Otras miradas

No es tiempo de ruido, no es momento de politiqueo

Daniel Vicente Guisado

Politólogo

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, durante el pleno del Senado.- EFE/ Javier Lizón

No son buenos tiempos para los cambios. Desde marzo del 2020 todos los nuevos elementos inducen a pensar en ello. La ya tan comentada fatiga pandémica, la pulsión por un pasado reciente al que volver y otro lejano que idealizar y, más recientemente, los ecos que incitan a ver la pandemia como una enfermedad endémica a la que acostumbrarse no invitan a ensayar cambios de rumbo.

Las pistas abundan. Hace días el Partido Socialista obtuvo la primera mayoría absoluta en Portugal desde el año 2005. El resultado llegó tras el rechazo de las formaciones izquierdistas a apoyar unos presupuestos generales que no aumentaban la inversión pública, los salarios y las pensiones. Una razón tan meritoria como incapaz de mover un centímetro al electorado progresista. La gente no votó al que tuviera razón o persiguiera causas justas, sino al que prometió no añadir uno más a la lista de problemas que la ciudadanía portuguesa ya tenía.

La afirmación de la estabilidad se ha repetido en otras latitudes europeas. Mark Rutte, a pesar del escándalo que llevó a la bancarrota a miles de familias migrantes, reeditó sus resultados electorales en los Países Bajos hace un año. En Italia el cónclave laico ha forzado una reedición del mandato del Presidente Mattarella, tensando la Constitución italiana. Incluso en Alemania, país que sorprendió por la primera victoria socialdemócrata en dos décadas, la sociedad no votó cambio sino continuidad merkeliana, fijándose en su sucesor directo no dentro de su partido sino del socio de gobierno. Los programas, pactos o gestiones pandémicas parecen enflaquecer en los tiempos recientes por la irrupción de un eje, estabilidad-inestabilidad, que lo eclipsa y subordina todo.

Detrás de la preferencia por la estabilidad hay una concepción de la política como fatigosa. Causa y no solución de los problemas. Una coyuntura donde el voto se dirige no a lo que podría ser, sino a lo que no se quiere que sea. El famoso mal menor de las segundas vueltas presidenciales, y que permitirá a Macron revalidar su mandato este año, convertido en estructural. Se revalida porque la alternativa es ruido que no convence y el cambio propuesto no atrae más que la continuidad. El "malo conocido que por conocer" es la desembocadura de un ciclo de cambio convertido en impotencia y de crisis sobrepuestas transformadas en extenuación.

La desafección política, comodín cada vez más frecuente en los distintos análisis sociales, no es ninguna trivialidad. El think tank Pew Research mostró datos para ellos recientemente. Una mayoría de población en países de nuestro entorno se mostraban insatisfechos con el funcionamiento de la democracia. Unos niveles de satisfacción inversamente proporcionales con las demandas por reformar completamente el sistema político. Por mostrarlo claramente: el 65% de españoles se encuentra insatisfecho con la democracia y el 54% piensa que una "reforma completa" del sistema político es necesario. Otro 32% demanda cambios importantes y solo el 2% lo dejaría intacto. Cifras similares en Grecia, Italia, Francia o Estados Unidos.

Me gusta poner el mismo ejemplo para explicar una posible salida al ‘empate catastrófico’ que gran parte de las sociedades occidentales vive entre la polarización, la fatiga pandémica y la política como problema. En todo juego de la soga, el ‘tira y afloja’ de los colegios, se llega a un momento de empate donde la fuerza pasa a ser secundaria. Importa, contrariamente, liberar la tensión para desequilibrar al adversario y llevarle a tu zona. Táctica en lugar de potencia. En este sentido, no habrá pasado desapercibido un concepto que soltó la vicepresidenta Yolanda Díaz en el último programa de Salvados: politiqueo.

"En mi casa me han enseñado que cuando se avanza socialmente hay que votar a favor. El resto es politiqueo". La contraposición es clara. Frente al avance social, a la política entendida como diálogo y acuerdo, que sería la "política", se halla el origen del ruido, crispación y cálculo partidista, el "politiqueo". La ministra de Trabajo está no solo delimitando un marco propicio para ella, además está rompiendo con unos ejes y dinámicas establecidas en nuestro país (izquierda-derecha, viejo-nuevo, centralismo-soberanismo). A la manera del ya prehistórico casta-pueblo, el "politiqueo", como forma antagónica de esa política impotente y ruidosa vinculada a la fatiga ciudadana, puede permitir superar resistencias reordenando el tablero; en lugar de comprar o mejorar el marco, crearte otro nuevo.

A diferencia de otros intentos recientes de politización, como la República o el ecologismo, el "politiqueo" conecta con un sentir común enormemente amplio y cada vez más influyente. Hasta un tercio de personas en España ven la política como el principal problema que existe en sus distintas formas (comportamiento, falta de acuerdo, partidos, generales...). El dato concreto es del último barómetro del CIS, pero su dimensión se repite desde hace dos años. Debates en torno a pactos, líneas rojas, repeticiones electorales, bloqueos o sorpassos, pasados por la termomix de la crisis sanitaria, ha creado una base enormemente adversa al drama que ha caracterizado los juegos políticos en los últimos años.

El comportamiento electoral, desde que el coronavirus cambiara nuestras vidas, está enormemente determinado por el miedo a perder la (poca) estabilidad (que nos queda) en lugar de ganar el (gran) progreso (que podríamos tener). En un momento en el que las manos nos queman de apretar la cuerda, el miedo por la fuerza del adversario no debería despistarnos de lo más oportuno: soltar a tiempo y demostrar que entre tanto ruido la quietud y la estabilidad pueden florecer. Y como con las cosas del comer no se juega, ahora toca tener ambición social.