Opinion · Otras miradas

Los mares se agotan para que tú comas salmón

Shalini Arias Hurtado

Antropóloga Social y Cultural. Responsable de la adaptación del informe de España. @ShaliiAriaas

Las trabajadoras pesqueras migrantes descansan en el puerto de Mangalore
Las trabajadoras pesqueras migrantes descansan en el puerto de Mangalore

En los últimos tiempo se ha hablado mucho de la industria cárnica y el impacto de la misma en el medio ambiente. Carteles en las manifestaciones que la apuntan como una de las mayores culpables del cambio climático, pero nadie habla de los peces. ¿Acaso comer pescado no es dañino para el medio ambiente? Ciertamente la industria acuícola se ha presentado como la mejor alternativa a lo que se denomina “pesca extractiva”, pero la acuicultura no es sino una sombra sigilosa que acarrea grandes secretos: para alimentar a los peces que crecen en piscifactorías se utilizan grandes cantidades de piensos fabricados a partir de pescado obtenido directamente del mar. Como bien explica José Miguel Cerdá-Reverter, especialista en nutrición acuícola, el ser humano -como animal de costumbres exquisitas que es- eligió criar a aquellos peces que se encuentran en el escalón más alto de la cadena trófica, es decir, a peces carnívoros que necesitan ser alimentados con proteínas obtenidas de otros peces.

Como en todo desafío que se precie, existen defensores y detractores. Algunos apoyan vehementemente estas prácticas, aludiendo que la acuicultura posee el potencial de ofrecer proteínas asequibles y saludables que dejan una huella de carbono baja, y que sirve para liberar a los océanos de la enorme presión a la que se ven sometidos por la pesca extractiva. Me atrevería a decir que cuánto humor negro encontramos por este bando, si no fuese por el calado que tienen estas dinámicas. Entre sus detractores encontramos a la comunidad científica, la cual ha expresado su preocupación por el impacto de las llamadas pesquerías de reducción, es decir, la pesca de peces pelágicos pequeños para producir harina y aceite de pescado (FMFO) que sirven para alimentar a los peces cultivados. El último informe de la fundación Changing Markets proporciona datos que nos hacen entender las dimensiones de esta industria: Casi un quinto de los peces salvajes que se pescan anualmente se destinan para hacer harinas y aceites de pescado que servirán como pienso en acuicultura y agricultura.

Si creíamos que este era un problema localizado, fallamos. Vuelve a repetirse un triste y viejo cuento en esta historia: el de la desigualdad. El crecimiento de la acuicultura a escala global hace que crezca la demanda de piensos para peces y, por tanto, aumenta la demanda de materias primas para su elaboración, es decir: se necesitan más peces salvajes. Esta situación está alcanzando cotas preocupantes en ciertos países, en su mayoría -cómo no-, con rentas bajas y altos índices de pobreza y hambre. Tras una investigación exhaustiva, Changing Markets ha conseguido recopilar casos tan llamativos como los de India, Vietnam y Gambia. Los estudios monográficos se llevaron a cabo durante los meses de mayo y junio de este mismo año. Los tres países recogen problemáticas comunes, derivadas de la industria de FMFO: las reservas de pescado de estos países se están viendo visiblemente reducidas debido al uso de prácticas irregulares que dañan el ecosistema. Los pescadores artesanales de la India se ven obligados a esquilmar sus costas, mientras que los pescadores de Vietnam han decidido cruzar los límites, y comenzar a pescar en aguas extranjeras o prohibidas. Aún así, la falta de stock de peces no es el único problema que esta industria desencadena. Gambia esta viendo como su industria del ecoturismo se esta viendo dañada por los altos índices de contaminación tanto en el aire como en las aguas, debido a las fábricas. En su anterior informe, Changing Markets sacaba a relucir el caso de los adorables pingüinos del Humboltd, una especie local de Perú que se ha visto gravemente afectada por la disminución de la biomasa de anchoveta peruana de la que se alimenta. La anchoveta peruana representa un 30-35% de la producción mundial de piensos de pescado.

Hoy, como cada 16 de Octubre desde 1979, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) promueve la celebración del día Mundial de la Alimentación. Al igual que la Agenda 2030, busca el propósito de disminuir el hambre en el mundo. Paradójicamente, mientras en el año 2018 se cifraban 821,6 millones  de personas que pasan hambre en el mundo, billones de peces salvajes son utilizados para alimentar a los peces de piscifactoría. ¿Por qué utilizar esos peces para acabar con la hambruna de muchas comunidades cuando podemos hacer piensos de peces que destrozan nuestro planeta? Mientras dejamos que las grandes organizaciones e instituciones comiencen a pronunciarse al respecto y empiecen a generar cambios en las cadenas de suministros que, bajo el pretexto de la protección de datos, esta industria encierra tienen como referencia un punto en común: la falta de transparencia y aparente incapacidad para comunicar a los investigadores de Changing Markets y a los ciudadanos la procedencia de los alimentos suministrados a sus productos acuícolas.

Tenemos en nuestras manos ser parte de la solución. Dejemos de ser partícipes de otra industria que no hace sino acortar años de vida a nuestro planeta. No ayudemos a sostener prácticas que comprometen el tejido social y económico de estos países. Como consumidores, tenemos la última palabra.