Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

España necesita sabios

14 Ene 2012
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Un joven profesor de historia de América, preocupado como tantos otros por su futuro profesional en un país que no valora la investigación, me ha hecho notar la situación vivida y la frase que acompañó a la muerte de un ilustrado colombiano independentista. Ambas vienen a cuento aquí y ahora, al coincidir los recortes presupuestarios en ciencia con la todavía reciente celebración de los bicentenarios de las repúblicas iberoamericanas.

Los naturalistas apenas sabíamos de Francisco José de Caldas, conocido en Colombia como “el sabio Caldas”, por su trabajo botánico y, fundamentalmente, por sus discrepancias con Humboldt. Reiteradamente, Caldas pretendió acompañar al barón en sus expediciones, y reiteradamente éste lo postergó en favor de Carlos de Montúfar, hijo de un influyente marqués quiteño que, además, pagaba al prusiano una suma cuantiosa por ocuparse de su retoño. Descontento, y con motivos o sin ellos, Caldas se dedicó a sugerir en cartas a Celestino Mutis la existencia de una relación amorosa entre Humboldt y Montúfar, dando pie a los aún vivos rumores sobre la homosexualidad del centroeuropeo. Por chismoso, Caldas no nos caía del todo bien.

Pero hoy sé que, a más de botánico, fue zoólogo, astrónomo, inventor, geógrafo, escritor, periodista y, sobre todo, político e ingeniero militar. Se sumó al alzamiento popular de 1810 y condenó con vehemencia la represión española. En los años siguientes se ocupó de dirigir la escuela militar y fábricas de armamento, y a la construcción de puentes y fortificaciones. Pero cuando las tropas realistas del virrey Sámano recuperaron Nueva Granada en 1816, fue capturado, trasladado a Santa Fe (Bogotá), juzgado sumariamente por un consejo de guerra, y condenado a muerte.

Caldas pidió un último deseo. Quería acabar el informe científico de una expedición botánica y para ello necesitaba que le dieran una semana más de vida. No le importaba que fuera en un calabozo y hasta admitía escribir con grilletes. “Siete días más, por favor; debo hacer las cosas bien”. Cuentan que los miembros del tribunal se conmovieron ante la súplica, pero les habían ordenado que muriera. Es más, el capitán de fragata Pasqual Enrile, en línea con el más rancio oscurantismo patrio, sentenció: “Denegado. La España no necesita de sabios”. Fue fusilado.

Nos avergüenza Enrile, más tarde brillante gobernador de Filipinas. Pero tengo la impresión de que aún muchos consideran que los sabios son, entre nosotros, un prescindible adorno.

Plásticos y políticos

19 Nov 2011
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Uno de los hechos más desalentadores para los que disfrutamos con la naturaleza es la omnipresencia de las basuras plásticas. Hace unos meses recorrí muchos kilómetros en el interior de Marruecos. El campo, con sus pequeñas hazas cosechadas a mano, los haces a lomos de burros, me recordaba la España de mi infancia. Pero con una gran diferencia: por todas partes, incluso en los más perdidos rincones, se advertían bolsas de plástico. Me ha pasado luego, en menor medida, cerca de los escasos pueblos de Baja California Sur. Y lo vivo con disgusto en la interminable playa de Doñana, libre de urbanizaciones pero siempre sucia, por mucho que se limpie, pues el mar aporta cotidiana y contumazmente los residuos plásticos vertidos en otros lares.

¿Por qué hay tantas bolsas de plástico abandonadas? Entre otras cosas, porque apenas cuestan nada. En cualquier zoco marroquí te entregan tu compra en una bolsa que no pagas, y te darán otra la próxima vez que acudas. ¿Por qué guardarlas? Incluso donde nada sobra, las bolsas de plástico se desprecian. Hay evidentes razones ambientales que tienen para la mayoría menos peso que las económicas. Pero por muchos motivos hay que reducir el uso de estas bolsas. Me gustó, pues, que la pasada primavera el Gobierno andaluz planteara un impuesto sobre las bolsas de plástico de un solo uso no biodegradables.

Más me han complacido sus efectos en la gente. Admito mi irritación (contra mí mismo) cuando voy a comprar y se me ha olvidado llevar una bolsa, lo que me obliga a pagar 0,05 euros por otra. Pero constato que cada vez se me olvida menos. Y contemplo satisfecho a mis vecinos que, como yo mismo, a la hora de recoger su mercancía sacan la bolsa, o el saquillo, que traen de casa con ese fin. Entiendo que al aprender a reutilizar las bolsas nos volvemos mejores ciudadanos, e ingenuamente pensaba que cualquiera podía verlo así.

Por supuesto, admito el disgusto de los fabricantes de plásticos, que denuncian como desgracia la previsible caída de la demanda (pero eso es lo pretendido). Lo que no esperaba, sin embargo, es la ácida crítica al impuesto planteada hace unos días por el líder andaluz de la oposición. Lo vi en televisión. Eliminar ese impuesto, vino a postular, puede y debe hacerse, pues es antisocial y negativo para la economía. ¡Por cinco céntimos de euro! Más que sorprenderme, me asustó. Quizás nunca tan magro dinero educó a tanta gente, y lo quieren quitar. ¿Hacia dónde vamos?

Escarabajos en la crisis

08 Oct 2011
08:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Lamentablemente, vivimos en un momento en el que lo que no puede medirse en dinero no cuenta. Si uno dice que el valor de una obra de arte, un resto prehistórico o una especie animal es incalculable, el interlocutor entenderá que no vale nada. Hace unos años me robaron un portafolios donde guardaba el manuscrito de un artículo y muchos datos sobre otros. Cuando la Policía me preguntó por su valor lo estimé en meses de vida, y en consecuencia anotaron: “Sin valor contable”.

Por eso los científicos de la conservación se esfuerzan por estimar en dólares la valía de los servicios que prestan la fauna y la flora. Algunas aproximaciones son curiosas. Por ejemplo, ¿cuánto nos ahorran los escarabajos peloteros? Ya saben que se alimentan de estiércol y hay muchos tipos.  Algunos son auténticos peloteros, pues hacen bolas que transportan rodando y las entierran tras depositar en ellas su huevos, para que las larvas tengan alimento al nacer.

Otros no fabrican pelotas, sino que comen y depositan la puesta directamente en la boñiga de las vacas u otros animales. Pero todos procesan las heces, y al hacerlo mejoran la calidad del pasto, reciclan el nitrógeno y eliminan las condiciones para que proliferen moscas y parásitos. En Estados Unidos hay aproximadamente un millón de cabezas de ganado mayor, y cada una genera unos 9.000 kg (o 21 metros cúbicos) de residuos sólidos por año. Habrían cubierto el país si no se retiraran, y los escarabajos tienen mucho que ver en ello. Tres cuartas partes de esas cabezas pastan en el campo, donde pueden vivir escarabajos (el resto lo hacen estabuladas y hay que limpiar sus heces).
Desafortunadamente, sin embargo, una porción significativa de las vacas es tratada con antiparasitarios que a través de los excrementos matan a los coleópteros coprófagos. Precisamente eso ha permitido la comparación: en pastos de California donde viven vacas tratadas, una boñiga tarda en promedio 28 meses en desaparecer, mientras que en tierras adyacentes donde las vacas no son tratadas, y por tanto hay escarabajos, sólo dura 22 meses.

A partir de estos datos se ha estimado que las “pérdidas evitadas” gracias a los coleópteros son, en Estados Unidos, cercanas a los 380 millones de dólares anuales, de los que 120 corresponderían a la mejora del propio pasto, unos 60 al reciclado del nitrógeno, y 200 a la reducción de moscas y parásitos. Ahora que se habla tanto de reducir gastos, ¿habrá pensado alguien en los escarabajos peloteros, en lugar de obsesionarse con los recortes?

La nutria y el desarrollo

25 Jun 2011
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Hace poco más de 30 años, la nutria había desaparecido de gran parte de Europa y se había tornado escasa en España. A los científicos de entonces, locales y foráneos, no nos resultó muy difícil atar cabos. ¿Dónde quedaban poblaciones importantes de nutria en el continente, aunque a la baja? En Portugal, Irlanda, Grecia y España (¡exactamente los PIGS!). ¿Y donde habían desaparecido del todo en nuestro país? Precisamente en las zonas más industrializadas: Madrid, País Vasco y Catalunya. Es más, a nivel provincial había una relación inversa entre renta per cápita y abundancia de nutrias. Blanco y migado… El mamífero de agua dulce pescador por antonomasia parecía incompatible con el desarrollo económico, dijimos entonces. La incorporación de los países menos avanzados a la Unión Europea podía ser el golpe de gracia para la especie a nivel continental.

Un numeroso grupo de voluntarios llevamos a cabo un sondeo sobre la situación de la nutria en España a mediados de los 80. Visitamos miles de puntos en las riberas de la geografía española y detectamos la presencia del animal en algo más del 33%. No estaba mal, cuando en Francia, Italia o Alemania no se alcanzaba el 10%, pero las perspectivas eran malas y tratábamos de buscar remedios. Sin embargo, a mediados de los 90 repetimos el esfuerzo (ya coordinados por la SECEM, Sociedad Española para la Conservación y el Estudio de los Mamíferos) y saltó la sorpresa: ¡casi el 50% de los puntos eran positivos, la situación había mejorado!

Al principio nos costó admitirlo, pero hubimos de rendirnos a la evidencia mediados los 2000, cuando un tercer sondeo, con la visita a más de 5.000 localidades, detectó nutrias en el 65% de ellas. Una recuperación similar y simultánea era por entonces evidente en toda Europa.

La interpretación actual es que la contaminación de las aguas (principalmente con organoclorados derivados de la industria y la agricultura) es la principal amenaza para la nutria. Los países ricos pueden permitirse el lujo de legislar para reducir sus niveles de contaminación, como ha hecho Europa, y la especie lo agradece.

Pero ¿qué ocurre fuera del continente? Un grupo de amigos acabamos de recorrer Marruecos buscando señales de nutrias, repitiendo un estudio llevado a cabo allí por dos ingleses hace 30 años. Como temíamos, la situación no ha mejorado, y si acaso ha empeorado un poquito. Algo tendrá que ver que, como nos contaban allí, cuando Europa prohíbe el uso de un contaminante los fabricantes lo mandan para África.

La selva ardía

28 May 2011
09:00 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

En un hermoso y breve poema Ángel González escribió: “No fue un sueño/ lo vi/ la nieve ardía”.  Para la mayoría de los naturalistas, imaginar ardiendo la selva tropical es casi tan imposible como ver arder la nieve. La selva lluviosa, aprendimos, tiene un grado de humedad tan alto que, por principio, no se inflama; hay que cortar primero la vegetación para poder quemarla. La realidad constatada en mis viajes a la Amazonía los últimos años ha sido, sin embargo, bien distinta. Especialmente a partir de 2005, pavorosas sequías han dado lugar a fuegos importantes, y en los espacios naturales más cuidados han aparecido, como en España, las familiares brigadas contra incendios. No fue sueño, lo he visto, la selva ardía.

Los científicos saben razonablemente bien lo que está pasando. Tal vez el servicio ecológico más importante de la selva amazónica sea la transferencia de agua del suelo a la atmósfera, a través de la transpiración de los árboles (capaces de captar el líquido hasta 10 metros de profundidad). En el conjunto de la cuenca, entre el 25% y el 50% de la lluvia que cae se genera en el lugar, es agua reciclada por los propios árboles. Deforestando, pues, se reduce la transpiración y con ella, localmente, la cantidad de lluvia.

Pero, además, al deforestar se libera a la atmósfera carbono retenido en la vegetación (y en menor medida en el suelo), lo que exacerba el efecto invernadero que produce el calentamiento global (la temperatura media en la cuenca amazónica ha aumentado en los últimos lustros un cuarto de grado por década). La mezcla de más calor y menos agua genera más incendios, que a su vez incrementan la deforestación, y esa rueda gira y gira, acelerándose.

Pese a estas evidencias, como informaba hace pocos días la sección Planeta Tierra de este periódico, los diputados brasileños han aprobado por bochornosa mayoría (410 a 63) una reforma de su Código Forestal que reduce las áreas de reserva y las barreras a la deforestación (Greenpeace estima que casi un millón de kilómetros cuadrados quedarán desprotegidos). Al tiempo, amnistía los delitos contra la selva cometidos hasta 2008. El acuerdo no es definitivo y la presidenta Rousseff ha garantizado que luchará contra él. El mismo día, sin embargo, y eso no tiene arreglo, fueron asesinados José Claudio Ribeiro da Silva y su esposa María do Espíritu Santo, activos ecologistas que vivían de recoger caucho y “castanhas” y habían sido amenazados por madereros ilegales.