Rosas y espinas

Los miedos

Pablo Casado en una granja de cerdos durante un acto del PP en 2021.- EFE / ARCHIVO
Pablo Casado en una granja de cerdos durante un acto del PP en 2021.- EFE / ARCHIVO

Dicen que el miedo es libre, pero a mí me da la impresión de que no existe libertad para quien vive con miedo. Yo llevo aterrado ya un buen tiempo. Escucho las radios y solo me llegan publicidades aterradoras. Está claro, según los anuncios, que me van a okupar la casa gentes que no son inmatriculadores de la iglesia, y por tanto debo de contratar a securitas direct. Y también hacerme socio de no sé cuantos bufetes de abogados, para que descubran qué vecino me raya subrepticiamente el coche en el garaje, o quién me está pirateando la wifi. Por cierto, ¿por qué no encuentro publicidad de bufetes que te defiendan contra desahucios, abusos policiales o del ataque zombie de los Abogados Cristianos?

Por descontado (nunca mejor dicho), siento el mismo temor hitchcockiano que cualquiera de vosotros cada vez que llegan los recibos de la luz, del agua, una carta del banco, una notificación judicial. También, por supuesto, está la puta covid, que se me ha llevado a varios amigos. Razones para tener miedo no nos faltan a nadie.

Pero me doy cuenta de que, últimamente, también estoy asumiendo como propios miedos artificiales, de esos que nos inoculan a base de repetición nuestras derechas políticas y mediáticas. Tal estado me lleva a situaciones psicológicas preocupantes, y eso provoca que tenga incluso espanto de mí mismo. Mis percepciones sensoriales se alteran. Sin ir más lejos, confesaré que, últimamente, cada vez que veo a Pablo Casado posando ante una granja de cerdos me dan ganas de filetear a Casado antes que a cualquier tierno cochinillo. Reconozco que mi estado es terminal.

El miedo no es solo una estrategia política, sino también comercial. El miedo es un gran negocio, y ya no solo me refiero a las alarmas y a los abogados. Los planes de pensiones privados, por ejemplo, son un clásico ejemplo del miedo evidente a que tu país, tu patria, te deje tirado en la vejez, por muy patriota que seas: te fías más de tu banco que del Estado: mal rollito. Tinieblas.

Ahora también le tengo mucho espanto al metaverso. Parece ser que será el gran negocio de la década, nos dicen los expertos, por encima incluso de la poesía industrial. El metaverso consiste en que una gran plataforma te vende una realidad virtual en la que creas un personaje imaginario al que puedes comprar armas, belleza, ropa, vehículos despampanantes, una polla como la de Rocco Siffredi y otras lindezas irreales, pero pagadas con dinero real. Después del fascismo, el metaverso creo que es el mejor engañabobos que se ha inventado para acomplejados e infelices: si estás descontento con tu vida y tu identidad, te compras otra. Será un avatar el que cumpla todas tus ambiciones. En la vida real seguirás siendo un paria mal alimentado, mal amado y mal pagado, pero tu avatar puede ganar la batalla y fugarse con la chica si usas con cierta habilidad tu magra tarjeta de crédito. Es triste, y aterrador, pensar que esto está pasando.

El otro día escuchaba en la Ser un programa muy ilustrativo sobre todo esto del metaverso. Con toda naturalidad, presentador y empresario del sector hablaban del negocio de comprarte una identidad virtual, de pagar por ser un héroe de ficción. Y colaban un detalle que me había pasado desapercibido: el avatar que te compres a cachos también arriesga pasta con otros avatares en juegos de azar. Ahora que quizá nuestra sociedad y nuestro fisco van a perseguir un poquito la impunidad de las multinacionales de apuestas, este agujero de ratón para los explotadores de la ludopatía me parece de lo más ingenioso. Y me pavoriza, por supuesto.

De que el terror rojo nos invada por Ucrania ya ni hablamos, que para eso está Teodoro García Egea, que todavía no se ha enterado de que la URSS se ha disuelto y de que Vladimir Putin no es tan marxista como Alberto Garzón, sino un neocapitalista vinculado a casi tantas mafias como el PP.

Tampoco voy a referirme al tongo del festival de Eurovisión, debate estrella en la España de las últimas calendas. O sea, que si ese es el debate, hasta vosotros me dais miedo.