Opinion · El repartidor de periódicos

Vuelve el primo de Rajoy

No está muy de acuerdo el ABC ni con la prohibición de matricular coches de gasolina y diésel a partir de 2040, ni tampoco con el cierre de nuestras centrales nucleares. «Además de suponer otra ensoñación irrealizable, sería un grave error», nos dice en su editorial sobre el asunto. Paradójicamente, nuestro conservadurismo está empeñado en conservar lo menos posible. De nada sirven las alarmas atmosféricas de las grandes ciudades, la plasticidad nada sorayana de los fondos marinos, Fukushima y tal. Aquí la autoritas medioambiental sigue en manos de aquel primo apócrifo de Rajoy: «Voy a hablar de un primo mío que es catedrático en la Universidad de Sevilla. Entonces, preguntado por este asunto [del cambio climático], dijo: oiga, he traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años? Es un asunto al que hay que estar muy atentos, pero tampoco lo podemos convertir en el gran problema mundial».

Lo mismo piensa La Razón, que nos recuerda que «ningún gobierno tuvo que prohibir la fabricación de los carros tirados por caballos para que el ciudadano descubriera las ventajas del automóvil». Poderoso razonamiento. Yo, de mayor, quiero ser Platón o Marhuenda.

En El Mundo, también se montan en el mismo carro combustible: «El carácter prohibitivo de la ley es una pésima noticia», nos advierten.

Alegan estos medios el revés económico que afrontará España con el cambio. Hay en juego 300.000 puestos de trabajo y nuestra balanza exterior, pues la industria automovilística supone el 10% del PIB y se exporta un 85% de los vehículos que producimos. Quizá por despiste, olvidan añadir que esas exportaciones van casi en su totalidad a países europeos que, incluso antes de esas fechas, ya tendrán prohibida la circulación de este tipo de vehículos. Con lo cual nuestra industria está sí o sí condenada, a no ser que se aclimate, ecológicamente hablando, a los nuevos vientos de popa. Igual tenemos que repatriar a unos cuantos jóvenes científicos e ingenieros españoles desde los McDonalds londinenses. Con el mismo sueldo, por supuesto.

Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que España fue primera potencia mundial en desarrollo y comercialización de energías renovables. Después vinieron el impuesto al sol y otras sugerencias del Ibex 35 que acabaron con esta industria. La Razón lo explica así: «Como ocurrió con las energías renovables en el ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, ni la técnica estaba suficientemente desarrollada ni era posible actuar al margen del resto del mundo». Olvidan añadir que la justicia europea aun estudia las demandas de un montón de empresas extranjeras que invirtieron entonces en renovables de nuestro país, y que mantienen demandas milmillonarias contra España por haberlos arruinado al cambiar las reglas del juego a mitad de la inversión durante la etapa de Rajoy. Según algunos expertos, estas denuncias nos pueden costar entre 5.000 y 15.000 millones de euros si prosperan. Y prosperarán.

En el aspecto ecológico, el conservadurismo siempre ha optado por la inacción mariana. Por tocar la lira del Marca mientras arde Roma. Por el primo negacionista de Rajoy. Es curioso que, mientras la tecnología va revolucionando nuestra forma de vivir cada seis meses, los coches convencionales de hoy sean tan parecidos a los que conducíamos hace 25 años. Y los tractores. Y los camiones. Recordaba estos días Raúl del Pozo lo que le costó al PP reconocer las bondades del AVE. «El Rapidillo de Sevilla», le llamaba jocosamente el siniestro humorista José María Aznar al tren inaugurado en 1992.

El conservadurismo consiste en negar para conservar, pero no la naturaleza y la vida, sino ciertos negocios y privilegios. La avaricia ni siquiera piensa en el futuro de sus propios hijos, que dentro de pocos años tendrán que vivir enfundados en escafandras de Lacoste. Así de saturnal es. Da igual que tengamos enfrente las nebulosas imágenes cotidianas de la ciudad de Tokio, de tantas ciudades donde ya es necesario caminar con mascarilla. El español que no va en coche hasta la puerta de la plaza de toros no es español ni mucho español. Putos ecologistas.