Titanic y la lucha de clases

David Torres

Titanic, la película de James Cameron, acaba de cumplir 20 años y sigue tan decrépita y lastimosa como el día en que se estrenó. Normalmente las películas suelen mejorar o empeorar con el tiempo, pero la historia de este trasatlántico relleno de tontos hasta los topes se ha mantenido férreamente hundida a la misma profundidad. A pesar de que los expertos vaticinaban un fracaso apoteósico -sobre todo después de que excediera su presupuesto en cien millones de dólares- en su día la crítica la puso por las nubes y el público acudió en masa a los cines, convirtiéndola en un fenómeno mundial. Probablemente muchos espectadores no sabían el final.

Hay tantas lecturas posibles a la magna catástrofe del Titanic que Cameron de la Isla se decidió por la más burda: sintetizar un naufragio en una bañera, concentrando el foco sobre la pareja de amantes más repelente que haya dado el cine. Así, al envolver una epopeya en papel de regalo y espolvorearla de azúcar, también utilizó el trasatlántico como tarta capitalista y símbolo del hojaldre social. Los ricos en cubierta, la clase media en medio, la marinería bajo la línea de flotación y los fogoneros abajo. De hecho, el barco es, con diferencia, el personaje más importante de la película, y también el más simpático; por eso, en las escenas del hundimiento nuestra compasión está con las hélices, el casco, las barcazas y las chimeneas. A Cameron se la sopla la gente ahogándose y muriéndose a cascoporro, de ahí que los filme de lejos, resbalando por cubierta como si fuesen pulgas desprendidas de un perro.

El mejor diálogo del guión lo entresacó el poeta Alvaro Muñoz Robledano como epígrafe a un poemario titulado precisamente Breve historia de la lucha de clases: “¿Pero este barco puede hundirse?” “Está hecho de hierro, señor. Le aseguro que sí puede”. Incluso el filósofo esloveno Slavoj Zizek echó su cuarto a espadas, analizando la metáfora de la lucha de clases en alta mar establecida en el romance entre los personajes de Rose y Jack. Zizek sugiere que la cinta muestra el vampirismo que los aristócratas y millonarios ejercen sobre los proletarios, de manera que Rose, una niñata pija, aburrida y pedorra, necesita de la sangre impetuosa de un joven semental para renovarse y poder hacer frente al resto de su existencia pija, aburrida y pedorra. En el final se observa claramente que hay sitio en el bote para los dos, pero ella prefiere hundir a Jack suavemente mientras el pobre no deja de gemir, una técnica de ahogamiento que mejoraría años después Susana Díaz con Pedro Sánchez.

Si la lectura de Zizek es correcta, puede decirse que el cine ñoño, flojo y ridículo de Cameron chupó la sangre de una taquilla depauperada para seguir perpetrando una filmografía ñoña, floja y ridícula. La operación, hay que reconocerlo, le salió redonda. El director está tan fascinado con la odisea del Titanic que se ha sumergido más de treinta veces en busca de los restos del naufragio. Está tan satisfecho con su obra que volvió a estrenarla con nuevos efectos digitales y tecnología 3D, pero ni aun así fue capaz de corregir el rumbo y esquivar el desastre. Probablemente Cameron, como muchos de nosotros, se puso de parte del iceberg. El barco estaría hecho de hierro sí, pero la película está hecha de mierda y todavía flota.