CHISTES – Los límites del humor

Berto Romero

Esta semana se han oído de nuevo a personas ofendidas por el trabajo de humoristas. En Catalunya, a raíz del guión de la gala de los Premis Gaudí, políticos molestos por las puyas escritas contra ellos en forma de chiste. En toda España, clamor contra los chascarrillos de los guiñoles franceses sobre el caso Contador.

Vuelve la pregunta: ¿Tiene límites el humor? ¿Y si es así, quien los marca? Frecuentemente se citan el sentido común y la calidad de la broma como las dos variables básicas para valorarla. Pero la más importante de todas las consideraciones es el contexto en que se produce, la madurez de la sociedad en que se manifiesta. Porque el humor es una muestra de inteligencia, ya que obliga a distanciarse de la realidad y cambiar el punto de vista sobre ella. Los humoristas no hacen nada más que decir en voz alta lo que la gente piensa, de manera que la incomodidad no es consecuencia de su trabajo, sino síntoma de la debilidad de la mente que se irrita.

Los anglosajones nos dan sopas con ondas en cuanto a madurez en el trato a los humoristas. Aquí a los cómicos nos pasa como a los países del tercer mundo. Vemos por la tele lo que tienen en las naciones más ricas e intentamos imitarles. Nos fascina su libertad y el respeto con que se les trata. Pero la nuestra no es tierra de bufones.

El bufón medieval no es invento español. Existieron en menor medida que en otros países de Europa, y siempre se les miró con recelo, desprecio y desconfianza. Somos más de tomatazo y echar al payaso al río. En cada bar hay  cincuenta parroquianos que se consideran el rey de la comedia. Y nos encanta reírnos sí, pero de otro. Si se ríen de nosotros sacamos la vara. Somos más de crítica que de autocrítica. Tenemos cada vez la piel más fina, y usamos cada día más papel de fumar para cogérnosla.

Pero sobre todo este asunto plana la sospecha de que mientras se dirige la atención sobre el gracioso se evita concentrarse en la pérdida diaria de libertades y derechos. Y eso sí que no tiene gracia. Igual que esta columna de hoy, cosa imperdonable para un cómico, por otra parte. Para enmendarlo, recurramos pues a un clásico: pedo