Para el bote

Siempre discutiendo y queriendo arrollar a los de su mismo partido (ayer, Gallardón; hoy, Rajoy), incapaz de administrar ni su propia casa, ya que ella misma confiesa que le cuesta llegar a fin de mes, arruinando la Sanidad pública y la misma salud de los ciudadanos, descuidando hasta la inhumanidad los servicios sociales (desde la vivienda protegida, hasta la Ley de Dependencia), manipuladora récord de la televisión pública, amiga de personajes extranjeros oscuros e incluso siniestros. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a esa desesperanzadora Aguirre, cuyos corruptos orígenes, que la hacen verdadera presidenta por ‘accidente’ de tránsfugas, nunca podremos olvidar?

ALEJANDRA BREA ROMERO MADRID

Pues me parece que la respuesta es obvia, Alejandra: hasta que les dé la gana a los madrileños de no votarla. A mí me ha sorprendido la última decisión de la Aguirre, el convenio firmado entre la Comunidad de Madrid y el Arzobispado regional, que incorpora a un cura a los comités de ética asistencial de los hospitales públicos. El hecho de que los hospitales tengan curas ya me escandaliza, sobre todo porque los pagamos con nuestros impuestos (más de 700.000 euros al año en sueldos sacerdotales sólo en la Sanidad madrileña). Si alguna vez (Dios no lo quiera) me hospitalizan, lo último que necesitaría sería un cura, por favor: ¿no es más terapéutica la presencia, a la cabecera de la cama del enfermo, de un payaso, un rapsoda, un prestidigitador, una bailarina de estriptís o un conjunto de mariachis? Que me canten Las mañanitas o me reciten a Garcilaso, mientras una mujer se desnuda despacio y así exhalo mi último aliento sin perder la sonrisa.

Hay quien cree que se muere y hay quien prefiere creer que no se muere de verdad. Un cura, por definición, es un tipo que cree que la gente en realidad no se muere; que, después de soportar el dolor, continúa la juerga en otro sitio, como si hubiera siempre un próximo bar abierto. Yo he sido bastante trasnochador y he aprendido a resignarme: llega un momento en que hay que retirarse y ya no podemos tomar la penúltima en ningún otro lugar. A lo más que aspiro es a salir con la cabeza muy alta y dejando propina. Que se quede la vida con el cambio, y que los parroquianos y seres queridos aplaudan y griten: “¡Booote!”.

Uno de esos borrachos tenaces, incapaz de creer que esto se acaba de verdad y convencido de que algún sitio habrá abierto todavía, donde resucitaremos tan campantes, ¿qué rayos pinta en un comité de ética para asesorar sobre cuidados paliativos a un ateo como yo, convencido de que, cuando me muera, me moriré de verdad? La última copa, ¿nos la tenemos que tomar a la fuerza con el tipo más pelmazo y aburrido de la barra?