Rosas y espinas

Belén Esteban y el bochorno gay

Ha sido aparecer Belén Esteban desnuda bajo la bandera transparente del orgullo gay, y todos mis amigos gais y lesbianas han vuelto a meterse en el armario. Instantáneo. La culpa la ha tenido la revista Interviú, que saca a la musa del arrabal catódico en portada sobre estas declaraciones: "Los gais siempre me han querido, estoy para lo que necesiten".

Los gais y lesbianas, que son tan redichos y sensibles como cualquiera, han respondido enseguida que no necesitan a Belén Esteban para nada. Utilizando la expresión más popular de la siliconada diva, han venido a decirle a la Esteban que se puede meter su solidaridad de pago en el potorro.

Lo peor de la telebasura no es que cree monstruos de silicona, bótox y potorro. Lo grave es que esos monstruos se arrogan la representatividad de un colectivo, de un sexo, de un gremio o de un pueblo entero, en cuanto te descuidas.

Es un mal nacional este de autoproclamarse profeta de algo o elegido de alguien. De hecho, vivimos en un país cuyo presidente se ungió de divinidad en campaña prometiendo que iba a gobernar "como Dios manda". Gobernados por Dios, como dice Rajoy que estamos, no es de extrañar que nuestra prima de riesgo tenga esta pertinaz propensión a elevarse hacia el Altísimo.

Proponer a Belén Esteban como profeta del colectivo gay es como celebrar el centenario de Cervantes con un discurso de la cuentista infantil Ana Botella. O el Día Mundial de la Arquitectura con una oda a Paco el Pocero. O el Día de las Fuerzas Armadas con el bien armado pornoartista Nacho Vidal. Un despropósito.

A Alberto Pozas, director de Interviú y muy buen periodista contra ETA, le ha fallado esta vez el instinto. Y por exceso, que es peor. Ha pagado un pastizal por un desnudo de Belén Esteban y ha querido dorarlo en dignidad periodística, para hacerlo noticiable y desguarrarlo, con la banderita translúcida del orgullo gay. Traspasaba Alberto así, y es excepción en él, la delgada línea roja de la manipulación. Y los gais, las lesbianas y los bisex se han cabreado, como es natural.

Pero es que, en estos tiempos de feminismo y follamigos, es difícil justificar el desnudo hebdomadario de Interviú. El desnudo de portada de Interviú es, hoy, solo canto de cisne de una antigua nostalgia, y los más jóvenes ni siquiera atisbarán de qué coño estoy hablando.

Cuando nació en 1976, Interviú nos enseñó los cuerpos desnudos de Victoria Abril y Victoria Vera, entre otras, y no era casualidad que muchas de aquellas chicas destapadas se llamasen Victoria. Porque aquellos culos suyos no se estaban exhibiendo, estaban sentando sus reales libertarias sobre el rostro muriente, pudibundo, hipócrita y amojamado del franquismo. Aquellos coños no se estaban prostituyendo, estaban pariendo en España la igualdad, la fraternidad, la libertad y la democracia, quizá hasta por ese orden. Estaban, incluso, haciendo feminismo.

Los chavales de entonces barruntábamos toda esta carga ideológica en aquellos despelotes edénicos, y por eso jamás usábamos el Interviú para los pecados. Para los pecados se utilizaba el Playboy. El Playboy sacaba guarras e Interviú sacaba revolucionarias, y a una revolucionaria no se la ensucia nunca, chavalito, por muy en bolas que te la encuentres. El Playboy era pornografía, Interviú era iconografía. Era la libertad de Delacroix guiando al pueblo, que no por casualidad también enseña la teta.

Ahora manoseo con desgana este último número de mi querida Interviú, con Belén Esteban desenorgulleciendo al colectivo gay en portada. Perdóname, compañero Alberto, pero a pesar del bochorno de esta tarde he decidido que voy a encender mi chimenea de Pepe Carvalho. Por orgullo gay y hetero. Por mis novias platónicas de adolescente couché. Por devastadora nostalgia.