Otras miradas

¡Ya estamos en la fase 1! ¿Y ahora qué?

Mercedes Martínez Cortés

Asociación Madrileña de Salud Pública

Un hombre con mascarilla pasa por delante de un comercio cerrado en Madrid. REUTERS/Juan Medina
Un hombre con mascarilla pasa por delante de un comercio cerrado en Madrid. REUTERS/Juan Medina

Los madrileños hemos alcanzado la tan deseada fase 1. En la calle vemos los grupos de entusiastas que se han lanzado a disfrutar de terrazas, parques y reencuentros. Los comentarios son variados "¡qué mal lo hemos pasado!", "¡esto ha sido durísimo!". Rehacemos el relato de lo que hacíamos el día de antes de la declaración del estado de alarma, de lo que pensábamos hacer los días siguientes, cuando esto nos cayó encima como un rayo divino y decimos "nunca pensé que fuera a vivir algo parecido".

Sin embargo, existen tratados sobre cómo prepararse para dar respuesta a las pandemias; existían informes científicos que alertaban sobre la posibilidad de que esto ocurriera. Nos pasa lo mismo con la enfermedad a nivel individual, todos sabemos que está ahí, sin embargo, cuando nos golpea, nuestra primera reacción es de incredulidad, ¿cómo puede pasarme esto a mí?

Hay personas que viven la enfermedad como un golpe del azar absolutamente independiente de sus actos, hay otros que viven aterrados por la idea de que aparezca y ponen todo su empeño en evitarla. Entre ambos podemos observar toda una gama de niveles de interés por los cuidados de salud y las medidas de prevención.

Podríamos pensar que nos pasa lo mismo colectivamente. La pregunta es, qué tipo de sociedad vamos a ser a partir de ahora. Si nos olvidaremos alegremente, hasta la próxima, o permaneceremos como una sociedad aterrada, gastando una parte esencial de nuestros recursos en calmar esa ansiedad hipocondriaca que nos consume. La respuesta debemos ir construyéndola a lo largo de este proceso llamado desescalada.

Podríamos pensar en esta desescalada como en una convalecencia, en la que vayamos probando nuestras posibilidades, intentando dar cada día un paso más. Con el temor a la recaída, con la alegría por los logros, con la incertidumbre de no saber si volveremos a nuestra vida de antes. En una convalecencia sabemos que debemos esforzarnos, pero también que no todo depende de nuestro esfuerzo.

También podríamos verla como una adolescencia masiva en la que tenemos que ir ejerciendo nuevas libertades y tomando decisiones a veces con muchas dudas: ¿se pueden hacer reuniones de 10 personas en un parque?; ¿la abuela puede venir a una terraza fuera de su horario? Sería deseable que tomáramos cada una de estas preguntas como un desafío para entender mejor los mecanismos de transmisión e ir dando pasos a la vida adulta en la "nueva normalidad", para no quedarnos en  ir consultando en el catecismo y después criticar a los que han decido esas normas absurdas o arremeter contra  los que, irresponsablemente, no las cumplen poniendo en riesgo la salud de todos.

Así va creciendo la disputa entre los ciudadanos "alegres incumplidores" y los "responsables miedosos", de modo que vivimos la presencia en los parques como la antesala del desastre  y de pronto pensamos con nostalgia en la seguridad de las calles desiertas.

Mucho se habla en estos días de la responsabilidad de los ciudadanos y es este un aspecto esencial. Pero también es tiempo de apelar a las responsabilidades de los que nos gobiernan. En esta fase 1, al mismo tiempo que vamos recuperando el compás de nuestra vida se van a producir pequeños brotes de casos y esto es casi inevitable. Si vamos sabiendo de ellos no debemos asustarnos porque, si nuestro gobierno está haciendo su trabajo, esos casos y todos sus contactos estarán siendo atendidos, investigados y aislados, de manera que se corte la cadena de transmisión y se proteja la salud de todos.

Quizás debamos preocuparnos si esos pequeños brotes no se producen, porque podría ocurrir que no se estén vigilando adecuadamente y un caso contagie a 10, y cada uno de esos 10 a otros 10, y así sucesivamente, y nos caiga otro sorprendente rayo divino en forma de transmisión comunitaria descontrolada.

La pregunta sobre un posible rebrote flota en el aire como si se tratara de un enigma cuya solución fuera completamente ajena a nosotros, sin embargo, como en la convalecencia mucho depende de lo que hagamos, pero no solo los ciudadanos. El gobierno de nuestra comunidad aseguró en los tres informes que remitió al Ministerio de Sanidad, para solicitar el paso a la fase 1, que la Comunidad de Madrid estaba preparada. En esos informes se planteó con total seguridad que nuestra región disponía de todo el saber y los medios necesarios para realizar los controles necesarios para esta fase de la desescalada.

Por cierto que, por lo que sabemos,  nada se recogía en esos documentos sobre la realización masiva de test de anticuerpos. Así que no nos distraigamos con cuestiones colaterales, como el nivel de anticuerpos que cada uno tiene. Se puede discutir el interés de este dato, pero lo cierto es que nos  informa de cuánto circuló el virus en los últimos meses, no nos ayuda a despejar ninguna incógnita sobre el futuro.

En el presente, nos debe ocupar si el virus está circulando. Ahora lo importante es cortar la cadena de transmisión y para eso tienen que funcionar y estar bien organizadas la salud pública y la atención primaria. Poco tiene que ver esto con los autobuses de personal sanitario, las carpas y las extracciones masivas de sangre.

Así que, si los madrileños hemos ocupado calles, terrazas y parques es porque somos muchos, no porque seamos irresponsables; si hemos salido alegremente a reactivar la economía, es porque hemos confiado en el gobierno de nuestra comunidad, que nos ha dado la seguridad de que estábamos preparados; si volvemos a la casilla de salida no nos vamos a conformar con que se señale exclusivamente la responsabilidad individual. Doctores tiene la iglesia que nos aseguraron que esto se podía hacer.