta situación se normalice. La sociedad crea riqueza; somos los trabajadores y las trabajadoras las que generamos riqueza. Muchas veces ni se nos paga un salario, como en el caso de las mujeres. Pero sin todo ese esfuerzo de los y las de abajo, la sociedad colapsaría.

Hacernos preguntas nos obliga a cambiar las cosas: ¿Es justo que las grandes empresas y sus ejecutivos se estén embolsando millones mientras más del 50% de la gente tiene ingresos que van de los 0 a los 1200 euros? ¿Es justo que siga habiendo millones de pisos vacíos y sigan subiendo los alquileres y sigan desahuciando a familias? Es evidente que no lo es y no basta con lamentarse. Hay que actuar. Y es que vivimos tiempos turbulentos. El capitalismo en crisis ha desatado la emergencia de fuerzas reaccionarias que tratan de restaurar el orden. Un orden que nos ofrece dos opciones a la gente de abajo: o mantenernos en nuestro su sitio calladas mientras nos empobrecen o enfrentarnos entre nosotras para pelearnos por los restos de la miseria. Y es que el discurso xenófobo y racista es el propio de quienes se han rendido y no quieren enfrentarse a los poderosos y prefieren enfrentarse a su vecino o vecina, a quien pueda ser más vulnerable. Los movimientos sociales y sus necesarias reivindicaciones de fiscalidad a quienes más tienen, de impedir la especulación con los alquileres, de dar derechos a los trabajadoras y autónomos son demandas valientes porque solo la valentía puede cambiar las cosas.

Pero no son tiempos para quedarse atrapadas en el shock, en la impotencia. Debemos combatir y señalar a los verdaderos responsables de esta situación de crisis, precariedad e inseguridad en la que se encuentra la clase trabajadora. No debemos hacer ninguna concesión ante los discursos contra las personas migrantes, las mujeres, las LGTBI, ni tampoco contra los perseguidos por sus ideas políticas. Van contra nosotras y contra nuestras vecinas. Buscan mantener empobrecidas y divididas nuestras comunidades. Y lo hacen para mantener sus privilegios, seguir engordando sus beneficios.

Es preciso denunciar este estado de cosas, pero no basta con denunciar, es urgente construir las alternativas. Necesitamos representantes políticos que las defiendan, pero no basta con presentarse a las elecciones confiando todo a la representación, es necesario que la sociedad se organice y tome en sus manos la solución a los problemas. Las clases subalternas, las gentes de abajo, deberán defenderse y pasar a la ofensiva activamente. Afortunadamente, en nuestros pueblos y barrios, en los centros docentes y en los de trabajo hay muchas personas que luchan cotidianamente contra la presión que impone este sistema. Es la gente que trabaja en el movimiento feminista, en el movimiento de vivienda, en los sindicatos, en los movimientos vecinales y antirracistas. Esos son los mejores anticuerpos frente al auge de la xenofobia y el fascismo. Construir comunidades organizadas, contrapoderes reales que hagan frente a los que tienen todavía el poder (se presenten o no a las elecciones).

Es el momento de recuperar la convicción de que podemos transformar las cosas. Lo que implica que las clases subalternas se organicen para ello. Lo que supone identificar problemas, víctimas y culpables. Pro también se necesario disponer de un proyecto de sociedad y construir un programa que ofrezca alternativas reales de transformación. Alternativas radicales y de ruptura con este estado de cosas, aunque eso suponga una colisión frontal con el establishment: los poderes económicos y las instituciones de la gobernanza neoliberal. Por eso Anticapitalistas ha decidido poner su granito de arena en una labor que afecta quienes quieren una sociedad justa y democrática para señalar, desde los barrios, aulas y empresas, a la única minoría peligrosa para el bienestar social: los ricos y los políticos a su servicio. También para presentar propuestas concretas frente a la escandalosa desigualdad vigente en la sociedad, lo que supone ir a la raíz de la misma y situar en el horizonte político la expropiación del poder económico para ponerlo al servicio de la mayoría repartiendo la riqueza.

No podemos dejarle el espacio en nuestros barrios a la extrema derecha ni confiar en que las superficiales y banales políticas “progresistas”, incapaces de plantar cara al poder, vayan a resolver nuestros problemas. No hay otra forma de resolver los problemas que una peligrosa y depredadora minoría ha generado que construyendo una fuerza social capaz de expropiar a los poderosos. Es hora de decir: basta de discursos vacíos y de medias tintas; basta de permitir que el saqueo sin respuesta. Son necesarias nuevas ideas y propuestas capaces de alumbrar campañas y acciones con el objetivo hacer frente a los privilegiados y su poder económico, político, judicial y comunicativo. Lo contrario es dejar el terreno libre para que el natural malestar que genera la desigualdad extrema lo ocupe el racismo, el machismo y el odio.