Orgullo… y prejuicios

Mordieron el polvo los flamencos karatecas y otra vez el sol no se pone en el Imperio. Con pátina de cultura extra sobre la media del columneo, lo glosaba en El Mundo el juglar de fortuna Raúl del Pozo: “Españoles en calzongas repitieron la victoria de otros españoles con cuellos de lechuguillas, con picas y lanzones, en la ciudad holandesa de Breda, contra los rebeldes vestidos de naranja”. Demasiada erudición para La Gaceta, que levantaba su copazo de sol y sombra y al amparo de una bicolor estampada bajo su mancheta bramaba: “Orgullosos de ser españoles”.

No piensen que se calmaba con eso el ardor patriótico. Un editorial pedía que la fecha acompañase en el santoral al 18 de julio, el 12 de octubre o el primero de abril. “11-J, Día del Orgullo Nacional”, se titulaba la pieza, blasonada por puños verbales como este: “La bandera rojigualda, pasto del fuego o de las burlas en recientes aquelarres separatistas y radicales, ha recuperado su sentido primigenio como símbolo de unidad y convivencia, gracias al Mundial”.

Por ahí mismo derrotaba el editorialista de Libertad Digital. “Ojalá la celebración de este tipo de gestas contribuya a que en lo venidero la exhibición de los símbolos nacionales se vuelva más habitual y corriente, especialmente en aquellas regiones donde existe una auténtica represión social y política contra quienes osan manifestarse como españoles”, elevaba sus preces el escribano.

Aquelarre antiespañol

Habrán adivinado por quién y por qué iba ese varazo. Escoció lo suyo la manifestación del sábado en Barcelona, como era incapaz de disimular en la misma zahúrda mediática José García Domínguez: “Había, en fin, mucha gente en ese aquelarre antiespañol, sí. Pero nadie olvide que fuimos muchísimos más los que no participamos en él. Así, la próxima gran exhibición de civismo que ofrezcamos los catalanes tal vez sea ir a la guerra civil”. El que avisa…

Calma, que no se llegará a tanto, gracias a los buenos oficios contables de una empresa de ábacos a la que El Mundo se agarró cual clavo ardiendo: “Menos del 1% de los catalanes asistió a la marcha contra España. 175 fotos aéreas de Lynce prueban que no hubo más de 64.400 personas”, se aliviaba el diario pedrojotiano en la misma primera página dedicada a la exaltación del triunfo balompédico. La Razón se apuntaba a la misma aritmética parda para concluir: “Y es que una cosa son los deseos y otra muy distinta la realidad”. Y tanto.