Cita en el Ritz

Pablo, las esperanzas cortesanas/ prisiones son do el ambicioso muere/ y donde al más astuto salen canas/ y el que no las limare o las rompiere/ ni el nombre de varón ha merecido/ ni subir al honor que pretendiere. En la televisión episcopal preguntan a la feligresía si les parece bien que Pablo Iglesias se presente en el Hotel Ritz y a los feligreses les parece muy mal, aunque Pablo explica que no ha venido a intervenir el selecto hotel en nombre del pueblo, ni a incautarse de nada, solo a hablar y a dejarse vituperar sin alterarse por un espontáneo que le reprocha haber asesorado a Chávez. Los rojos deberían, así lo piensan los cofrades de la 13, celebrar sus asambleas en catacumbas y cenáculos clandestinos, o en el Ateneo, que vuelve a ser centro de disidencias intelectuales y refugio de radicales irredentos. Pero es que el Ritz ya no es lo que era y dejan entrar a todo el mundo que tenga dinero para pagar la cuenta, y no como en aquellos años dorados en los que el Gran Hotel prohibía el acceso y la pernocta a las mujeres que iban con pantalones y a las gentes de la farándula. Cuentan que tuvieron que cambiar de política cuando la esposa del embajador de Laos (o de Camboya) se presentó ataviada con su traje nacional, pantalón incluido, y que dejaron alojarse a James Stewart porque, además de actor, era oficial del ejército de los Estados Unidos.

Las palabras iniciales de este artículo son una paráfrasis de la célebre Epístola moral a Fabio, un anónimo del siglo XVI que sigue gozando de amargo predicamento en estos días. Pero el carismático líder, mal que le pese, de Podemos no parece estar en riesgo de dejarse seducir por tanto guiño como le llega desde todos los ángulos, y que no suele ser guiño de complicidad sino más bien fruto de esperanzas y ambiciones cortesanas de aspirantes tan sospechosos como el indómito Verstringetorix, caballero sin bandera y con turbios blasones que busca redención y acomodo en las filas de una izquierda a la que un día combatió con denuedo y alevosía. Sic transit gloria mundi y a la vejez viruelas. Resistir el cortejo de los que quieren subirse al caballo ganador y el asedio de los que pretenden descabalgarlos es tarea tan ardua como ingrata sobre todo porque exige esfuerzos suplementarios que podrían afectar a las tareas principales, a los objetivos inaplazables.

En estos días he escuchado alabanzas del 15M por parte de individuos que nunca estuvieron allí y que negaron en su día toda relevancia y oportunidad al movimiento, incluso desde las filas de la izquierda. Aquello no fue la revolución porque yo no estaba allí y yo sí que soy revolucionario. Escuché muchas veces tan peregrinos argumentos por parte de más de un gurú de la radicalidad que se tomó aquello como un acné juvenil, un sarampión de una izquierda que se desmarcaba de consignas y discursos. Las flores de aquel mayo produjeron auténticos ataques de alergia, pero una vez despejadas las pituitarias, después de las elecciones europeas, los posicionamientos varían, a izquierdas y a derechas. No es un juego, en eso coincidimos todos, de la caverna a la catacumba. La irrupción de la plataforma posibilista ha cambiado el paisaje, ha introducido un factor inesperado en las operaciones políticas. Pero también es la hora de los advenedizos, de oportunistas, infiltrados y regeneradores de una opción recién generada a la que no le ha dado tiempo a degenerarse. Tengan paciencia contertulios, Indas y Marhuendas, pero aprendan que, sean como sean las siglas y las denominaciones, hay una nueva conciencia política que ha puesto en singulares aprietos a los partidos y al sistema que los sustenta y del que se sustentan infinidad de parásitos aforados y desaforados.