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Pies para qué os quiero

08 Ago 2017
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Pues para caminar, para qué va a ser. Resulta que el peatón y su horrendo derivado (la palabra, no el concepto), la peatonalización, está en boca de todos. Para empezar, está en los programas de movilidad de casi todos los ayuntamientos. Es algo histórico. Después de medio siglo de urbanismo por, para y hacia el coche, ¡las ciudades comienzan a plantearse una urbe para el peatón y la peatona! La cosa es increíblemente difícil, porque cincuenta años de desmanes no se borran de un día para otro. Ejemplos de desmanes: el tiempo de cruce en los semáforos es de diez segundos para los peatones y de un minuto y medio para los coches. Pero esto es una anécdota. Más grave es que el ochenta por ciento del espacio público urbano está reservado a los automóviles.

La solución consiste en devolver este espacio público al peatón, y aquí empiezan los problemas que todos conocemos: la ley de Felder establece que la oposición vecinal a cualquier medida de restricción del tráfico está garantizada, sea cual sea la medida. Eso es debido, entre otras causas, a que los conductores de coches son un poderoso grupo de presión y a que sus vehículos suponen nada menos que el 15% del PIB nacional. En contraste, el grupo de presión de los peatones es débil y nadie ha calculado todavía su contribución al PIB del estado. Aquí viene la sorpresa. El coche alardea de su enorme contribución económica, pero ahí no se incluyen los miles de muertos en accidentes, las decenas de miles de muertes prematuras por contaminación, la enorme ocupación improductiva del espacio que suponen los automóviles, los daños a la salud pública que supone el sedentarismo, etc.

Por el contrario, el posiblemente llamado peatonismo implica grandes beneficios para la salud pública, que ya se están empezando a cuantificar. Eso se puede traducir en mucho dinero ahorrado en la sanidad, además de otros beneficios difíciles de cuantificar. Y hay más: la no-emisión de contaminantes ni de ruido también es un importante efecto positivo, sin contar que la gran cantidad de espacio público liberado al erradicar el coche supone inmediatamente un gran estímulo para la economía local, como muestran las calles comerciales peatonales, atestadas de compradores.

¿Y qué podemos hacer nosotros, peatones sin poder político (aparentemente)? Pues caminar. Salir a la calle y hacer millas. Por placer o para ir a trabajar o al centro de estudios, o para ir al médico o al dentista, o de compras. Caminar es todo ventajas: te acostumbras a comprar en los comercios del barrio y descubres que siguen existiendo, que no son una utopía jipi. Averiguas que cualquier cosa en un radio de dos kilómetros en torno a tu casa está a menos de veinte minutos a pie, y que resulta fácil llegar más allá. Disfrutas del paisaje urbano, siempre cambiante, de una manera imposible de hacer al volante de un coche. Pierdes peso. Reduces tus visitas al médico, al menos aquellas directamente relacionadas con el sedentarismo. Y un largo etcétera. La próxima vez que te pregunten qué haces por ahí, caminando por una calle, responde: “Soy parte de un grupo de presión mejorando mi salud, la de mi ciudad y la de mi Planeta”.¡Vas a causar sensación!


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