Otras miradas

Mantener viva la memoria del 4D

Isabel Serrano Durán

Socióloga y politóloga

Manifestación del 4 de diciembre de 1977 en Cádiz por la autonomía de Andalucía. EFE

Si hoy saliese por las calles de cualquier ciudad o pueblo andaluz, ¿cuántas personas sabrían decirme qué ocurrió el 4 de diciembre de 1977? Me apuesto que, quizás entre las personas de más de 60 años haya quien pueda ubicarlo, pero, a medida que los años van disminuyendo, el desconocimiento crece. Esto no se debe solo a que quienes son más cercanos a los acontecimientos o tuvieron el privilegio de estar allí conocen mejor qué ocurrió, sino a un olvido intencionalizado por parte de las instituciones.

Jamás he visto en mis libros de historia nada sobre el 4 de diciembre. Con suerte, algún profesor nos mencionó a Blas Infante, como padre de la patria andaluza, y algún otro nos hablaba de "uno que se hizo musulmán y quería que volviera Al-Ándalus". Sí había espacio para hablar de los "nacionalismos periféricos", pero ni rastro de ese que desplegó sus alas durante la República con la Constitución de Antequera, se volvió clandestino durante el franquismo tras callar a golpe de tiro el grito de "viva Andalucía libre" y resurgió de sus cenizas cuando Franco seguía aún caliente y sus sucesores querían darle las migajas a un pueblo que llevaba años muerto de hambre.

Esta invisibilización de uno de los hechos más importantes de la historia reciente tiene una intencionalidad: el olvido. Porque esta es una historia de un pueblo oprimido que sacó todas sus fuerzas para librarse de las cadenas. Un pueblo que todos creían que podían manipular y seguir ninguneando mientras les tocaban las palmas. Esta es una historia de una bala perdida que acabó con la vida de un joven de 18 años. Es la historia de un asesinato durante la transición cuyo culpable sigue sin rostro, ni nombre, ni condena. Es una historia donde ganan los de abajo, donde el sur deja de ser ese lugar subdesarrollado que todo el mundo mira desde lo exótico y sorna, para ser un pueblo que saca sus garras y que es capaz de desafiar y cambiar el curso histórico posicionándose como un sujeto político capaz de mirar a los ojos a los padres de la Constitución que habían decidido reservarle a Andalucía un puesto en los márgenes políticos del Estado. Y es que sacar a niños y niñas de 6 años con banderas blanca y verde pintadas en un papel a tocar el himno de Andalucía con la flauta en el recreo previo al 28 de febrero no es divulgar sobre nuestra historia, pero sí es importante.

Ahora, por suerte para unos o por la desgracia de otros, la reivindicación de nuestra identidad se ha puesto de moda. Esos niños que salíamos a hacer el "carajote" con una bandera mal coloreada pinchada en un palo nos hicimos mayores. Crecimos creyendo que el flamenco no molaba tanto como la música en inglés, pero acabamos escuchando a Rocío Jurado a todo volumen. Somos una generación que nos dijeron que teníamos que "hablar bien" si queríamos que se nos entendiera en todo el mundo, pero acabamos exiliados por todo el mundo peleando diariamente para no perder nuestro acento. Somos los que crecimos viendo que los actores andaluces solo podían ser analfabetos, ladrones, chachas o prostitutas en las series de televisión, pero que casi le torcemos la cara a quien se atreva a decirnos eso de "¿andaluz? Me encanta vuestro acento, sois tan graciosos...". Ha resurgido con fuerza un nuevo andalucismo cultural que reivindica nuestras raíces, problematiza los orígenes de la desigualdad y hace política a golpe de meme.

Ante esta nueva ola andalucista, solo falta la pata política. Juanma Moreno es listo y lo dice claramente: yo soy andalucista. Y, por si no fuera suficiente, recoge la reivindicación histórica de poner en el lugar que se merece el 4 de diciembre y lo declara Día de la Bandera Andaluza y asegura que declarará Bien de Interés Cultural el Círculo de los Artistas de Ronda, que fue donde se celebró la primera Asamblea regionalista donde la bandera y el escudo se convirtieron en insignias de Andalucía. Y no, lo siento si hay quien se ha acercado a estas líneas buscando una crítica afilada, pero para mí es una victoria que un presidente, tras 45 años, haya tenido el gesto de reconocer la magnitud de lo que ocurrió en las calles y el peso simbólico que tuvo la bandera durante las manifestaciones y el asesinato de Caparros.

Pero, por mucho que celebre el paso, lo miro con cautela y preocupación. Porque entiendo que la utilización de maquillaje andalucista no es más que una estrategia política de Juanma Moreno para mantenerse en el poder absoluto y porque he visto como el PSOE-A ha utilizado el andalucismo para blanquearlo, apropiárselo y despolitizarlo. Tengo miedo de que ocurra lo mismo con un hecho histórico con tanta carga reivindicativa, progresista y de emancipación. Por eso creo que no está todo el trabajo hecho. Las fuerzas de izquierda, los movimientos sociales y la sociedad civil que nos consideramos, y nos sentimos, andalucistas debemos seguir haciendo lo que llevamos años: recordando el valor político del 4D, divulgando, peleando por su reconocimiento, reivindicando nuestra autonomía y recordando los valores de nuestra historia para seguir conquistando derechos, rompiendo cadenas y apoderándonos de la soberanía económica que meremos.

Celebremos, pero no bajemos la guardia. No dejemos que utilicen nuestra bandera para tapar sus vergüenzas o para ocultar la raíz de emancipación que alimenta al pueblo andaluz. Salgamos a la calle, hablemos en el bar a nuestros amigos de lo que pasó hace 45 años, contémoslo en nuestras clases, en nuestro trabajo... Defendamos con alegría nuestra historia, porque si nuestra memoria desaparece, la verde esperanza se apaga. Mantengamos viva la memoria