Otras miradas

El desprecio

Pablo M. Fernández Alarcón

Coordinador de la delegación de Podemos en el Parlamento Europeo

Un seguidor de Vox sostiene una bandera de España durante el mitin de cierre de campaña para las elecciones del 10-N de 2019. REUTERS/Susana Vera
Un seguidor de Vox sostiene una bandera de España durante el mitin de cierre de campaña para las elecciones del 10-N de 2019. REUTERS/Susana Vera

El 26 de noviembre de 2018 Susana Díaz centraba en la candidatura de VOX su intervención en el debate electoral previo a las elecciones andaluzas, una candidatura aún extraparlamentaria y, por tanto, ausente del mismo, a la que las encuestas auguraban entre uno y cero escaños por Almería. Preguntó repetidamente al candidato del PP si pactaría con ellos en caso de que finalmente accedieran al Parlamento de Andalucía y tuvo tiempo para indignarse repetidas veces por su programa machista y reaccionario llamando a un compromiso de todos los partidos contra el extremismo.

Si lo hizo por fragmentar el voto de la derecha o por movilizar al suyo pertenece al arcano de su campaña, lo que sí sabemos es que su líder, Santiago Abascal recorrió esa última semana de campaña todos los medios de comunicación andaluces llamando "sinvergüenza" a Díaz y anunciando mil querellas, y que el siguiente domingo VOX entraba por primera vez en un parlamento autonómico con doce escaños que pavimentaban el camino de salida de Díaz del Gobierno andaluz.

Apenas cinco meses más tarde, Pedro Sánchez, el primer presidente surgido de una moción de censura, anunciaba su disposición a participar en un único debate electoral, exclusivamente aquél en el que pudiera participar VOX, ausente aún del parlamento español, como culmen de una campaña basada en identificar a Ciudadanos y al Partido Popular con VOX, tras haberse fotografiado los tres juntos en la plaza de Colón de Madrid, en una manifestación contra algo que nadie ya recuerda.

Mientras el Partido Popular digería el peor resultado electoral de su historia, VOX entraba en el Congreso con grupo propio y 33 escaños. Tampoco el PSOE estaba contento con el resultado, así que a sus estrategas no se le ocurrió mejor idea que aprovechar la flamante presencia de los de Abascal en el Congreso para forzar la repetición de las elecciones, calculando que bastaría agitar el miedo al crecimiento de la extrema derecha -y presentarse como la garantía sensata y centrada frente al ascenso del extremismo- para acercarse a la mayoría absoluta.

Sin embargo, en la repetición electoral de noviembre, el PSOE vio cómo su grupo no solo no crecía sino que perdía tres escaños mientras VOX alcanzaba la cifra récord de cincuenta y dos, veintiocho escaños más que lo convertían en tercera fuerza política.

En política, como en todo, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Y despreciar a VOX no es solo una cuestión de higiene mental o de visión de lo que debe ser la política. Es una cuestión básica de estrategia. Nos quejamos del blanqueamiento de VOX por parte de algunos medios y personajes, cuando el daño de su presencia normalizada es infinitamente menor que el de escenificar la confrontación con ellos. Porque si algo nos ha enseñado la historia es que no hay más estrategia en el fascismo que el victimismo y la confrontación sobre el campo de batalla de la mentira. El nexo de unión entre el legitimismo aristócrata y el neoliberalismo neoconservador para seguir defendiendo los privilegios de siempre en un escenario de sufragio universal. Porque de sobra sabemos que detrás de Goebbles siempre está Bedaux, que detrás de sus enemigos, sus identidades, sus esencias, su machismo y sus banderas, su QAnon y sus Sabios de Sión… solo está el repetido espectáculo pagado por la generosa subvención de los beneficiarios de su política laboral y su programa fiscal.

Así que es perfectamente comprensible que VOX persiga esa estrategia, lo que no se entiende es el empeño cortoplacista a izquierda y a derecha por comparecer en su escenario, por hacerles el juego. Ya lo cantaba el diablo de los Stones, "seguro que conoces mi nombre, lo que no entiendes es de qué va mi juego". Porque el juego es la ilusión mil veces desmentida del aprendiz de brujo que pretende utilizarlo. De pensar que el miedo al fascismo moviliza a sus detractores más de lo que su presencia, siempre disruptiva y faltona, moviliza a sus afines en una discusión política vacía. Y porque desprovistos de su dialéctica "amigo-enemigo", de su "españa-antiespaña", de su "ellos contra nosotros", de sus cínicos cantos a la "libertad", no hay nada más que el cutre, insolidario y desacreditado programa neoliberal.

Y, sobre todo, porque no hay estrategia más suicida que permitir al fascismo nombrarnos, identificarnos, decirnos lo que somos y lo que no. Porque dejarnos odiar por la extrema derecha puede servir para parecer más moderados, más modernos, más europeos, más de izquierdas o más cultivados, puede servir incluso para que la gente nos juzgue por lo que no somos evitando que lo hagan por lo que no hacemos, pero es pan para hoy y un enorme peligro para mañana.

Porque el hecho de vernos atacados por la extrema derecha puede regalarnos un segundo de presencia pública, granjearnos quizá la cariñosa solidaridad de nuestros compañeros, hacernos crecer ante la opinión pública o arrancar incluso un tuit a nuestros referentes. Pero cada vez que entramos en ese juego de aspavientos los hacemos crecer, les permitimos esconder su programa, nos situamos en sus marcos de confrontación, levantamos sus perfiles a costa de los nuestros y publicitamos su posición de alternativa como la única alternativa a todos nosotros.

La estrategia es clara y la conocemos. Esta semana todos los grupos del Parlamento Vasco llegaban al acuerdo de no replicar ninguna de las intervenciones -por incendiarias o provocativas que sean- de la única representante de la formación ultraderechista en la cámara de Vitoria.

Mañana miércoles comienza en el Congreso la más insignificante moción de censura de la historia de la democracia, y no solo en cuanto a su candidato y al número de sus apoyos. Estamos a tiempo de aprovechar la oportunidad para debilitar al coronavirus facilitando el voto telemático y de cuidar la maltratada garganta de nuestros portavoces, dejando que algunos de nuestros menos conocidos representantes puedan comparecer para hacer unas magníficas -pero breves- réplicas.

O podemos volver a cometer los mismos errores: sacar la artillería pesada de nuestros líderes agrandando los titulares, efusivamente indignarnos ante sus exabruptos e incluso aprovechar para acusarnos unos a otros de estar nada, algo, poco o mucho de acuerdo con lo que sea que ese día los estrategas de VOX quieran -y logren así- colocarnos.

Simpatía por el diablo. Pero no le hagamos el juego.