Otras miradas

¿Por qué no disminuye la violencia?

Imagen de archivo de una manifestación por el Día de la Mujer. — Ana Escobar Ana Escoba / EFE
Imagen de archivo de una manifestación por el Día de la Mujer. — Ana Escobar Ana Escoba / EFE

La semana pasada fue especialmente negra a causa de cuatro mujeres y un niño asesinados por el machismo. Inmediatamente, el Ministerio de Igualdad convocó al pacto de estado contra la violencia de género para intentar poner medidas que frenen esta sangría. Poco después, este diario publicó un artículo  en el que Marisa Kohan se preguntaba qué falla para que, a pesar de las leyes, esto siga ocurriendo y allí se daban varias claves importantes. No obstante, quiero abundar en esta cuestión. Hace un año, en una conferencia con Rita Segato, ella hizo una pregunta que me parece clave: ¿Por qué no disminuye la violencia contra las mujeres a pesar de todas nuestras políticas feministas, a pesar de décadas de políticas feministas institucionales, a pesar de las leyes, los ministerios, el feminismo en las calles? No sólo no disminuye, puede que aumente.

Las voces autorizadas que aparecen en el artículo de Público insisten en que las leyes son necesarias pero ni mucho menos suficientes. Tenemos una de las legislaciones más avanzadas del mundo en esta cuestión. Pero la violencia no disminuye en su conjunto. Hay años que hay menos asesinadas y otros que más, pero en su conjunto, si medimos toda la violencia que padecemos las mujeres por el hecho de serlo, la de parejas y exparejas, la producida por desconocidos, la que no deja marca, el bofetón, el insulto, las violaciones, los acosos, los asesinatos…esta es inconmensurable. Es todavía mucho mayor de lo que podemos suponer. Nos alcanza prácticamente a todas.

Es verdad que hay mucha gente que sigue pensando en la violencia machista casi como desligada del patriarcado, como una excrecencia de este. Mucha gente sabe que esto es producto del patriarcado pero piensan que se puede contener aisladamente. Y ese es el principal problema, no es posible. La violencia no es una excrecencia del patriarcado, es el patriarcado mismo. Su producto más acabado. Habrá violencia mientras exista el patriarcado porque un sistema de dominación o bien consigue que los/las dominados/as se conformen y acepten su situación (normalmente mediante un sistema de dominación perfecto en lo cultural, en lo sociosimbólico, o  bien -si las dominadas no se conforman- usará la violencia. La violencia es más necesaria para el patriarcado cuanto más libres son o quieren ser las mujeres. Y hablo de muchos tipos de violencia, no sólo la mortal, y ni siquiera sólo la física. La violencia simbólica es hoy también mayor que nunca pero eso, a veces, no llegamos a verlo. La cosificación de las mujeres en la publicidad, por ejemplo, la dictadura corporal, o de la imagen, conforma un sistema de dominación brutal al que parece, a veces, que nos hemos acostumbrado. Así que el primer problema es pensar que los asesinatos pueden desligarse de todas las demás violencias; el segundo problema es pensar que las leyes punitivas contra esa violencia específica van a detenerla (la pena de muerte no evita un solo asesinato, por cierto).

En esta tesitura, las voces autorizadas que entrevista Marisa Kohan en el artículo hablan de que una gran parte de la ley contra la violencia de género no ha sido puesta en práctica; por ejemplo en todo lo que se refiere a la educación y el necesario cambio de mentalidad en los hombres. Hablan de la necesidad de la coeducación. Dice Almudena Hernando que no habrá igualdad sin un cambio profundo en las subjetividades masculinas, y así es.  Pero esto va mucho más allá de la educación, aunque ésta es necesaria. Haríamos mal en poner en la educación la misma confianza que antes pusimos en las normas punitivas contra la violencia. No olvidemos que hay países en los que hay mucho mejor educación en igualdad o coeducación y, sin embargo, tienen grandes tasas de violencia.

La educación que se da en la escuela no es suficiente porque la socialización diferenciada en los roles (y subjetividades) de género no se da en la escuela. Pero, incluso si pensamos en la educación como la panacea, habrá que convenir en que en España lo tenemos especialmente difícil. Hemos construido, desde la Transición, un país en el que hemos dejado a la educación concertada (la mayor parte en manos de la iglesia) una gran parte de la educación y en el que los recortes han dejado a la educación pública esquelética. Es imprescindible cambiar eso pero no parece que los partidos PP/PSOE estén dispuestos.

Se podría impulsar una nueva reforma educativa (y van…) que introdujera algo parecido a "Educación para la ciudadanía". Eso costaría una guerra política con el resultado de que sólo se introduciría de verdad en una pública cada vez con menos recursos. Cambiar el sistema educativo en un país tan profundamente segregador desde la escuela como el nuestro, parece complicado pero, en todo caso, eso tampoco sería coeducación ni solucionaría toda la cuestión. La educación, en este país, está profundamente privatizada y en manos de los sectores más antifeministas posibles. Se pueden hacer pequeños experimentos pero parece complicado hacerlo a gran escala por ahora sin cambiar el régimen, sin hacer una nueva constitución.

Imprescindible también la formación en feminismo a jueces, fiscales, y a todas las trabajadoras/es de los juzgados y funcionarios en general. Todo lo que se haga por ahí es necesario y también son necesarios los recursos suficientes porque no se trata sólo de castigar a los agresores, sino de proteger y ayudar a las víctimas también. No todas las mujeres van a denunciar pero quienes lo hacen tienen que tener protección garantizada, una habitación, recursos y por supuesto hay mucho que hacer aun en el terreno de alejar a cualquier maltratador de sus hijos e hijas, sin contemplaciones…y ya vemos lo que está costando. Pero…con todo esto, que ya se hace en algunos países, la violencia sigue existiendo.

No soy optimista a corto plazo, la violencia no va a desaparecer. Es el patriarcado y el patriarcado no va a desaparecer mañana. Por una parte, hay que hacer lo que hace el feminismo. Atacar todas las formas de machismo desde todos los ángulos y muchas de ellas son más complicadas de lo que pueda parecer. ¿Es posible educar en igualdad si al salir de la escuela los adolescentes se van al puticlub? ¿Es posible educar en igualdad si las películas, series, anuncios de televisión presentan a hombres y mujeres  en roles estereotipados como sujetos de deseo unos y objetos de deseo las otras? ¿Es posible educar en igualdad cuando las mujeres son sometidas a unas presiones insoportables acerca de su físico, su edad, su peso o su talla desde que tienen 10 años? ¿Es posible educar en igualdad cuando vemos un enorme retroceso en la manera en que las chicas se viven a sí mismas como objeto de deseo de ellos y son capaces de hacerse cualquier cosa para adaptarse a ese papel? ¿Es posible educar en igualdad en una cultura patriarcalmente pornificada? Ninguna lucha sobra pero ninguna por sí sola va a hacer que la violencia cese. No hay soluciones mágicas ni rápidas.

Pero, al mismo tiempo, es también el capitalismo, y tampoco parece fácil que ahí haya unanimidad ni esta variable aparece en el artículo citado. Si no conseguimos que las mujeres dejen de ser las cuidadoras universales tampoco habrá igualdad y ellas seguirán donando su tiempo, sus recursos, su vida, a la vida de otros. Y eso no se hace con un sistema político en el que el cuidado, el trabajo reproductivo,  es un negocio más y no una necesidad vital. Este es un sistema organizado sobre la doble o triple jornada de las mujeres y sobre un trabajo invisible y no remunerado que, sin embargo, alguien tiene que hacer. Asumir que hay que acabar con la división sexual del trabajo y que hay que socializar el trabajo reproductivo, es asumir premisas que hoy parecen muy lejanas en este sistema económico y político.

Por último, sí, hay que cambiar las mentalidades, las subjetividades. Eso requiere poner el foco en los hombres, algo a lo que una parte del feminismo se ha opuesto durante mucho tiempo; especialmente en los agresores, pero no sólo. Si ellos no cambian, no habrá cambio y seguirá habiendo víctimas. Nosotras ya hemos cambiado y ese es, en parte, el problema. Recibimos violencia  precisamente porque hemos cambiado y ellos no lo han hecho, o no lo suficiente. Puede parecer desalentador pero si pensamos desde dónde venimos no lo es tanto. Lo que ocurre es que a veces se hace muy difícil seguir avanzando y las víctimas pesan mucho.