Otras miradas

Borrachos de covid

Unos viales con las pruebas de una posible vacuna para la covid-19. REUTERS/Athit Perawongmetha
Unos viales con las pruebas de una posible vacuna para la covid-19. REUTERS/Athit Perawongmetha

Me aburro. Me da vergüenza, dicho así, pero me aburro.

Las noticias sobre la covid ya no son todas y resulta que así la realidad informativa, fuera de la montaña rusa emocional de la que acabamos de bajar, se antoja nimia y anodina. ¿Seré la única que ahora abre la prensa y todo le parece poco y muy aburrido? No creo, por lo que muchos compañeros me han confesado estos días.

Yo, por mi parte, confieso que esa realidad periodística, durante estos meses, tan cambiante como aterradora, llegó a producirme ansiedades nunca antes vividas. Necesité desintoxicación informativa los fines de semana;  algo nunca visto. La digestión de haber dado por ciertas informaciones que se desmentían y desmentían no fue sencilla. Cada jornada había que volver a leerlo todo y repasar las últimas certezas científicas susceptibles de seguir cambiando cada día. El ejercicio de humildad, de reconocimiento de lo limitada que puede ser la verdad periodística, la certeza de que lo único cierto era y es que no se sabe nada, ha sido y es lo más difícil que me ha pasado en la profesión en casi tres décadas.

A eso hay que sumar la culpa, más o menos compartida, de haber discutido, en un principio, sobre la gravedad de la covid, con los datos que llegaban de la OMS y de China, con gente querida que luego estuvo en peligro. Saber que está en la UCI, entre la vida y la muerte, alguien a quien le dijiste que la mortalidad de este bicho era menor que la de la gripe, tiene un peso específico en el subconsciente y en el no tan sub. Mi amiga salió de la UCI curada, pero la culpa por haber creído en instituciones que deberían ser guías irrefutables pero ni lo eran ni lo serán, mientras sigan infradotadas y dependientes del mejor postor, sigue agazapada en algún lugar por ahí dentro. La responsabilidad de tener tribuna con la pandemia se ha hecho, por momentos, aterradora y gigantesca.

¿Cuántas veces habremos pedido, al cielo o al infinito, que la burbuja informativa en la que hemos habitado tres meses explotara dando paso a "la nueva normalidad" o, al menos, a un descanso de ese vivir en el miedo y la incertidumbre continuos?

Pues ahora resulta que las noticias, pasada la burbuja, nos parecen insulsas, como en 2017 después del referéndum del 1-O y de la declaración unilateral de independencia. ¿Cómo competir con las informaciones que hacen que se mueva el suelo?  ¿Cómo mantener la tensión informativa después de que ocurra lo más gordo?

Supongo que lo que me pasa a mí y a muchos, según me dicen, es que hemos quedado exhaustos y necesitados más que nunca de cambiar de pantalla;  se ha hecho necesidad imperiosa pensar en otra cosa, sobre todo para quienes hemos estado enganchados a la actualidad sin descanso.

Y sí, tenemos que curarnos del exceso, como tantos que han hecho un sobreesfuerzo continuado, aunque, por supuesto, salvando las distancias y cada uno en lo suyo. Y tenemos que hacerlo con más urgencia que nunca, cada uno como pueda, aunque solo sea lamiéndose por las noches las heridas, porque el peligro de querer evadirnos sin más está ahí y nos acecha y, sin embargo, lo ocurrido nos ha dejado desnudos en muchos sentidos y nos ha señalado el deber de buscar abrigo para no seguir en pelotas.

Antes de descansar de la actualidad, antes de relegar todo lo ocurrido, antes de evadirnos y olvidar, deberíamos tratar de vestir lo que hemos descubierto que estaba desvestido. Deberíamos presionar sin parar, con palmas, cacerolas, banderas y palabras, con todo lo que esté en nuestra mano y en nuestra garganta hasta conseguir una ley nacional de residencias de ancianos que garantice unas ratios de cuidados y  de medicalización  razonables, como llevan haciendo en soledad cientos de asociaciones de familiares y profesionales desde hace demasiado. Y, ¿cómo parar antes de conseguir una institución que coordine la sanidad pública y universal de esta país en serio y no solo con recomendaciones, cuando se ha hecho tan verdad que las infecciones no entienden de fronteras y que, bajo la misma bandera, tienen aún menos sentido?

La paradoja de que ya no seamos capaces de hablar de la covid pero el resto nos parezca poca cosa está servida. Nos dice que si no conseguimos lo obvio después de lo ocurrido, nos arrepentiremos siempre de no haber aprovechado la resaca del miedo que hemos compartido y que puede unirnos en esa fortaleza para conseguir los cambios imprescindibles.