Otras miradas

¡No te pongas entrañable!

Imagen de la campaña de publicidad de la Lotería de Navidad de 2020.
Imagen de la campaña de publicidad de la Lotería de Navidad de 2020.

Dicen que fue Valle–Inclán en Luces de Bohemia quien acuñó la expresión no te pongas estupendo.  Se la suelta Don Latino a Max Estrella, cuando éste presume, no ya de no temer a la muerte, sino de cortejarla.

Hasta hace poco pensaba  que la frase era invención del gran Jose Mari Calleja, de quien (ahora que vislumbramos el final de la pandemia) me acuerdo mucho estos días. Jose Mari era un sarcástico desenmascarador del postureo y usaba esta expresión muy a menudo. Contra la derecha, por ejemplo, cuando esos tertulianos deleznables que todos tenemos en mente, acusaban a la izquierda de arrogarse el monopolio de los buenos sentimientos.

–¡A mí también me importan los náufragos del Mediterráneo! – podía llegar a decir uno de estos especímenes, un segundo después de acusar a los rescatados del Open Arms de ser pasajeros bien comidos. Calleja les tomaba el pelo con el valleinclanesco no te pongas estupendo.

Hay otra actitud, igualmente patética y esperpéntica, que es aquella de quien, por postureo, se pone entrañable. ¡No te pongas entrañable! es para mí el reproche navideño por excelencia. Aunque lo cierto es que hay personas que se ponen entrañables sin esperar a Navidad.  Se puso entrañable, por ejemplo, el Gobierno del Presidente Sánchez cuando empezó con la campaña #estevirusloparamosunidos. Sí, sí, unidos, pero luego tardó meses en bajar el IVA de las mascarillas, a pesar de que tenía constancia de que la UE no iba a poner reparo alguno a esa bajada. De boquilla, exhibían entrañable cercanía con los que sufren, pero en los hechos parecían el Hermano Mayor de la Cofradía del Puño Cerrado. Hubo que apretarles hasta lo indecible para que bajaran el impuesto del 21% al 4%. Una medida que solo afecta, por cierto, a las mascarillas baratas, las de la chusma (quirúrgicas desechables), porque las de los señoritos, las FFP2, ahí siguen, con un IVA abusivo. Y a la hora de fijar un precio máximo, van los entrañables y lo que disponen es bajar desde los 96 a los 72 céntimos. ¡Oh, qué regalazo! Facua les saltó al cuello, pero los más sumisos se pusieron en modo Régula, la Terele Pávez de los Santos Inocentes, y como si Sánchez los hubiera sacado de pobres, humillaron la testuz y dijeron: ¡a mandar, Señorito Pedro, que pa´ eso estamos!

A llegar la Navidad, se nos impone una especie de armisticio, un alto el fuego. Que es unilateral, porque los poderosos siguen jodiendo la marrana (ahí están esas ayudas del SEPE que no llegan), pero el resto tiene que poner buena cara. ¡Dejad de criticar dice ahora la Ministra Montero– cuando Podemos reprocha al PSOE su política  energética. Solo le ha faltado decir: ¡Que estamos en Navidad, chiquis, disfrutad de estas fiestas entrañables!

Lo peor de todo es cuando se ponen entrañables con la lotería. Lo bonito es compartirlo suena tan falso y desconfiable en boca del Gobierno como lo de tu banco amigo en la de un Rato o un Mario Conde. Nadie te obliga a jugar – dicen algunos. Pues no es cierto. Puede que no te multen, como cuando no pagas impuestos, pero la presión social para que juegues es intolerable. En la empresa, por si les toca a los demás y a ti se te queda cara de gilipollas.  Y entre familiares y allegados, porque si compras y no compartes, te acusan de ser Mr. Scrooge.

Todo ello, alentado desde Moncloa.

Un gobierno de izquierda no debería estimular el juego. Debería informar a los contribuyentes, sobre todo en estos tiempos terribles de pandemia y pobreza, que invertir en lotería, aunque sean veinte euros, es una decisión estúpida.  Los matemáticos llaman a la lotería el impuesto de los tontos, porque como las probabilidades de que te toque algo son ridículas, estás regalando dinero al fisco de manera voluntaria. Al fisco, sí, porque el Estado se mete a la buchaca cada año, a cuenta de la lotería nacional, 2.300 millones de euros. La tercera parte de este pastizal ingresa ahora, con el sorteo de Navidad. ¿No habéis visto lo contenta que está últimamente la ya de por sí jacarandosa ministra de Hacienda? Bueno, pues les hablas de subir el Salario Mínimo con lo que nos han tangado en la lotería y se ponen de perfil. ¡No es buen momento, quizá el año que viene!

El 85% de los números no son premiados ni siquiera con el reintegro. Eso se lo queda el Estado. La probabilidad de que te toque el gordo es insultantemente baja: una entre 100.000. O sea, de 0,001%. Y si te toca, el 20% es también para María Jesús Montero. ¡La quinta parte, joder, que es mucha parte! Pero espera, que es más largo. La Universitat Oberta de Catalunya hizo un estudio hace unos años según el cual, el 70% de los agraciados con el gordo acaban arruinados en el plazo de cinco años. No están acostumbrados a manejar pasta gansa y empiezan a hacer tonterías con el dinero desde el minuto uno.

La lotería no vende sueños, vende frustraciones. Este año tenemos más ganas que nunca de repartir suerte – dice el eslogan.

¿Repartir? Como me ponga yo a repartir, vais a comprobar en vuestras propias carnes lo que es un sesentón entrañable.