HOLANDA – Paraíso social en decadencia

Marta Nebot

Todos los jóvenes progres de este país, que pudimos, hicimos un viaje iniciático a Ámsterdam, en muchos casos con el beneplácito de nuestros progres padres. Íbamos allí a sentirnos mayores  fumando porros legalmente en los coffee-shops, yendo al barrio Rosa a ver a las prostitutas con seguridad social en sus vidrieras, conociendo parejas homosexuales con hijos adoptados y sabiéndonos en la tierra donde la gente se muere cuando y cómo quiera. Aquello era como pisar la tierra prometida -un paraíso social al que aspirar en muchos sentidos-, además, de un fin de semana de juerga. Hacía que se entendiera porque merecía la pena que España aspirara a  ser cada vez más europea.

Ahora el nuevo gobierno de coalición de derechas holandés va a cerrar el grifo al “turismo de la droga” porque “es demasiado”. Los extranjeros ya no podremos entrar en los coffee-shops. El costo holandés para los holandeses. Vamos, que Holanda da a Europa un poco de su propia medicina y, esta semana, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha avalado esta discriminación, a pesar de ir en contra de la supuesta igualdad de derechos de todos los ciudadanos europeos,  por el bien de “el orden público”.

Los dueños de estos establecimientos claman al cielo. Nunca lo han tenido fácil. Aunque no se salgan de la legalidad si consiguen una licencia (de 1200 han pasado a 700), tienen que delinquir para obtener la mercancía cuya producción y comercialización allí también está perseguida. Según sus declaraciones a la BBC, la mayoría parlamentaria que hubiera terminado con este sinsentido legal se ha dado cuatro veces y, sin embargo, los gobiernos holandeses no han planteado las leyes al respecto por presiones de Estados Unidos y su campaña mundial antidroga. No sabemos si estos señores son amigos de Julian Assange ni si el Cablegate confirmará su teoría. Lo que sí sabemos es que a los paraísos fiscales no  les meten mano, por más que se anunciara lo contrario, mientras que a los paraísos sociales les va peor. Los poderosos conservan sus cuestionables refugios, a pesar de ser los culpables de la situación, mientras los de la clase media cierran por overbooking. Eso no les pasa a los ricos porque no son tantos.