Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

Con ella hemos dado

30 Jun 2008
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Desde 1768 el Gobierno español ha incautado bienes a la Iglesia: tierras a los jesuitas tras su expulsión, hospicios, casas de misericordia. Hoy las izquierdas disfrutan amenazando su financiación aunque sin dejar de codiciar sus propiedades. El tripartito catalán buscaba socializar los bienes eclesiales en Gerona, pero no han faltado iniciativas similares en Córdoba, León o Barcelona. Pretensiones que sólo han detenido por respuesta la protesta ciudadana. La petición más audaz corre a cargo del arquitecto Oriol Bohigas, que proyectaba convertir la Sagrada Familia barcelonesa en vestíbulo de la estación del AVE. Pero la Iglesia nació pobre y sólo la necesidad de agrupar a fieles o religiosos hace imprescindible un techo físico donde cobijarse. Su verdadera riqueza radica en Jesucristo, pan eucarístico para las almas y perdonador de las mayores culpas, siempre disponible en los sagrarios de cada iglesia.

CRISTINA TÉLLEZ BARCELONA

Sí, bueno, es verdad: la Iglesia nació pobre. Al Capone también. En la tarjeta de visita del famoso delincuente decía: vendedor de antigüedades. La Iglesia también dice ser una organización espiritual y dedicada al negocio de la salvación de las almas. Nadie amenaza la financiación de la Iglesia, pues sus fieles pueden financiarla cuanto deseen. O bien no hay muchos fieles, o bien no aflojan la mosca, y es la Iglesia la que reclama dinero a todos los demás, a cambio (como en Chicago) de la protección espiritual que ofrece a quien no la necesita y para defenderle de peligros que ella misma crea.

¿Los bienes de la Iglesia? Lo que han intentado hacer (bien es verdad que sin mucho éxito ni muchas ganas) los gobiernos españoles es devolver los bienes en poder de la Iglesia a su legítimo propietario: el pueblo español.

Imagino que al mencionar 1768 hace usted alusión a Pablo de Olavide y su proyecto de reforma agraria, para el que contaba con la venta de tierra del Estado (parte de la cual procedía de los jesuitas expulsados). Que Olavide era uno de los hombres más imaginativos de su época lo prueba el proceso que la Inquisición llevó a cabo contra él: le acusaron nada menos que de mantener ciento sesenta y seis proposiciones heréticas. ¡Qué tío, ahí queda eso! Con humildad le confesaré mi envidia: en mis mejores momentos, incluso con abundante auxilio del whisky, nunca paso de las dos docenas. Según Menéndez Pelayo, sólo le probaron sesenta y seis (afirmar que la Tierra gira y otras sandeces), y fue condenado al destierro. Consiguió escapar a Francia, donde frecuentó tan malas compañías como Voltaire, Diderot o D’Alembert, y se entusiasmó con la Revolución (hasta que el Terror le hizo dar marcha atrás, cosa no infrecuente en los intelectuales).