Pato confinado

Houston, tenemos un bocata: ¿qué comen los astronautas?

Comida espacial. NASA.
Comida espacial. NASA

Un pequeño sorbo para el hombre, un menú de millones de estrellas para la humanidad…

Desde el descubrimiento del fuego y la invención de la primera sopa en aquella caverna sitiada por hienas gigantes, sin duda, uno de los mayores hitos alimentarios ha sido la primera cena que tuvo lugar en el espacio.

Imaginémoslo... Colgados allí arriba, en ese lugar que solo podemos definir como el afuera totalitario, la hostilidad infinita, el esperma radioactivo del Big Bang, sin oxígeno, sometidos los astronautas a un fenómeno psicológico curioso que llaman el efecto overview (o vista panorámica, una sensación casi mística al ver la Tierra desde el exterior), y con unas migas de pan que, flotando en el entorno ingrávido, pueden expandirse cual meteoritos, provocando cortocircuitos en la cabina, haciendo fracasar la misión...

Houston, tenemos un bocata.

La comida terráquea no puede ser llevada al espacio. No al menos como la concebimos aquí abajo. Cocinar un cocido madrileño en la Estación Espacial Internacional sería el caos galáctico, despertar, en el exiguo cubículo que separa el oxígeno del hidrógeno, al estofado de la muerte.

Tanto soviéticos como estadounidenses tuvieron que ingeniárselas en los inicios de la carrera espacial. Los primeros menús fueron en tubos metálicos. Comida triturada. Potitos de explorador. Confusión en el momento de lavarse los dientes. Nada apetitoso. Muchos astronautas regresaron a la Tierra delgados.

El ruso Yuri Gagarin, a bordo del Vostok 1, en 1961, fue el fundador de estos bocados espaciales. La primera comida espacial fue pasta de carne de vaca y salsa de chocolate, todo en tubo metálico.

Un año más tarde, John Glenn se convirtió en el primer estadounidense en comer más allá de la jurisdicción de los inspectores de la guía Michelin. El mismo procedimiento a bordo del Friendship 7: tragó un puré de manzana, de carne y verduras, en sendos tubos. De postre bebió unas tabletas de azúcar disueltas en agua.

Glenn, que estuvo a punto de convertirse en un pollo asado, "calcinado y crujiente", según dijo, al cruzar la atmósfera terrestre, consideró que la comida había resultado fácil (fue de los primeros en realizar experimentos para confirmar que deglutir tiene más que ver con los músculos de la faringe y el esófago que con la acción de la gravedad), pero se quejó de lo limitado que era el menú celeste. Entonces tenían que comer con el casco puesto.

Las recetas, aunque suenen bien escritas en la carta, consistían en cubitos hipercalóricos, concentrados, pastas de textura extraterrestre. Tuvieron que pasar muchas misiones para que los sueños de un menú decente se vieran cumplidos en el espacio.

Un sándwich de contrabando

Quizá la historia más sorprendente de estos pioneros sea la que protagonizaron dos forajidos de leyenda: John Young y Gus Grissom, de la misión Gemini de la NASA, en 1965. Desobedeciendo toda orden, se llevaron de estraperlo un sándwich al espacio. La broma pudo haber provocado un desastre cómico-cósmico, pues, al darle un único mordisco, las migas empezaron a extenderse por la cabina, amenazando la misión. La furia se desató en Houston, junto a una comisión de investigación en el Congreso de los Estados Unidos, y eso que habían superado por fin a los rusos, ironizó Young: eran los primeros en poner un sándwich en órbita. Desde entonces el pan está prohibido en el espacio. Se evita todo alimento que suelte desperdicios en microgravedad (incluidos la sal, la pimienta o las especias).

La primera comida lunar, después de que Neil Armstrong diera su famoso paso, consistió en unos cuadraditos de beicon liofilizado. Por suerte para los exploradores, las cosas han cambiado bastante desde entonces.

Comida de astronautas.
Fresas deshidratadas para astronautas. Foto: Savant-fou. Creative Commons.

La NASA empezó a diseñar barras de frutas y snacks que no se desintegran. Se decidió deshidratar los alimentos o liofilizarlos, con instrucciones para cocinarlos luego en el espacio. Aparecieron los primeros menús ruso-americanos, la incipiente cocina de fusión espacial. Los navegantes pudieron comer sin casco (un gran alivio galáctico si no eres Darth Vader). Las naves tenían agua caliente y cucharas, y los alimentos llegarían empaquetados en sobres de aluminio y polímero, imitando, con mayor o menor acierto, las recetas terráqueas.

Pronto pudo haber huevos revueltos, gambas con salsa, pollo al curry, pudín de arroz con pasas, hasta langosta… Se realizaron experimentos de cocina como en la misión Skylab (1973). Se eliminaron los patógenos y bacterias por radiación ionizante (un controvertido sistema de conservación en la Tierra). Las agencias espaciales habían comprendido, viendo el desgaste inicial de los astronautas, que la comida no era solo importante a nivel nutricional o práctico, sino también por su impacto psicológico (trauma que pudo motivar aquel caso del primer sándwich de contrabando).

"La comida juega un papel social y psicológico crítico durante la estadía de un astronauta en la Estación Espacial Internacional (ISS)", afirman en la web de la NASA. Incluso se plantearon llevar vino a la estratosfera, aunque finalmente se desechó la idea después de que una comisión de expertos determinara que el más indicado era el Jerez.

Nada de alcohol y 300 comidas para elegir

No obstante, como ocurrió con el sándwich, el espacio siguió siendo tierra de cuatreros. En 2007 la NASA tuvo que iniciar otra investigación contra unos astronautas que presuntamente habían bebido alcohol antes del vuelo. Los rusos, en cambio, lo hicieron todo con más descaro, llevándose a veces sus traguitos de vodka en tubos, como en la misión Apollo-Soyuz (aunque estos resultaron ser falsos, ponía vodka pero se trataba de sopa de remolacha, o eso dijeron). Beber una copita antes del vuelo es una tradición desde los tiempos Gagarin, que los estadounidenses, en las misiones compartidas, aceptan a regañadientes.

La ISS puede considerarse hoy el primer restaurante espacial, con alrededor de 300 tipos de comida diferentes, aunque casi todas rehidratadas, termoestabilizadas, o recalentadas. El mediático astronauta Chris Hadfield -quizás lo recuerden por aquel videoclip que hizo flotando, guitarra en mano, con la canción Space Oddity, de Bowie- ha afirmado en varias entrevistas que lo que más echan de menos allí arriba son las frutas y verduras frescas. Los astronautas disponen, aún con todo, de gran selección, dependiendo de "sus gustos y provisiones", según la Agencia Espacial Europea (ESA).

Los menús tienen hoy más cuerpo y sabor, adaptados a la ingravidez, son equilibrados nutricionalmente –nada de beicon, teniendo en cuenta que en el espacio el organismo consume menos energía-, fáciles de digerir- la ausencia de gravedad puede provocar problemas de digestión, reflujo y acidez -, y hasta tienen la posibilidad de solicitar caprichos a demanda en el próximo transbordador.

Además de las migas, está prohibida cualquier comida que implique demasiado peso (nada de paletilla de cordero, el peso medio de la ración es de 4 kilos por persona, según la ESA), y las bebidas carbonatadas, como la Coca-Cola, pues en el espacio las burbujas no se separan de los fluidos.

Tienen comida picante y frutas frescas que son transportadas por naves de reabastecimiento hacia la ISS (cada tres meses, y solo unos pocos kilos, una manzana o naranja por tripulante). Los sistemas de refrigeración (neveras, congeladores) siguen siendo, por cuestiones de espacio, una de las soluciones pendientes en el espacio.

La mayoría de los comestibles están preparados en los EEUU y Rusia. Muchos de los alimentos están termoestabilizados (sistema que también utiliza el ejército o los alpinistas, un método de conservación que permite que los comestibles se parezcan más a lo que digerimos en la Tierra). Sin congeladores, tienen que poder conservarse al menos durante 12 meses. Por otro lado, ya empiezan a cultivarse las primeras lechugas y rábanos en los experimentos de cultivo mediante el uso de leds.

Gracias a estos avances, les es posible celebrar los días señalados, alrededor de la mesa navideña o de Acción de Gracias en microgravedad, con menús de puré de patata, pavo, batatas caramelizadas y postre de arándanos. Los astronautas comparten la fraternal comida en módulos especiales, y disfrutan de pequeños obsequios, con recetas nacionales, que les recuerdan a las tradiciones lejanas.

Los japoneses, por ejemplo, pueden degustar su apreciado ramen (fueron los primeros fideos instantáneos que se comieron allende los cielos). Los estadounidenses tienen su hamburguesa sobre tortita voladora. Los rusos, latas de cordero que recuerdan en su aspecto a las nuestras de callos. Los chinos llevan recetas populares de cerdo y, según publicó The Telegraph en 2010, sus primeros viajeros comieron carne de perro para mantenerse fuertes en órbita. Hay kimchi coreano y hasta fórmulas árabes. Pollo con ciruelas, zumo de manzana, macarrones con queso, perca, o sopa campesina. El chocolate ha sido uno de los productos más solicitados a lo largo de todas las misiones, y el piloto Michael W. Melvill fue el primero en jugar con unos coloridos M&M’s en gravedad cero, soltándolos, como en una fantasía infantil, por la cabina.

Las tortitas se han convertido en el pan espacial por antonomasia desde que un miembro de la misión Atlantis, el mexicano Rodolfo Neri Vela, solicitara incluirlas en 1985. Las usan hoy para burritos y bocadillos, como desayuno o comida principal.

La primera pizza del espacio

La primera pizza espacial llegó a la ISS a bordo de una nave de transporte en 2001, y fue, claro está, recalentada. El primer café espresso auténtico no pudo ser degustado hasta 2015, de la mano de una publicitaria alianza entre una conocida empresa cafetera y otra de ingeniería.

Crearon el ISSPresso, la única máquina de café que funciona con gravedad cero (replica la presión del agua de una máquina terrestre). Fue estrenada por la astronauta italiana de la ESA, Samantha Cristoforetti, en la ISS. Las primeras galletas horneadas han sido de este mismo año: lograron cocinarlas en dos horas- cuando el tiempo de cocción terrestre es mucho menor- y llevaban pepitas de chocolate, en un horno diseñado para la ocasión. Pero no las comieron a bordo, sino que fueron enviadas a la Tierra para analizarlas.

Con la vista puesta en las futuras colonias de la Luna o Marte, la NASA dispone de su propio departamento de innovación, Space Food Systems, para desarrollar menús que tienen en cuenta que las misiones son cada vez más largas (unos seis meses en la ISS). Su objetivo es que los alimentos no solo sean de alta calidad nutricional, sino además "apetitosos", afirman en su web, y eso en un entorno en el que a veces cambia hasta el sentido del gusto, al alterarse las pupilas gustativas por la ingravidez.

Las actuales comidas, como no podía ser de otro modo, normalmente consisten en ir abriendo con tijeras sobrecitos de color plateado mientras la tortita, también en órbita, parece intentar escaparse dando círculos sobre sí misma.

Comer es una especie de yincana en la que debes estar atento hacia dónde se dirigen los ingredientes una vez liberados, y cazarlos al vuelo. Por eso la mayoría prefiere no hacer mezclas, comer cada elemento por separado, tal como salen del sobre. Nada de arroz con langostinos.

Cuando se decantan por bocadillos, en el pan se añade alguna pasta o una sustancia contundente (como crema de guisantes y arroz) que ayude a sujetar, por ejemplo, los trozos de filete (lo llaman superficie de tensión). Después le añaden salsa de tabasco, se enrolla, y ya tienen montado su flotante burrito espacial.

Se han tenido que diseñar velcros e imanes para las bandejas, maletas de la cubertería, o sobres de comida. Así los sujetan en las paredes y se facilitan las operaciones. De este modo hoy pueden hacerse con una ensalada de quinoa con tomates secos, atún y crema de puerros (con los ingredientes, eso sí, algo pastosos y firmes para lograrlo). Empresas privadas como Bake in Space están desarrollando un pan espacial (sin migas) que pueda cocinarse en las futuras misiones a la Luna y Marte.

Seguro que éste será otro gran paso para la humanidad en uno de los campos de investigación que más evolucionará en las próximas décadas, teniendo en cuenta que la nueva carrera espacial está ahora principalmente en manos privadas. Es difícil imaginar un pack turístico (y carísimo) a la Luna sin la posibilidad de tomarse un buen plato de pasta a la trufa y un vino (Jerez, claro) con vistas a la Tierra.