El repartidor de periódicos

Casado y los dinosaurios

Nuestros viejos periódicos de la derecha andan todavía estupefactos observando los desperfectos que ha dejado el tsunami  Bárcenas en los idílicos paisajes que solían habitar. Les suele pasar habitualmente en los últimos tiempos. Primeramente se les vinieron encima todos los bustos conmemorativos a Juan Carlos I que gustaban de colgar en sus salones, y hubo que hacer una reforma exprés de la historia de nuestra santa transición y colocar otros millardos de bustos del nuevo y relustrado Felipe VI, a quién habrá que fabularle un pasado heroico más temprano que tarde.

Ahora que se les derrumba el mito del partido de Estado desde su fundación hasta anteayer, se sienten como esos náufragos agarrados a una tabla que ellos tirotearían si los vieran ahogarse frente a cualquier playa del Tarajal.

En La Razón, sus editorialistas son capaces de marcarse una extensa pieza sobre las perspectivas de la derecha ante las elecciones catalanas sin citar para nada a Luis Bárcenas. Las nuevas revelaciones del extesorero, y su aparente decisión de tirar de la manta, son ajenas al interés del electorado. Lo que se calla no existe. Son como los niños chicos que cierran los ojos pensando que así ahuyentarán el terror.

En El Mundo, siempre más imaginativos, sacan en portada a Pablo Casado sosteniendo un revoltoso cerdito encima de la información sobre Bárcenas y su escrito a Anticorrupción. Lo del cerdito puede esconder su metáfora. Porque las cajas en B que teníamos en nuestra infancia solían estar depositadas en cerditos hucha. También vale como premonición de que a cada porco lle chega o seu san Martiño, que decimos en Galicia esperando el día de matanza. Y también se puede interpretar como evidencia de que a Casado le han dejado un guarrazo entre manos: algunos ya apuntan la necesidad de refundar el partido, y esconder sus siglas y su historia como ya hizo Convergència.

El Mundo ya habla sin tapujos de "los manejos del marianismo", de "las prácticas corruptas de la etapa anterior", dándose cuenta de repente de que en este garito se juega, en plan capitán Renault en Casablanca. "El PP de Casado no es el de Rajoy", insisten como San Pedro negando a Cristo por tercera vez, y conminan al joven presidente popular a "llevar hasta sus últimas consecuencias el compromiso con la regeneración". Olvidan quizá que Casado dirigió hace una década el gabinete del ex presidente José María Aznar, fue portavoz de campaña en las elecciones autonómicas y municipales de 2015 y, ese mismo año, Eme Punto Rajoy lo aupó a la vicesecretaría general de Comunicación. O sea, que Casado lleva enlodado en el cogollo del meollo popular desde antes de que le despuntara la borbónica barba que hoy nos luce.

Dado que no es precisamente la imaginación --salvo la contable-- el gran fuerte de nuestra derecha, ahora toca cargar contra el mensajero. Con Juan Carlos, era la pataleta de la amante despechada la que enturbiaba la transparencia de la Corona. Ahora toca repetir que "Luis Bárcenas es un delincuente [...] y merece poco crédito a estas alturas", como resume en El Mundo de hoy el columnista Rafael Moyano.

A la derecha española le empiezan a faltar mitos limpios sobre los que labrar cualquier leyenda. Parece una pinacoteca en la que han dejado entrar a una docena de niños con rotuladores. Ahora saldrán a la luz víctimas ofendidas de la ETA, excéntricos escándalos de Podemos en plan la funcionaria de nivel 30 que mece la cuna, una pizca de salazón venezolano para poner ritmo caribeño a las impostadas dignidades y quizá un par de marchas de curas antiabortistas y de padres que ven el castellano amenazado. Pero cuando el pepero despierte mañana, los dinosaurios de Bárcenas y Villarejo seguirán ahí.