Otras miradas

Por qué Ángel Martín no es un fascista

María Corrales

Periodista. Asesora política

Ángel Martín
Ángel Martín

Este verano he descubierto que, a diferencia de las terrazas en España en las que los comensales nos sentamos alrededor de la mesa mirándonos unos a otros, las sillas en las cafeterías de París están enfocadas hacia la calle dejándole disponible a la cita o interlocutor en cuestión poco menos que un perfil con el qué conversar. Me gustó pensar que esta disposición de curiosidad hacia el viandante era una manera de incorporar al arte de la conversación los estímulos propios de aquello que Baudelaire definió como la capacidad de gozar de la multitud y que tan importante fue para los primeros impresionistas. Y es que igual que pasaba con el arte a finales del XIX, no hay tampoco conversación más aburridamente previsible que la que transcurre sin los incentivos de la cotidianidad de su tiempo.

Una vez aterrizada en Barcelona, quizá influenciada por dichas ideas que me daban vueltas en la cabeza, me ha parecido que en la conversación pública que se daba al respecto del polémico vídeo de Ángel Martín sucedía un poco como en las terrazas en España. Como si el cómico estuviese sentado en una mesa rodeada de críticos que reproducían los argumentos de siempre y algún tipo de barrera invisible impidiese atender al runrún que lleva tiempo escuchándose en la calle. Particularmente paradójicos han sido los análisis que ponían el foco en que el objetivo del cómico era el de acumular visitas sin entrar en el por qué, efectivamente, este tipo de vídeo había funcionado tanto, cómo si de alguna manera el discurso tuviese alguna fórmula previsible de estribillo pop que pudiese funcionar en cualquier contexto y en cualquier momento.

En este artículo intentaré, entonces, poner las sillas mirando hacia la calle como hacen en París, pero como también han hecho nuestras abuelas toda la vida, para tratar de pasar del Ángel Martín como personaje al Ángel Martín como síntoma.

  • La política como antagonista. El discurso de la antipolítica no es nuevo. Tampoco se lo inventó Vox ni, por supuesto, lleva irremediablemente al fascismo. De hecho, la percepción de que "los políticos" son un problema lleva instalada en España por lo menos desde hace una década y su pico histórico, según el CIS, se produjo en diciembre de 2019, cuando el 49’5% de las personas consultadas afirmaron que la política era su principal preocupación. Con buen ojo, la crítica a la clase política en general ha ido siendo incorporada en casi todos los discursos de campaña, sea a través de la impugnación al "establishment", de la idea de los "chiringuitos" utilizada a uno y otro lado, o de la autodefinición de los candidatos y candidatas como "outsiders" a través de la puesta en valor de su actividad profesional al margen de la tan denostada profesionalización de la política. Caso paradigmático fueron las elecciones a la Comunidad de Madrid, que analicé en un artículo para El Salto, o el debate sobre la reducción de los salarios en el Congreso durante la pandemia.

Dicho señalamiento genérico tampoco ha sido ajeno a los medios de comunicación. Por el contrario, en los últimos dos años hemos asistido a un consenso en torno a que el problema de España era "la polarización política" capitaneada, por cierto, por medios progresistas, y entendida como la incapacidad de los distintos actores para alcanzar grandes acuerdos en momentos decisivos que, como en los dos vídeos de Ángel Martín, no hacía referencia alguna a las élites económicas. De hecho, aquí radica la diferencia sustancial con las reclamaciones del 15M en las que se hablaba específicamente de la convivencia entre unos y otros como principal freno a la democracia.

  • La negativa a seguir haciendo más esfuerzos. El vídeo del autor de Por si las voces vuelven, uno de los best sellers del año, aparece en un momento muy concreto: el del un anhelado primer verano postpandemia que, lejos de lo esperado, llega ensombrecido por una crisis económica derivada de la guerra que ya está haciendo mella en los hogares y que, previsiblemente, se recrudecerá este otoño. En realidad, la negativa de Martín a "hacer más esfuerzos" no es muy diferente a lo que dijo principios de este mes el Secretario General de la UGT, Pepe Álvarez, cuando llamaba a los trabajadores y trabajadoras a disfrutar del verano contraponiéndolo, en este caso sí, a las recetas de las élites económicas y, en concreto, a las de la patronal. Quizás el emisor no era el más acertado, por aquello de que la crisis institucional también ha afectado al sindicalismo, pero Álvarez tiene razón en decir que los mismos que apuntan hoy a la contención en el gasto privado son los que el día de mañana buscarán en esta misma ciudadanía el chivo expiatorio para exigir recortes. Y es que la película del "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades" ya la hemos visto y todo apunta que en las próximas semanas asistiremos a un particular remake en forma de "sé lo que hicisteis el último verano".

En este sentido, igual que sucedió con Ayuso y su apelación a la libertad, sería pura miopía no entender que existe un deseo legítimo de aprovechar las primeras vacaciones sin restricciones para dotar de experiencias vitales y, por lo tanto, de vivencias y relieve, una vida que durante la covid-19 ha transcurrido de forma tan lineal que nos impide diferenciar entre los meses y los días de los últimos dos años. Dicha vocación no puede ser despachada como egoísmo, y es que se equivoca quién a estas alturas piensa que una particular visión de la razón es suficiente para aplastar las pasiones y los deseos legítimos compartidos.

  • La rabia y las pasiones tristes. Otro argumento que se ha utilizado para criticar el vídeo de Martín es el de que utiliza la rabia, en este caso, evidentemente medida, para conectar con el cabreo generalizado. El argumento utilizado es que la rabia puede ser un instrumento terapéutico, pero no de transformación, que necesitaría de pasiones alegres y de esperanza para poder ofrecer el manoseado concepto de "nuevos horizontes". Estando de acuerdo en el fondo del argumento y defendiéndolo como tarea política fundamental, creo que en contextos como el actual, negar la potencia de la rabia o de los odios es puro voluntarismo. La rabia es mucho más transformadora que el hastío o el mal menor en el que veníamos instalados porque significa movimiento y enunciación, y es posiblemente el estadio previo necesario a la capacidad de aunar voluntades que ensanche los límites de la gestión. De lo que se trata es hacia dónde se dirige y qué hay detrás del muro que se quiere derribar.
  • Soluciones sencillas a problemas complicados. Finalmente, la crítica más extendida ha sido la de acusar a Ángel Martín de mezclar una enumeración de catástrofes inconexas y delegar toda propuesta de solución en la política que él mismo critica. Algunos, incluso, han vuelto a recuperar el fantasma del populismo como insulto, oponiéndolo, en el mejor de los casos, a la organización popular.

Bien, en primer lugar, no hay nada más propio de los contextos de malestar que la paulatina relación entre problemas que, a priori, no tendrían nada que ver, pero que de alguna manera acaban conectándose en sus causas o adversarios comunes. Eso que, a priori, puede resultar tan ridículo como relacionar la erupción de un volcán con la crisis económica, es, en realidad, aquello que permite que un momento dado yo esté preocupada porque no puedo pagar el alquiler y empatice con el transportista que se manifiesta por la subida de la gasolina. No hay nada de natural en esa asociación, es una construcción política que en este caso puede llegar a generar los mimbres para organizarse. Ángel Martín hace la suya diciendo que el hecho de que solapen eventos caóticos es responsabilidad de un Gobierno que no sabe gestionarlos. Y lo que hay detrás de esta afirmación no es nada más que la exigencia de que alguien ponga orden en un mundo lleno de sobresaltos en el que la imagen de una España ardiendo era la guindilla que se necesitaba para alimentar la sensación general de colapso.

En segundo lugar, alegar que "las cosas son muy complicadas" denota, sencillamente, una voluntad de negar al ciudadano la capacidad de intervenir en política. Es el discurso del experto, del tecnócrata, que suele tener la voluntad de extraer las cuestiones importantes del debate público para poder imponer decisiones a sus anchas. ¿O acaso el Partido Popular y Foment del Treball no están ofreciendo soluciones sencillas a problemas complicados cuando hablan día sí, día también, de bajar impuestos? ¿O no lo hace la izquierda cuando limita la inflación a la factura de la luz y al discurso contra las eléctricas? Claro que lo hacen y está bien que sea así, porque la realidad y la inmensidad de los aspectos sociales que atañen a la vida pública implica necesariamente elegir dónde se pone el foco, y esa es, precisamente, la tarea fundamental de la política democrática.

No quería acabar el artículo sin poner de manifiesto que algunas de las respuestas al vídeo de Martín que he intentado ir desgranando me parecen preocupantes. El alegato del cómico es una anécdota que difícilmente irá más allá, pero de la misma manera que explicar por qué se ha viralizado nos da algunas pistas sobre el humor social y hace saltar algunas alarmas como la invisibilización en el discurso público de las élites económicas, algunas de las respuestas que se le han dado también pueden ser síntomas de una actitud autorreferencial que tiende a negar cualquier enunciación del malestar que no se den en el molde que cierta izquierda espera.

Si las predicciones económicas se cumplen, es muy probable que este otoño tengamos muchos más Ángeles Martines que por alguna razón estén dando en la tecla de lo que mucha gente siente en sus casas. Y la tarea debe ser la de interpretarlo, entenderlo y politizarlo hacia los que efectivamente no han tenido que acarrear con ninguno de los esfuerzos que los demás sí hemos hecho en estos últimos años, no la de caer en una retórica paranoide de tachar de fascista todo lo que se salga de un canon, que, por cierto, tampoco tiene nada de natural ni de lógico.