Otras miradas

Justicia como en Laputa

José Ángel Hidalgo

Escritor, periodista y funcionario de prisiones

El presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, en el pleno del Poder Judicial. E.P./Ricardo Rubio
El presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, en el pleno del Poder Judicial. E.P./Ricardo Rubio

Siete jueces conservadores del CGPJ han declarado la no idoneidad como Fiscal General de Dolores Delgado, pero sin entrar a valorar la idoneidad en sí, y esto, más allá de que parezca un juego de palabras con paradoja dentro, es un hecho sorprendente, un acto perturbador que adquiere su más pavorosa dimensión cuando se cae en la cuenta de qué tipo de perfiles hubieran aplaudido estos siete magistrados (hasta arrancarse las falanges) para ocupar ese cargo.

En efecto, hubieran celebrado perfiles como el de Jesús Cardenal, fiscal general que alcanzó fama en Transilvania por sus sonadas extracciones de sangre: la más burbujeante, cuando se opuso a que Pinochet fuese extraditado para dar cuenta de sus matanzas: un hermoso gesto solidario entre afiliados al mismo sindicato.

Estos siete jueces también hubieran aplaudido un perfil como el del ya desparecido fiscal general Maza, todo un personaje de western al estilo ‘pulp’ de Estefanía, y que será recordado por cumplir con adoración los deseos del ganadero con más acres de todo Texas, por muy canalla, putero y bebedor que éste fuera: no es exageración, y ya quedó demostrado palmariamente en sus inflamadas, aunque poco marruecas, cartas a Cataluña.

¿Quién podrá olvidar cómo disparaba Maza argumentos espurios como balas para salvar el pellejo de los cuatreros a los que servía? ¡Y cómo apuntaba con su Colt Navy (el arma reglamentaria de la Fiscalía) en la frente de quien le descubriera el truco en este ‘saloon’ escandalizado veinticuatro horas al día que era y sigue siendo España!

Sobre el Colt Navy hay que señalar en justicia que Torres Dulce, el antecesor de Maza, se negó a desenfundarlo sin criterio ético previo, lo que sin duda le hizo caer en desgracia ante los que le mandataban. Un acto infrecuente de valor.

Aunque no cabe duda de que los siete jueces contestones del CGPJ hubiesen elogiado perfiles como los de Maza y Cardenal, a mí esto no me hubiera parecido un escándalo. En realidad, ese proceder no se hubiera salido del renglón torcido con que se escriben los manejos y corrupciones en cortes magistradas, chancillerías o meros tribunales, cuaderno de serviles que un día de estos va a reventar pues le faltan páginas para seguir apuntando sevicias y escándalos, para qué nos vamos a engañar.

Mi mirada sobre la Justicia y sus poderes es que muy pesimista, estando como está influenciada por la lectura, ya desde niño, de Los Viajes de Gulliver. Jonathan Swift, durante la peripecia de su zumbón protagonista en el país de Laputa, o unas páginas más adelante, describe con penetración satírica el modo de actuar de los togados: "…  en el juicio de personas acusadas de crímenes contra el Estado (...) el juez manda a alguien a tantear el talante de los que están en el poder, tras lo cual puede fácilmente colgar o salvar al delincuente". Eso sí, la condena o no del procesado se dictará "ateniéndose rigurosamente a todos los formalismos de la ley". Magistral. ¿Quién podrá negar que esas palabras son de una europea y humillante actualidad?

Pero ser pesimista con el gobierno de la Justicia no significa que se caiga en un culposo relativismo. Al final se trataría de valorar políticamente para qué sirve a la mayoría de ciudadanos la más que evidente sumisión del ministerio público, y la más que evidente sumisión del CGPJ, y la más que evidente sumisión de todos y cada uno de los poderes insertos en el estamento de la judicatura, a niveles incluso de audiencia provincial, al partido o al señor que en cada corte y a todas horas les mandata.

Lo que es inaceptable es que la falta de autonomía de un fiscal general sirva para dejar sin represalia a un dictador sanguinario, como hiciera Cardenal; o para entorpecer la instrucción de los casos más sonados de corrupción del PP, como hiciera Maza. A lo mejor, la actuación obediente de Dolores Delgado sirve para promover un multazo, o algo más, a estos ‘comehijos’ del pin demencial. ¿Sería perniciosa, en ese caso, la evidente sumisión de la fiscal Delgado a los criterios políticos del Gobierno que la nombró?

Hay que concluir (con dolor) que las sátiras de Swift sobre las gentes de Laputa, Liliput o la espeluznante visita de Gulliver a los puercos ‘yahoos’, se ajustan como un guante de tornero fresador a las manos embrutecidas de esta España de furia y picotazo constante en lo judicial. Como para creerse que un zorro como Sánchez viene a traer paz entre las gallinas.