El low cost vuelve a ser alpargata

      

Una de las expresiones más escuchadas en las últimas semanas, a propósito de la crisis económica, es ésa de que los españoles hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. Es otra forma de decir que la fiesta se ha acabado, pero también hay un tono de regañina en la frase: qué malos sois, en vez de ahorrar os habéis dedicado a gastar, a vivir la buena vida, y por vuestra mala cabeza ahora os veis como os veis.

Lo cierto es que la crisis nos está devolviendo a lo que éramos antes de la fiesta del crecimiento económico y el consumo alegre. Y eso se ve bien estos días de vacaciones. Después de años en que pudimos viajar por el mundo y pasar fines de semana en hoteles con encanto, volvemos a hábitos vacacionales que creíamos ya superados. Estos días, por ejemplo, he vuelto a escuchar esa vieja expresión despectiva de “turismo de alpargata” para referirse a las vacaciones económicas propias de la clase trabajadora, que no es que hubiesen desaparecido, sino que las llamábamos “turismo low cost”, que suena más moderno.

La industria turística se queja de que han caído las pernoctaciones, y sobre todo el gasto por persona. La gente no ha dejado de salir de vacaciones, pero en plan baratito: en vez de chiringuito de playa, nevera con latas y bocadillo, y por la noche a pasear y comer pipas, que es el aperitivo estrella en los tiempos de ajuste. Volvemos también al merendero de fin de semana, al camping y al apartamento prestado donde se mete toda la familia en dos habitaciones.

Y puestos a volver, estamos volviendo también al pueblo. Hace años el destino vacacional de la mayoría de españoles era familiar: la casa de los padres o abuelos, el pueblo vaciado por la emigración y al que todos regresaban en agosto, cuando se celebraba la fiesta del emigrante. Este año muchos han regresado al pueblo para pasar parte de sus vacaciones. La diferencia es que, antes, los que volvían en verano presumían de prosperidad, de lo bien que les iba en la ciudad. Ahora es al revés. Ya veremos cómo afecta eso a nuestra autoestima.