Otras miradas

'Close': Curarse de hombría

Octavio Salazar Benítez

Léo y Rémi, protagonistas de 'Close', en el tráiler de la película.
Léo y Rémi, protagonistas de 'Close', en el tráiler de la película.

"Si los hombres quieren reclamar la bondad esencial del ser masculino, si quieren recuperar el espacio de sinceridad y expresividad emocional que es la base del bienestar, debemos imaginar alternativas a la masculinidad patriarcal"

bell hooks

Hay películas que te atraviesan el cuerpo como si fueran un rayo. Se cuelan adentro de ti y te remueven las tripas, los recuerdos, la piel y también, sí también, los silencios que se guardan por debajo de las entrañas. Son justamente esas películas las que provocan en mí, cuando salgo de la sala, una necesidad de silencio, de reencuentro con mis fantasmas. Como si se hubieran revuelto todas las piezas del puzle y necesitara de un tiempo para recomponerlo. A solas. Mientras que voy haciendo una lenta digestión de las imágenes. Una de esas películas recientes ha sido Close, la dura pero hermosísima película de Lukas Dhont. Tal vez una de las historias de esta temporada narradas con más hondura y emoción, en la que el director sabe ir al núcleo de los dilemas y es capaz de construir belleza incluso desde el dolor y la pérdida. Sin duda, como escribió Javier Navarro en Twitter, la mejor contraprogramación del mundial de Catar.

Close, que puede verse como una historia de iniciación, o como un retrato fiel de los vericuetos de las vidas que empiezan a hacerse en la adolescencia, o incluso como una dolorosa historia de amor, es para mí, sobre todo, una lección magistral sobre cómo la masculinidad nos jode a los hombres. De cómo el orden de género, que también para nosotros diseña expectativas y roles, nos lleva con frecuencia al pozo sin fondo de la negación y de los miedos. La relación de Rémi -ay, esa sonrisa triste de Gustav de Waele-  y Léo -ay, esos ojos que miran sin querer ver del impresionante Eden Dambrine-, los dos chicos protagonistas, a los que vemos en la intimidad de la habitación construyendo puentes emocionales con pequeños gestos y miradas, con apenas unas cuantas palabras que hablan de lo cotidiano, nos plantea con toda su crudeza hasta qué punto para ellos acaba siendo una mochila pesadísima comportarse como unos hombres de verdad. Siempre bajo el escrutinio de los otros, obligados a no salirse de los límites marcados por la fratría. Tanto la decisión de Rémi, como la reacción de Léo, nos evidencian hasta qué punto nuestras renuncias y silencios nos convierten en seres discapacitados, huérfanos y, claro, con frecuencia iracundos. Violentos con los otros pero, de entrada, con nosotros mismos. Las escasas habilidades para sentir y la represión aprendida de lo emocional nos puede convertir en monstruos o en desgraciados. Siempre bajo el dictado de unas reglas que nos invitan a huir del contacto físico, de la intimidad amorosa, de los afectos sin los cuales los humanos vivimos solo a medias. La homofobia, en cuanto negación de lo femenino, como instrumento de control. Una suerte de policía de género que hace que nos sancionemos, sin necesidad siquiera de que los demás lo hagan. Como detectamos en las lágrimas pudorosas del padre que no se atreve a nombrar su tristeza.

Yo mismo me he sentido en muchas ocasiones como Rémi, pero también como Léo, muy especialmente cuando él reacciona con las armas que tiene más a mano: las de la hombría ruda e insensible, la grupal, la que nos hace creer protegidos cuando andamos en manada, la que con torpeza coge un palo para defenderse en el fondo de sí misma. Y sí, a mí también me ha costado, como a Léo, ponerme delante del espejo, sentirme acogido en el abrazo que le da la madre de Rémi -esa mujer que cuida y que asume el dolor con inteligencia-, poner palabras a mis sentimientos, no huir cuando he sentido una fiebre amorosa pegada a mi piel en las camas de mi adolescencia.

Mejor que cualquier campaña que se le pudiera ocurrir al Ministerio de Igualdad, yo utilizaría  Close, que el director de la también magnífica Girl hilvana con un pulso casi "bergmaniano", para mostrarle a los varones, muy especialmente a los más jovencitos, cómo la masculinidad es una jaula de la que todos deberíamos escapar. Sin este aprendizaje me temo que difícilmente podremos construir, por ejemplo, relaciones afectivas y sexuales empáticas y recíprocas. Como tampoco seremos capaces de renunciar del todo a la bestia que llevamos dentro. Esa que necesita con urgencia ser expulsada de nuestro pecho, al tiempo que nos liberamos y corremos libres, al fin, entre campos de flores. En ese eterno ciclo de la Naturaleza que se renueva y del que nosotros deberíamos ser parte asumida nuestra fragilidad. Solo desde este renacimiento, una suerte de consagración de la primavera con perspectiva feminista, será posible que el amor, ese al que constantemente apelaba bell hooks como motor de cambio, el buen amor claro, sustituya al fin nuestro deseo de dominar.