Opinion · Un paso al frente

Un muerto y dos heridos en la guerra que nunca existió

«Nunca estuvimos en la guerra de Irak» afirmó la deslenguada Esperanza Aguirre, una condesa de mentiras tan elegantes como populistas y sangrientas. Un embuste que se repite una y un millón de veces, por ella y por los que son como ella, por sus lacayos y por los lacayos de sus lacayos, por la industria mediática y por todos.

Esta vez fue un accidente. Uno más. Un camión embistió a un blindado español y la desgracia se cebó con el soldado que se encontraba en la posición de tirador. Soldado que se llamaba Aarón Vidal, porque los soldados también tienen nombre.

Los primeros indicios, aunque no suele ser fiable la información recibida en los primeros momentos de un fatal incidente como este, no señalan en ningún caso hacia un atentado.

Sin embargo, más allá de la desgracia, hay que preguntarse qué narices hacemos en Irak y por qué otro muerto más. Muchos no querrán preguntarse y tratarán de oportunista cuestionarse. Son los que quieren que todo continúe igual y que nada cambie: Ahora entierro, bandera, desfile, fotografía con los familiares de las víctimas para aumentar la popularidad, abandono institucional y silencio mediático… Y viva España, que aquí todos somos muy patriotas.

Pero hay que preguntarse, hoy más que nunca, si son y era necesarias todas las muertes ocurridas en los últimos años en Irak, Afganistán o en otros muchos lugares recónditos del mundo. Es cierto que en muchas ocasiones el destino de un militar es morir, pero morir por una causa mayor, por un bien común, por un servicio a la sociedad. Una muerte útil, si es que tal composición no es un oxímoron. Debemos interrogarnos, por tanto, si esta muerte lo fue y más allá de ello es obligado cuestionarse si podemos evitar más muertes similares. Es una deuda contraída con los fallecidos, con todos y cada uno de ellos. Con Aarón.

¿Qué hacemos en Irak?

Las piezas del puzle están, solo hay que unirlas. Nuestros militares se supone que trabajan en tareas de formación, como otros 300 militares norteamericanos, solo que estos últimos resultaron ser de operaciones especiales y fueron descubiertos en primera línea de fuego hace poco. Cosas de perderse en los mapas, se supone.

Mientras todo esto sucede, Arabia Saudí se convierte en el primer comprador de armas del mundo y en uno de los mejores clientes de España. La monarquía absolutista, hablo de Arabia Saudí no de España, es según Claudia Roth, videpresidente del Bundestag alemán, el mayor exportador de terror de Oriente Próximo (declaraciones que no han trascendido a pesar de la gravedad de las mismas). Resulta evidente, pues, que las armas le llegan al Estado Islámico de algún sitio, no es que las cultiven.

Y en esto aparecen armas españolas, de la empresa Instalaza (antigua empresa de Pedro Morenés) y de otras, en la mayoría de los conflictos armados del mundo: Yemen, Siria, Libia… Donde exista una confrontación bélica, ahí están nuestras armas (sus armas). Gracias al encomiable esfuerzo del Instituto Delàs (Jordi Calvo, Tica Font, Eduardo Melero, Pere Ortega…) sabemos que existen armas españolas en Siria o Yemen, informaciones que también se han visto confirmadas por fotografías y artículos en Vice News e incluso en The New York Times. Nadie puede negar que son armas made in Spain, Marca España.

También sabemos que las exportaciones de armas suman el 1,7% del total y que ya suponen el 0,9% del PIB… Y el negocio no para de crecer.

Por tanto, si por un lado estamos formando a aquellos militares que se tienen que enfrentar contra el Estado Islámico, pero por otro estamos poniendo en circulación armas que terminan en sus manos de forma indirecta y/o accidental,  ¿Cómo puede ser que esta situación no sea un escándalo mayúsculo?

¿Por qué seguimos enviando militares a Irak a la vez que fabricamos armas que terminan en manos del Estado Islámico?

La realidad, innegable, es que todo forma parte de un gran negocio. El Estado Islámico se alimenta de nuestros negocios y nuestros negocios se alimentan del Estado Islámico, y todos de la guerra. Así pues, cuanto más dure la guerra, mejor para todos, y cuando se termine, se busca o se crea otra, se inventa o lo que haga falta. Esa es la cruda realidad. Guste o no guste, nuestros militares no deberían estar en Irak, jamás deberían haber estado allí, no al menos haciendo lo que hicieron, no al menos sirviendo a las empresas que sirvieron. Y este lamentable accidente, pudiera ser que también se hubiera producido en nuestro país, pero bien pudiera suceder que no, y lo que es seguro es que jamás se debería haber producido en Irak.

Por si fuera poco, a estas alturas todos sabemos el desastre causado por las intervenciones militares en Oriente Próximo. Si Irak fue y es un error más que indiscutible que no requiere de mucha argumentación, basta afirmar en el caso de Afganistán que a día de hoy los talibanes ya controlan a dos millones de afganos. Tantos muertos, millones, tanta sangre derramada y tantos militares enterrados para nada, para llenar los bolsillos de avariciosos empresarios y políticos corruptos y amorales…

Ningún militar español debe volver a fallecer, aunque sea accidentalmente, al servicio de la industria de la guerra, que es lo mismo que decir al servicio de Rajoy, Morenés, Aznar, Zapatero, Bono, Chacón… Sobre todo, porque al final, los muy bellacos, ni siquiera recuerdan que estuvimos en la guerra, si acaso que veraneamos en ella.

Sea como sea, DEP.

 

 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra.

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Tal vez te puedan interesar las novelas «Código rojo» (2015) y «Un paso al frente» (2014).

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