Carta con respuesta

No se vende

Veo que su periódico es uno de los pocos que no califica a Carmen Cervera erróneamente como baronesa Thyssen. Carmen Cervera, presidenta de la Fundación Thyssen, dejó de ser baronesa a la muerte de su marido, en abril de 2002. El barón Thyssen actual es Georg Henrich, hijo del difunto marido de Carmen Cervera.

JOSÉ DE ZUBELDIA, Madrid

Pues ya ve usted que no, que incluso en la portada la llamamos baronesa. Por mi parte, pensaba que era un apodo o remoquete, no sé, igual que se llamaba a Pérez Prado el rey del mambo o a Duke Ellington duque. Además, ¿a quién le importa? En mi ingenuidad estaba convencido de que, después de la revolución francesa, tras haber guillotinado al rey, esas pamplinas habían pasado a mejor vida. En mi opinión, cualquiera puede hacerse llamar conde, marqués o barón, si es que semejante bobada le apetece. Incluida Carmen Cervera. No veo mucha diferencia entre llamar a Carmen Cervera baronesa o llamar a José María Aznar Chema.

Por otro lado, si yo emparentara algún día (¡Dios lo impida!) con una familia como los Thyssen, intentaría que nadie lo notara, por favor. Como ha explicado David Litchfield, "la inmoralidad ha sido un rasgo común en los Thyssen". Así lo demuestra el periodista inglés a lo largo de 600 páginas (La historia secreta de los Thyssen) que detallan el entusiasta apoyo a Hitler y su III Reich; la filantrópica actividad de sus empresas, que construyeron maquinaria de guerra y campos de prisioneros; la matanza de unos 200 judíos que organizaron por pura diversión, como espectacular fin de fiesta en su castillo, etc. Luego, el padre de Heini se casó con una Bornemisza para agenciarse el título de barón y, de paso, convertirse en húngaro, para ocultar en lo posible su pasado de nazi alemán. Heini, el que sí era barón, el marido de la española, se pasó la II guerra mundial comiendo caviar y bebiendo champagne. Según él, la única incomodidad que sufrió fue que cortaron la carretera a Saint Moritz. "Supo que la guerra había terminado porque pudieron volver a Saint Moritz", explica Litchfield. Un gran tipo el tal Heini, un filántropo, un tío sensible, un hombre interesado en la cultura y el arte.

Decía Balzac que detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen. Por lo menos uno: lo habitual es que sean muchos. El dinero acuñado con el sufrimiento de los demás les sirve para comprar respetabilidad, exquisitas colecciones de pintura, títulos nobiliarios, fundaciones de ayuda a los necesitados. ¿Sabe lo que creo? Que es culpa nuestra. ¿Por qué se la vendemos? ¿Por qué los respetamos? ¿Por qué no decimos la verdad, es decir, que todos esos menguados con títulos no son más que una pandilla de mangantes sin escrúpulos?

RAFAEL REIG