MEMORIA – Lo que recuerdo de René.

Berto Romero

René era una tortuga de tierra. Yo era un niño cuando entró en casa, para ser mi mascota. Mi padre me dijo que se llamaba René porque en la pajarería aseguraban que era oriunda de Francia. A principios de los 80, en mi pueblo, un francés (la persona, no la práctica sexual, que quizá también) era algo escaso y exótico. De hecho, me consta que aún lo es, pero ya no resulta tan sugerente como para bautizar una mascota con un nombre francés. Jamás supe si René era él o ella. Era mi tortuga. Un concepto. Casi ni siquiera era tortuga, simplemente era René.

Deambulaba en libertad por la casa. Y un día, al volver de pasear, René no aparecía por ningún lado. Descubrimos que el balcón había quedado abierto, y empezamos a temer que hubiera salido por la rendija. Y así había sido. René estaba en la calle, bajo un coche, y a consecuencia de la caída un pedazo de su caparazón se había abierto. No estaba muerto/a, pero sí malherido/a y tuvo que llevar durante unos días un vendaje alrededor del caparazón. Años después, un invierno, René, que hibernaba bajo un sofá, no volvió a aparecer.

Esta era la versión de la historia que yo recordaba hasta la semana pasada. Mi padre me confesó que René murió poco después de la caída. Yo había modificado mis recuerdos para que sobreviviera unos años más. Y, al final, hice que se esfumara, imaginando que mis padres se habían desecho del cuerpo. Un recuerdo limpio e indoloro.

Una amiga me confesó un caso similar. Con 3 años, ella y toda su familia sufrieron un aparatoso accidente de automóvil, con heridas de diferente gravedad que tardaron meses en curar. Ella, la única que salió ilesa, recordaba al detalle haber ido a visitarles al hospital. Algo que nunca ocurrió. Quien sabe por qué, ella recordaba una historia alternativa en la que participaba activamente acompañando a la familia en su convalecencia.

La memoria cambia, se adapta y se recrea. Las emociones rellenan los huecos, anulan recuerdos y los sustituyen con invenciones más convenientes. Y a día de hoy, los juzgados de todo el mundo siguen reclamando testigos para que rememoren acontecimientos sucedidos hace meses, cuando no años. Y en base a dichos recuerdos se deciden a diario culpabilidades e inocencias.