Opinion · Verdad Justicia Reparación

¿JUSTICIA MEDIEVAL?

Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

Es un lugar común que la Edad Media fue un tiempo oscuro e infame. No estamos de acuerdo con tan tremebundo prejuicio pero vamos a observar un aspecto aparentemente minúsculo de la realidad medieval: la legislación sobre los abusos contra las mujeres. Y luego vendrá la comparanza con una sentencia reciente. Es probable que nos topemos con alguna sorpresa.

En el año 972, una ley castellana dictaba que “El que hija agena forzare, sesenta sueldos peche… y si la muger non echare voces, non haya el palacio ninguna cosa”. Traducción: enorme multa a quien viole pero será necesario que la mujer denuncie porque, si no lo hace, Palacio no hará nada; dicho de otro modo, el Estado no vigila activamente el cumplimiento de sus propias leyes –¿esto nos suena?-. Dos siglos después, en 1181 se estipulaba que “Ninguna muger pobladora en Mayorga non sea asechada nin presa sin so marido… Qui forzare muger, si fuer provado muera por ello”. Y, en 1202, el Fuero de Madrid, también condenaba la violación con la pena de muerte: “Qui forzauerit mulierem, moritur proinde”. Incluso admitiendo que el Medioevo era demasiado aficionado a la pena de muerte, es evidente que las mujeres disfrutaban de una cierta protección legal.

En el Renacimiento, los curas y frailes celtibéricos estaban ansiosos de autos de fe como mejor remedio contra el auge de los herejes pero, en materia femenil, eran parecidamente “medievales”. Ejemplo: el sínodo de Tuy de 1528, ordenaba que “Otrosi mandamos que ningun clerigo conjugado sea defendio por yglesia, ni defendido, ni reçibido a nuestra cárcel”. Léase, que no cambiaban de parroquia a los violadores y pederastas sino que les abandonaban a la justicia civil. Igualito que ahora.

Pero, quien hizo la ley hizo la trampa. Por ejemplo: poco antes de 1492, un sádico violó con estragos a una niña pero Juan Romero, el violador, después de ser condenado se alistó para la toma de Granada seguro de que, dentro de aquel ejército espejo de virtudes cristianas, alcanzaría el perdón real. Y así sucedió.

Piñar contra Juana Rivas e hijos

Comparemos, pues, la reciente sentencia contra una madre española (y sus hijos, no lo olvidemos) con aquellos Códigos, vetustos pero más ‘feministas’ de lo que hubiéramos creído. Nos referimos al despiadado castigo que el Ilmoº Sr. D. Manuel Piñar Diaz, Magistrado-Juez del Juzgado de lo Penal nº 1 de Granada, ha impuesto a la señora Juana Rivas (causa nº 71/18 y Sentencia nº 257/18… publicada muy sospechosamente ¡el mismo día de la vista oral!).

No admitimos el cuento chino de los “Hechos probados” porque omite casi todas las gestiones legales emprendidas por Rivas y esto es una puñalada trapera porque estos Hechos son los mimbres con los que la instancia superior debe trenzar la revisión de este fallo del sr. Piñar. Pero dejémoslo así porque nos interesa más otra parte del ukase piñariano, la titulada “Fundamentos de derecho… Análisis y valoración de las pruebas” puesto que es en sus 2.636 palabras donde la misoginia de M. Piñar se manifiesta sin tapujos.

Les ahorramos buena parte de nuestras objeciones (desprecia e insulta todas las pruebas que favorezcan a Rivas, sostiene que la violencia contra los hijos es “imaginaria”, hace un encendido defensa del machismo, etc.) porque ya las adelantó Ana Bernal-Triviño en su artículo La letra pequeña de la sentencia de Juana Rivas, (publico.es; 27/07/2018) Nos limitaremos a subrayar que nos aterrorizan los antecedentes de don Manuel Ilustrísimo: no sólo absuelve a un conductor borracho sino que aprovecha ese sumario para calificar la legislación anti-alcohol como un atentado contra la libertad. Por necesidades del guión, no estamos pensando en prevaricación ni siquiera en fraude de ley; sólo estamos recordando una de las muchas perlas de Aznar: “¿quién me dice a mí lo que yo debo beber?”. Asimismo, recordamos haber leído en manuales de Psiquiatría que, como escribió Piñar en otro pleito, considerar la cicatriz y el chichón infligidos a una señora como ‘atractivos eróticos’, es síntoma de sexualidad desordenada. Y, para terminar este párrafo, una curiosidad malsana: este juez, ¿será pariente del finado Blas Piñar, el fascista por antonomasia? No lo sabemos ni nos importa pero, vista la trayectoria judicial de Manuel, estamos seguros de que Blas estaría feliz.

Dejando aparte la iniquidad total de esas 2.636 palabras, nos vamos a centrar en uno de sus párrafos, a saber: “Predicar a los cuatro vientos que una persona maltrata, tortura y aterra a su familia… y arengar a una multitud irreflexiva y visceral, para hacerla cómplice de ese escarnio… es una afrenta que muestra una voluntad dañina y lesiva de elementales derechos como el honor y el de presunción de inocencia”. Olvidemos el asqueroso elitismo que supone insultar a ‘la multitud’ y olvidemos que es Piñar quien realmente lesiona el honor patrio, ¿o era “ah!, el horror, el horror”?.

Olvidemos todo para subrayar “Arengar” porque ésta es la palabra clave de toda esta dizque sentencia. Siendo don Manuel un letrado leído en flamencologías y naturalezas, es evidente que no ha escrito por azar esa palabra. Al contrario, la ha elegido porque se imagina a Rivas y sus secuaces soliviantando a las turbas con discursos incendiarios. Es decir, arengando a la chusma. Por la boca muere el pez. Piñar teme a esa “multitud irreflexiva y visceral” que, como esos adjetivos indican, sólo pueden ser las féminas. ¿O es que la mujer no se caracteriza precisamente por no reflexionar –la donna é mobile– y por abandonarse a esa víscera que es el corazón? Conclusión cuasi perogrullesca: Piñar ha escogido a Rivas como chivo expiatorio contra el movimiento feminista. Por demasiado cavernario, en el Medioevo quizá no le hubieran permitido ser juez.

Finalmente, otro parrafito igualmente jugoso del veredicto: “Los maltratadores habituales, que efectivamente desarrollan una forma de tortura, suelen ser personas de mente atávica y primigenia, con escasos mecanismos de autocontrol y empatía, que contagian todo su entorno con un hábito de causar daño que no pueden controlar”. No vamos a discutir si Piñar es primigenio, se autocontrola o es empático. Sólo le pediríamos humildemente que controle el infinito daño causado.