Trabajar cansa

Ric, el tonto de la clase

"La política a veces es muy injusta y muy ingrata, pero cuando uno acepta un cargo sabe lo que lleva aparejado" -María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular- 

           

Todos hemos conocido un Ric Costa en nuestra vida. ¿Lo recuerdan? En el colegio o en el instituto, en la pandilla de los guays siempre había uno, más tonto que el resto, que corría menos y siempre le pillaban. Era el que se comía el marrón del grupo. Participaba de sus trastadas, pero cuando todos escapaban él se quedaba con cara de bobo ante el profesor. Si los listos hacían un simpa en un bar o mangaban algo en el Simago, el encargado siempre agarraba al mismo, y le tocaba pagar. 

Costa creía que era uno de los guays, con su cochazo y su peluco, sus trajes a medida y sus amiguitos del alma. Pero cuando hubo que salir corriendo y esconderse, lo dejaron solo en medio del pasillo, y ahora se arriesga a que le expulsen del instituto. Llora y asegura que él no ha sido, pero el director ya ha llamado a sus padres y se la va a cargar, mientras sus compinches hacen como que no le conocen. 

Supongo que con sus comparecencias lacrimógenas pretende ganar nuestra compasión, ablandarnos. Y si insiste en su pataleo conseguirá que lo veamos como un juguete roto, humanizado por la patada en el culo de sus desleales compañeros. Bajo la jeta de pijo chuleta que hasta ahora veíamos asoma un pobre hombre, el tonto de la clase que un día se creyó especial. Por ahora no nos cae simpático, pero provoca pena, que ya es algo. 

Ya veremos qué camino sigue. Si fuese de verdad un juguete roto tendría un sitio bien remunerado en los programas basura de la tele, donde contar sus penas, y hasta algún editor dispuesto a pagar un anticipo por sus breves memorias políticas. Claro que también puede seguir los pasos de aquellos infelices del colegio: convertirse en un chivato.