Otras miradas

¿Quién grita después de que la economía grite?

Alicia Valdés

Politóloga y doctora en Humanidades

Pixabay
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Esta columna se escribe desde Atenas en medio de un proyecto de investigación. La autora agradece al director Manos Cizek su generosidad a la hora de concederle una entrevista durante la gestación de esta columna.

¿Cómo afecta la economía a la política hoy y qué consecuencias tendrá sobre el futuro de la democracia? Esta es la pregunta que el director griego Manos Cizek lanza a diferentes pensadores y filósofos en su documental The Bird Cage el  16 de julio de 2015, pocos días después del referéndum que tendría como resultado el ‘no’ al plan de austeridad impuesto por Europa, pero cuyo resultado no fue respetado.

El filósofo Srecko Horvat es el primero en responder la pregunta: la democracia real y la economía capitalista no son compatibles. De ahí, el rechazo a la negación del pueblo griego a las condiciones de austeridad. Horvart, haciéndose eco de las palabras de Nixon "let the economy scream" (dejad que la economía grite) ante la victoria de Salvador Allende en Chile, nos demuestra cómo el ahogamiento de la economía de un país por parte de grandes poderes económicos resulta el arma perfecta para la dominación de su política y el adiestramiento de su población. Si un país se niega a las condiciones del capitalismo: dejad, (o, mejor dicho, haced) que su economía grite. Y de esta manera, agrega, también enseñaremos al resto qué es lo que pasa a quien se rebela.

Pero, ¿quién grita después de que la economía grite? En 2011 fueron las plazas las que gritaron en contra de una economía que imponía un plan no de austeridad, sino de expropiación, en palabras de la filósofa griega Athena Athanasiou. Una expropiación por parte del capitalismo de derechos como la vivienda, el trabajo o los recursos naturales. Los gritos generaron un eco que llegó al parlamento con la introducción de partidos políticos, pero que seguía generando ruido en las calles con plataformas como la PAH, Juventud sin Futuro o Democracia Real ¡YA! Un grito que tuvo eco en la autogestión de fábricas y de medios de comunicación en la ciudad de Tesalónica. Un grito que fue poco a poco silenciado a través de la promulgación de leyes como la Ley Mordaza en el Estado español o la creación de fuerzas policiales antidemocráticas como la Brigada Delta en Grecia. Esta última, siendo, como me comentaba este fin de semana Manos Cizek, la oportunidad perfecta para la militarización de la confrontación contra las peticiones sociales.

Hoy, más de una década después de la crisis de 2008 y de los gritos en las plazas, la economía vuelve a gritar (su estado natural en el capitalismo es el de un grito que ahoga eliminando derechos democráticos), pero han silenciado las voces en las calles.

Hoy, tras el grito de la economía, el grito que escuchamos es el de una extrema derecha que alza su voz a la vez que alza el brazo, como viene haciendo desde hace décadas en otros espacios. Hoy, las discusiones y la acción política de la calle se han trasladado a unos medios de comunicación sesgados que pretenden colocar el centro cada vez más a la derecha mediante la permisividad de la presencia del discurso de la extrema derecha en la televisión. No solo de la extrema derecha española en el programa de Ana Rosa Quintana, sino de la colombiana de Rodolfo Hernández en la cada vez más cuestionable cadena La Sexta, y la italiana a través de la amplificación del discurso fascista de Giorgia Meloni en la sociedad española.

La economía capitalista grita siempre, grita en contra de toda gestión o sistema que pueda ponerse en contra de sus intereses.

Hace unas semanas, examinaba cómo los pódcast y la revolución de los medios de comunicación podrían sentar las bases para un nuevo escenario donde la izquierda pudiera tener más poder. Sin embargo, lo que no podemos olvidar es que el grito en las calles fue el que hace once años permitió la reestructuración del sistema bipartidista y el cuestionamiento de la economía capitalista. Las condenas a las compañeras de CNT Xixón, la criminalización al anarquismo y la presencia de infiltrados en los movimientos sociales en Barcelona son otras estrategias para que el grito de las calles no sea capaz de competir con el grito de la extrema derecha que desde los medios de comunicación amplifican y blanquean.

Si queremos llegar a las siguientes elecciones en un escenario que no esté estratégicamente preparado para la llegada del gobierno de la extrema derecha, urge la descriminalización de los gritos callejeros. Urge la igualdad de oportunidades de protesta. Urge una ley de medios que regule la presencia de bulos, fake news y redes de clientelismos entre periodistas, policías y políticos. Urge, de una vez por todas, descriminalizar la acción ciudadana a través de la derogación de la Ley Mordaza. Sí, porque parece que últimamente aprendemos mucho sobre el poder mediático y su rol de altavoz para la extrema derecha, pero también parece que nos olvidamos de que nosotras también sabemos gritar. Porque, sin el grito de las calles, la economía capitalista nos condena al fascismo, la única ideología que podrá convivir con ella.