Otras miradas

Ponga un gorrón en su mesa

Oti Corona

@LaCrono__

Una mujer pone la mesa. -Pixabay
Una mujer pone la mesa. -Pixabay

En todos los hogares hay una persona que se apunta al carro cada vez que huele mesa puesta a cualquier hora del día, una persona que jamás ayuda a nada ni se le pasa por la cabeza aportar un postre o una triste botellita de vino, ni se le ocurre que los manjares que se zampa han costado un tiempo, un trabajo y un dinero. Esta persona, además, suele comportarse como si su sola presencia fuera un favor que hace a sus anfitriones, como si les otorgase el honor de permitirles contar con su compañía. Por supuesto, no echa una mano ni pone un pie en una cocina llena de sobras y platos por fregar.

Suelen ser extrovertidos y alegres, saben cómo iniciar una conversación y se les da bien observar a su alrededor, quedarse con los detalles. Por ejemplo, con los horarios de comidas y cenas de sus allegados. Así es como consiguen aparecer en el momento justo. Se dejan ver sobre todo durante las vacaciones, una época en la que aumenta el número de visitas y encuentros con amigos y conocidos. No se libra de ellos nadie. Si no ha llegado un gorrón a tu vida por sus propios medios, el verano –sobre todo si vives en la costa– te otorgará uno de oficio.

Hay gorrones con clase, como el sibarita: se cuela en tu mesa pero te va indicando, a medida que engulle, aquello que deberías mejorar. ¿El jamón? Está mal cortado. ¿El vino? Te han timado con el precio. ¿El queso? Mucho mejor el de su pueblo. ¿El pan? Ya no es como el de antes. Te encantaría criticar algún manjar que él haya aportado a la cena pero lo único que ha traído es hambre.

Algunos gorronean en grupo, en plan tribu. Su táctica habitual es la de situar a uno de los miembros del clan –el más debilucho– a la vista de un potencial anfitrión, en cuanto este se acerca a la barbacoa. Tiene que saludar con tono compungido y mirar a las brasas como con pena; a partir de ahí, todo va rodado.

–Buenos días.

–Buenos días, ¿cómo va?

–Por aquí ando. ¿Qué, vais a cenar?

–A eso vamos, que ya toca.

–...

–Si gustas...

Y zas. Caíste en la trampa, porque nada más aceptar la invitación, aparecen de la nada sus dos sobrinos, su hermana, su primo y una abuela que traga como un toro, toman asiento y a vivir.

Existe un espécimen de gorrón que, a pesar de mostrarse abierto y parlanchín entre horas, abre la boca solo para comer cuando se sienta a la mesa. Su objetivo es pasar desapercibido; de esta manera, allana el terreno para repetir al día siguiente.

La huida es la única defensa posible ante estos aprovechados, puesto que, sin ser mejores o peores personas, sus códigos de educación y vergüenza son distintos de los del resto de los mortales. Además, los intentos de modificar su conducta resultarán contraproducentes. Si suena la flauta y te invitan a su casa, saldrás de allí con más hambre que el perro de Carpanta, y suerte si no te han pasado el ticket de pagar a escote. Si te esfuerzas en elucubrar una venganza sofisticada y consigues que te inviten a un restaurante, conviene que lleves dinero, porque se habrán olvidado de la cartera y te pedirán un préstamo que no te devolverán nunca. Para esquivarlos hay que cortar de cuajo la relación con ellos, algo que resulta dificultoso si, como sucede a menudo, existe consanguinidad o superioridad jerárquica. El jefe aprovechado, junto con el combo gorrón-cuñao es el peor que te puede tocar en suerte.

Cualquiera diría, tras leer estas líneas, que no me gustan los gorrones. No es así. Según dicen, la palabra "gorrón" procede de la gorra que vestían los estudiantes más pobres, en contraste con el bonete de sus compañeros adinerados, a quienes solían servir de criados. Estos jóvenes, con el fin de sufragar sus estudios, se colaban en fiestas y banquetes para llenar el estómago y refrescar el gaznate. No me digan que no sienten por ellos cierta simpatía.

Los chupópteros, como todo hijo de vecino, forman parte de nuestro ecosistema social. Su existencia nos recuerda que sobrevivimos como especie gracias al trabajo cooperativo, a ese pensar en los demás, a esos granos de arroz extra que añades a la cazuela, a esos quintos de cerveza que conservas en frío aunque no tomes alcohol o al excedente de latas de mejillones escabechados que almacenas por si alguien se queda a comer sin previo aviso. Si este verano no se ha presentado nadie a visitarte justo cuando acababas de sacar la cena a la terraza, puede que estés haciendo algo mal con tu vida. O quién sabe. Puede que el gorrón seas tú.