Opinión · Palabra de artivista

Gaypitalismo y repunte de agresiones homófobas

En el espíritu de triunfalismo y victoria que las asociaciones, supuestos activistas y partidos llevan años vendiendo, nadie quiere dar demasiada importancia al repunte de violencia homófoba que estamos viviendo. Es lógico, sería difícil justificar sus suculentas subvenciones, premios –que se dan de unos a otros e incluso a homófobos del PP— y proclamas de activismo desde sus cómodos despachos y cuentas de twitter.

Son los tiempos del gaypitalismo. Llevo décadas denunciando esta deriva burguesa, capitalista y de derechas que vive la comunidad. Perdón, esa élite privilegiada de la comunidad que yo llamo oligayrquia y que se ha hecho rica, famosa y soberbia a costa de negar la realidad de nuestra comunidad y nuestra lucha. Porque el grueso de nuestra comunidad sigue viviendo la homofobia, en estos tiempos encima es la homofobia sigilosa que se invisibiliza y niega para tildar a la víctima de paranoico, mientras un grupo de corruptos que se ha vendido al patriarcado vive entre honores, loas y privilegios. Por supuesto, la consecuencia directa de este engaño es declarar que la homofobia ha desaparecido, que ya estamos en todas partes y somos respetados –refiriéndose a cuatro famosos y cinco directivos, claro–, que incluso estamos recibiendo privilegios y trato de favor que discrimina a los pobres heterosexuales (un argumento repulsivo muy usado por los cristofascistas y la caverna mediática para presentarnos como los nuevos judíos a los que odiar).

Frente a este escandaloso paradigma construido por el gaypitalismo y sus asociaciones y supuestos activistas, la única defensa ha sido denunciar a sus amigos y colaboradores cuando la ineptitud es demasiado bochornosa. El victimismo ha sido la principal arma utilizada para esconder su inacción y complicidad con el sistema que nos sigue machacando. Actos tardíos y vacuos que recuerdan que la homofobia sigue viva —aunque a los que hacen esos pomposos actos ni les roce en su burbuja de privilegios– para justificar sus subvenciones y privilegios. O algún editorial institucional que hable de “nosotros” o aplauda “la efectiva actuación” de tal o cual asociación que ¡le cogió el teléfono a los agredidos! (tuvieron más suerte que yo, más veces que menos se ignoran mis llamadas).

Hasta hace poco era fácil negar las agresiones a los más desfavorecidos, a esa parte de la comunidad —el grueso– pobre, marginada, aislada en el ámbito rural o en pequeñas poblaciones, sin acceso a esa burbuja de privilegios que el capitalismo ha regalado a la élite para que se calle y colabore, convirtiendo nuestra lucha en un lucrativo negocio y a nosotros –si encajamos en el perfil vendible– en un mero sector del mercado, un target como se dice en marketing (esa rama de la explotación humana que tan bien conocen los gays). En la tele veíamos a los gays ejemplares, integrados, famosos, admirables que negaban cualquier homofobia casándose –institución tribal, machista y burguesa donde las haya– con su marido en publicitadas maniobras: el capitalismo es bueno, el capitalismo nos permite reproducir sus esquemas patriarcales, el capitalismo permite a sus “monstruos” dar color a su maquinaria…

Pero ahora las agresiones, la homofobia, la violencia patriarcal, se ha acercado al vientre del gaypitalismo, a su epicentro. Ya tienen lugar en Chueca, ese idílico símbolo del gaypitalismo –que hace años desapareció, como analizaré en mi venidero Adiós, Chueca— que parece no ser inmune a las consecuencias de mentir y esconder nuestra realidad: seguimos siendo víctimas del patriarcado. Y encima ahora no podemos decirlo, porque enseguida se nos tacha de privilegiados.

“Ya tenéis el matrimonio y la adopción, ¿qué más queréis?”, nos gritan iracundos los rencorosos cristofascistas. Y el capitalismo, mientras tanto, sigue haciendo caja con nuestra identidad. Esa que unos pocos se han inventado y que la mayoría ni puede ni quiere vivir: hombre blanco, joven, musculado, bronceado, viajado, pornográficamente sexuado, feliz, inmobiliariamente portentoso, laboralmente encumbrado, clasista, machista, racista… el gay que el capitalismo quiere y acepta. Al igual que la hipócrita y repulsiva Iglesia Católica, en boca de ese retorcido y falso papa Francisco, proclaman aceptarnos y querernos SI somos como ellos nos diseñan: caricaturas imposibles y deshomosexualizadas.

Y en este discurrir las cosas seguirán empeorando. Mientras, las asociaciones y supuestos activistas se reúnen y sacan fotos con los peores homófobos –los que lo ocultan–, con instituciones clasistas, racistas, machistas y homófobas como la monarquía o el PP. Pero es que esa élite tiene mucha hambre de privilegios y de sentirse parte de la oligarquía y está dispuesta a arrastarse a los pies de cualquier verdugo que compre traidores a buen precio (incluso a mal precio).

Da igual que a cuatro chicos les agredan una y otra vez en pleno Chueca, o en las comisarías en las que triunfalmente proclaman haber desplegado una campaña conjunta con esa represora retrofranquista que es Cifuentes, lo importante es que las galas de premios cada vez nos quedan más monas, más glamurosas y las difunden más los medios, hasta los de la caverna…. ¿por qué será?

Por supuesto, aclaro que considero agresión homófoba ese permiso del Tribunal de la Unión Europea para prohibir a los gays donar sangre. Nuestra sangre es buena para adornar las aceras, pero no para sus organizaciones corruptas. Esto no es ninguna novedad. Ya hace décadas que un gay (si declara serlo, que esa es otra) no tiene permitido donar sangre por la homófoba suposición de que los gays, así en general, somos un grupo propenso al HIV ( o sea que si miento y me avergüenzo de quién soy si puedo donar). La Cruz Roja, esa organización que mercantiliza la caridad, ya lleva décadas promoviendo esa discriminación. Así se construye homofobia. Homofobia sigilosa.