Opinion · Otras miradas

Crisis del euro, crisis europea

ANTÓN BORJA

Doctor en Economía de la Universidad del País Vasco

A lo largo de 2010, la crisis económica no cesa. Tanto la Comisión Europea como el Fondo Monetario Internacional impulsan “reformas estructurales” que supongan “devaluación interna” de precios y salarios. Además, se tienen que recortar el gasto social y las pensiones. Con la excusa de incrementar la competitividad, se buscan reformas laborales que abaraten costes laborales y despidos.
En mayo y junio, diversos gobiernos europeos han adoptado el tijeretazo social, de modo que en todos los casos se ha de alcanzar un déficit público inferior al 3% para 2013, salvo Irlanda, que lo cumplirá en 2014.
En el caso español, se trata de recortar 65.000 millones de euros de gasto público antes de 2013, lo que afecta a los ingresos de los funcionarios públicos, de los pensionistas, la subida del IVA y la reducción en inversión pública, entre otros aspectos. Y, curiosamente, según la Comisión Europea, la transferencia de recursos del Gobierno español a la banca ha sido de 61.000 millones de euros.
La lógica neoliberal existente en el conjunto de medidas europeas adoptadas, además de injusta, es ineficaz. En palabras de Stiglitz, premio Nobel de Economía, esta política europea “busca imponer una austeridad extrema. Eso terminará con una economía más débil y con menores ingresos fiscales”. Dadas las sinergias de las recesiones entre diversos países europeos afectados, hay serias dudas de la solvencia del euro y del posible riesgo de otras crisis financieras en cinco o diez años.
Es, en este contexto de crisis, cuando han resurgido las dudas sobre la viabilidad del euro. Krugman, premio Nobel de Economía, ha afirmado claramente que la viabilidad de la economía griega pasa por su salida del euro.
¿Qué pasaría si Grecia abandonase el euro? Podría devaluar su moneda, el dracma, y estimular las exportaciones, además de comprar deuda pública, evitando tener que pasar por los mercados de capitales. Pero al poner el dracma en circulación, tendría que forzar la conversión de los activos denominados en euros en suelo griego en dracmas. La aceptación del dracma estaría basada en la confianza en el Banco Central Griego. Confianza endeble por parte de los extranjeros, dado que los dracmas emitidos se devaluarían al acelerarse la transición monetaria. La logística de la transición monetaria crearía más problemas a la economía griega, como la subida de los tipos de interés.
Y lo dicho para el caso griego, vale para otros países.
Las perspectivas económicas para los próximos años son de estancamiento económico, ya que si no aumentan el consumo privado (dado el endeudamiento existente y la congelación salarial), ni el consumo público (por el endeudamiento existente y la “rapidez” de su disminución), ni la inversión productiva, todo ello conduce a un crecimiento económico “raquítico” que determina el fracaso de la consolidación de las finanzas públicas (al no mejorar los ingresos fiscales). Queda la oportunidad de mejorar la demanda externa (exportaciones) que compense las debilidades anteriores. Pero para ello se tiene que devaluar el euro frente al dólar y se tienen que revalorizar las monedas asiáticas (especialmente el yuan chino), lo que no parece probable.
Si se quiere evitar la divergencia y heterogeneidad económica creciente entre los estados europeos, hace falta adoptar otro tipo de medidas. Una profunda reestructuración de los presupuestos de la UE que favorezca un federalismo económico (con transferencias de recursos públicos entre países), con una cooperación estrecha entre países ricos y pobres, acercando la especialización productiva entre estados, desarrollando una política industrial y una política económica europea en campos como las energías renovables, economías de energía, protección de medio ambiente, desarrollo tecnológico, entre otras.
Este tipo de medidas supone un reforzamiento político de la UE. Una Unión Monetaria sin una verdadera política económica común está abocada al fracaso. El Banco Central Europeo debe prestar dinero a los estados a tipos de interés muy bajos; actuar en la esfera financiera mediante una fuerte regulación de los mercados financieros (implantando una tasa sobre las transacciones financieras realizadas en la UE); obligar a los bancos a suscribir obligaciones del Estado a tipos de interés bajo; prohibir la especulación sobre las deudas públicas; y restringir los fondos de alto riesgo. Todo ello supone un margen de maniobra para emprender reformas fiscales redistributivas tanto a nivel de cada Estado como en el plano de la UE. A nivel europeo, instaurar una tasa comunitaria sobre los beneficios empresariales y una tasa carbono para los sectores emisores de gases con efecto invernadero, favoreciendo así un incremento de ingresos y gastos públicos. Y priorizar las inversiones públicas tanto en educación como en investigación.
¿Utopía europea? La crisis monetaria amenaza a los estados y los gobiernos deberían ser los policías de los mercados, y no al revés, como sucede actualmente. Siguiendo la trayectoria actual de sumisión a los mercados financieros, esta “huida hacia adelante”, consolida el empeoramiento de las condiciones sociales de las poblaciones europeas.
En esta situación, y va para largo (4-5 años…), es decisiva la actuación de los sindicatos y de otros movimientos sociales para ir empujando hacia “otra Europa posible”. El modelo neoliberal está agotado (lo que no supone su declive automático…) y hay que defender escenarios de mayor cohesión social y productiva. La construcción europea debe refundarse desde una perspectiva de corte productivo, ecológico y social de tipo alternativo.