Si les gusta el AVE, tenemos más

 

Vaya por delante que me alegro de que el AVE saudí se lo lleven empresas españolas. Nunca he entendido ese patriotismo económico por el que hablamos de “nuestros bancos” y “nuestras empresas”, pero no seré yo hoy el aguafiestas. Tampoco soy de los que se rasgan las vestiduras por hacer negocios con una tiranía. Total, después de venderles tanques, ponerles un tren es lo de menos. Y si hace falta colocar en los vagones pegatinas de “Prohibido mujeres solas”, pues se ponen, que el negocio es el negocio.

Lo que yo me preguntaba es si la exportación de nuestro exitoso AVE puede ser un primer paso para otras exportaciones. Si, como dijo el ministro Blanco, el contrato “demuestra que es un modelo exportable a otros países y mercados”, ¿por qué no les llevamos a los saudíes otros modelos de desarrollo tan nuestros como el AVE? Éramos los campeones de la alta velocidad, y ahora que no tenemos un duro para llevarlo a todas las capitales, seguimos poniendo vías en el desierto. Pues de la misma manera podemos exportar otros restos de la edad de oro, ya que Europa es un cadáver y la salvación está en los petrodólares y los emergentes.

No, no estoy pensando en deportar a los cinco millones de parados, sino en otras joyas que tanto han ayudado a llegar a los cinco millones. Por ejemplo, nuestro modelo urbanístico: como aquí no se pone ya un ladrillo, y no hay plan B, podemos trasplantárselo a los saudíes junto al AVE. Ellos tienen terreno de sobra para unas cuantas Seseñas, o unos miles de pisos de esos que nos sobran.

De paso, en el lote les largamos unos cuantos museos, palacios de congresos y aeropuertos sin aviones, que allí iban a lucir más que aquí, pues no tenemos dinero no ya para darles uso, sino incluso para mantenerlos. Si se dejan, y puesto que por dinero no será, con los trenes, pisos y edificios de autor les podemos colgar también unos pocos bancos de esos con la cartera intoxicada.

Así, poco a poco, nos desprendemos de lastre, y colocamos en su lugar natural todo aquello cuya sola contemplación nos recuerda un tiempo loco en que nos comportamos casi como una petromonarquía.