Opinion · Otras miradas

La importancia de llamarse Paris

Vera Hermida

Poeta y secretaria de Feminismos de Podemos Galicia

Conocí a Paris en marzo de 2016, durante la celebración del fin de semana de conciertos “Elas marcan o ritmo” que desde la asociación O Soño de Lilith organizamos en Vilagarcía de Arousa con la colaboración de la asociación juvenil XAS (Xuventude Activa en Sinerxia). Ésta era una iniciativa modesta que pretendía reivindicar la falta de espacios para las mujeres músicas, pensada en clave feminista y local.

El sábado al mediodía, durante una sesión vermú en la que actuaba la arpista Clara Pino, cuando ésta pidió que alguien del público la acompañara con la pandereta, una mano se alzó con timidez infantil hasta que, empujada por sus amistades, asomó finalmente la figura de Paris. Años después, casi afirmaría que la timidez no corresponde al carácter de Paris, que yo definiría como más bien expansivo, pero desde la distancia interpreto ese momento como una especie de presentación en sociedad para ella. No debía llevar mucho tiempo de transición y tratamiento hormonal, por lo que supongo que ella misma se estaba adaptando a los cambios do su propio cuerpo.

En aquella timidez habría dudas, incluso incomodidad, pero, finalmente, la Paris que confesaba llevar mucho tiempo sin empuñar las baquetas da su batería, venció al miedo escénico y comenzó golpear la pandereta para resurgir como Paris ante las que allí nos encontrábamos.

Al día siguiente, finalizados los conciertos, mientras comíamos y charlábamos algunas de las personas de la organización, fue cuando, amparada en esa intimidad que favorece la buena comida y el vino, Paris nos contó que antes de ser Paris primero fue Hector. Cómo Hector, el hermano aguerrido y heroico de la Iliada, fue superado por Paris, el hermano más andrógino y femenino, forma parte de una épica personal en la que el nombre actual preserva algo del nombre que le dieron al nacer junto al género que le asignaron. La Paris que lo cuenta sabe perfectamente quién es, como sabe perfectamente quién fue, y en su forma de narrarlo se percibe un matiz de orgullo.

Para una persona trans, escoger nombre, nombrarse, debe ser un acto emancipador. Pero Paris, como cualquier persona trans, antes de nombrarse como tal, tuvo que nombrarse mujer. Algo que no tiene que ver con el simple hecho de verbalizar, sino que es el resultado de un proceso vital que se enuncia, según la persona, más tarde o más temprano, o que, a veces, no llega a enunciarse. Por eso, me sorprende escuchar argumentaciones sobre las mujeres trans como las que se emitieron en el polémico encuentro de la Escuela Feminista Rosario Acuña de Gijón el pasado julio, en términos de “se las nombra como tíos porque son tíos”.

Que se banalicen y deslegitimen realidades relativas a personas a las que nombrarse mujeres les cuesta toda una vida de rechazo y discriminación, me parece impropio del movimiento. Como feministas debemos ser las primeras en combatir la eventualidad de convertirnos en sujetos de opresión para ser sujetos de comprensión y acompañamiento. Como mujeres blancas y europeas aceptemos que las distintas opresiones de raza, credo, orientación sexual, diversidad funcional o identidad que atraviesan a otras mujeres, nos colocan delante do nuestro privilegio, cosa que debemos admitir no con culpabilidad, sino con responsabilidad.

Escribo esto, se publique o no, precisamente por responsabilidad y acercamiento a las experiencias de Paris, de Cristal y de las niñas y niños que desde muy temprano luchan por su derecho a ser con el apoyo y el trabajo encomiable que asociaciones como Arelas realizan en Galicia. Procesos vitales irrevocables (por mucho que una parte cada vez más minoritaria de la sociedad insista en negarlos) que me son ajenos, pero a los que les pongo palabras porque las palabras son el vehículo que tengo para aproximarme.

En la Gilead de The handmaid’s tale, una de las primeras medidas de represión es, precisamente, negarles a las criadas su nombre y asignarles un nombre que explicita la pertenencia a un comandante (Offred, Ofglen, Ofwarren). El momento en que entre ellas comienzan a llamarse por sus nombres anteriores (June, Emily, Janine) supone un punto de inflexión en la novela, el primer brote de rebeldía, la enunciación de la revolución que se está gestando. No es de extrañar en cuanto se trata de una ficción escrita por una poeta, Margaret Atwood, sin duda consciente del peso de las palabras. No en vano la poesía consiste en la paradoja de la concreción de lo impreciso.

Vaya por delante que cualquier debate dentro del feminismo tiene la legitimidad que le otorga su desarrollo en el plano teórico, pero, afortunadamente, la lucha feminista avanza al ritmo de las vivencias. De manera similar que en la novela, para las personas trans nombrarse significa recuperar aquello de lo que fueron desposeídas, la narrativa de sus propios cuerpos. ¿De verdad alguien puede afirmar que esto no tiene espacio dentro del feminismo y no es sujeto del mismo?

Por mi parte, más que señalar prefiero acompañar, más que teorizar prefiero reflexionar. Sobre que “lo que no se nombra no existe”. Sobre la amplitud que se manifiesta en una sola e imprescindible “s”: Feminismos en plural, mujeres en diverso. Sobre la importancia de llamarse Paris.