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Magnum y el pardillo

Por Javier Amor, miembro de Unidos por Nicaragua y La Comuna.

La Nicaragua de los años 80 fue la España del 36. Antifascistas de todo el mundo llegaban como moscas a un panal de rica miel ideológica. Los que habían combatido en el 78 y 79 fueron discretamente apartados o integrados en estructuras poco visibles del nuevo Estado. Entonces se abrió la compuerta de la solidaridad: brigadistas, cooperantes y free lancers, dispuestos a ayudar en la consolidación del hombre nuevo, a dos pasos de alcanzar la utopía.
Cada uno llegaba como podía y el pardillo lo consiguió enrolándose en un barco donde desde el embajador hasta la señora de la limpieza eran "más rojos que la picha de un cura". La cita no es del pardillo, sino del embajador.

El pardillo nunca se había visto en otra, pues había pasado de escribir a máquina a inaugurar exposiciones donde aprovechaba la ocasión para pronunciar discursos tan encendidos como aquellos exprés que se tirara años atrás en la boca de metro de Carabanchel, frente al Gómez-Ulla.
Cuando el trabajo terminaba, el pardillo entraba en la vorágine internacionalista donde compromiso y pachanga se combinaban sin contradicción: había elementos aristocráticos como Mendiluce o proletarios como el Güiti. Al fin, todo quedaba en casa …. de la Liga.

No podían faltar los etarras o proetarras con los que el pardillo confraternizaba extraoficialmente. Y así se llega hasta Magnum, que puede ser una agencia fotográfica, un caro bombón helado de nata y chócolate, pero en este caso es una pistola.

El día que los gudaris se tomaron la embajada para exigir poder votar en unas elecciones (algo que sigue siendo hoy una quimera) resultó que el pardillo estaba a cargo del txangarro, de pura casualidad.
Rehén de los barbudos atrincherados en terreno enemigo, el pardillo estaba encantado siendo obligado a enviar telegramas amenazantes a la casa matriz en España.

Tras dimes y diretes, obtuvieron de Madrid garantías de esto y aquello y finalmente, tras cuatro horas de ocupación, abandonaron la guarida del Estado. Antes, Antón Ochoa, con quien el pardillo había compartido alguna botella (no en la ocupación, sino antes) le dijo si le podía guardar una pistola provisionalmente. Pesaba la condenada, y sin abrir el sobre kraft donde venía, el pardillo la guardó en la caja fuerte de la guarida.

Ochoa nunca regresó por ella y cuando el agente del Cesid preguntó por el sobre, el pardillo le mostró una licencia de armas firmada por la guerrillera legendaria Doris Tijerino.
Cuando el ave emigró a Jamaica, atravesó Estados Unidos con la pistola en la bolsa de mano sin problema (¡qué cosas pasaban entonces!) y el arma acompañó a su dueño del timbo al tambo por la geografía universal por muchos, muchos años, hasta recalar en El Salvador.

Mauricio Funes era aquel día la esperanza de tirios y troyanos -lástima que terminara siendo un bandido- Al acto solemne de su toma de posesión acudieron los jefes de Estado regionales, el rey de los elefantes y, cómo no, el pardillo, entre otros tinterillos.

El presidente de Nicaragua y su mujer, para general sorpresa, no aparecieron, pese a haberlo anunciado. Es ese aire de misterio y suspense que les encanta a los sátrapas, pues llegaron tarde, como siempre, se perdieron el acto institucional, pero pudieron asistir en la tarde a la fiesta popular que tuvo lugar en el estadio nacional de fútbol.

Como ya se ha dicho, el pardillo había sido sandinista hasta la médula. Sandinocomunista para más inri.
Esta ideología, en su versión oficial, se fue disolviendo como azucarillo en la taza de la arbitrariedad y la corrupción. Al perder el poder el FSLN se produjo la rebatiña por los bienes del Estado, conocida como "la piñata" y comenzaron las desafecciones de quienes se habían creído que lo del hombre nuevo iba en serio. El pardillo, ligado por indisolubles lazos familiares e ideológicos a aquel paisito, fue uno de ellos.

El avecilla de San Francisco, como quizás recuerden, había seguido rodando por el mundo con su trabajo aventurero, una suerte de vacaciones pagadas, aderezadas con puntuales sustos y sinsabores (ataques personales por culpa de la guerra de Aznar o identificación de media docena de cadáveres) hasta recalar en el Pulgarcito de América, que diría el poeta del alma Roque Dalton.

Aquella tarde de fiesta, los vítores de las masas entregadas eran sumamente emocionantes para el pardillo izquierdista. Estaba con otro compañero en el estadio. Como entraron por la puerta VIP nadie les registró y ocuparon un sitio privilegiado bajo la tribuna principal, llena de dignatarios, incluyendo la indigna pareja que detenta el poder en Nicaragua.

Mediado el espectáculo, los espurios gobernantes nicas, regresados al poder hacía poquito de forma artera, decidieron abandonar el acto.

Aparentar estar permanentemente ocupados y no poder dejar "solo" al país por mucho tiempo, es otra seña de identidad de los dictadores. En el caso que nos ocupa, es cierto que la mujer trabaja intensamente, aunque sea para mal, mientras el marido se pasaba entonces el día frente a la tele. El pardillo supone que tras el estallido popular de abril de 2018, sofocado en sangre, se habrá dado de baja en Netflix. O quizás no.

Descendieron sin escolta y comenzaron a estrechar manos frente al pardillo y su amigo. Estaban a menos de medio metro, separados tan sólo por una barandilla. Mientras el compañero del pájaro les cumplimentaba, como corresponde a un diplomático, el pardillo dio la espalda a la pareja, negándoles el saludo de modo ostensible. En dicha posición, pasaron por su cabeza en fracciones de segundo la oportunidad de cumplirle al pueblo nicaragüense y la imagen de Rigoberto López-Pérez ajusticiando en León al tirano de entonces.

Pensó que su vida inútil podría redimirse en dos segundos, ser llave de libertad y se maldijo por su imprevisión: la pistola reposaba, como siempre, en la caja fuerte de la Embajada.