Opinion · Punto de Fisión

Céline mal fusilado

Visto cómo anda el patio de la libertad de expresión, la editorial Gallimard se ha echado atrás en su proyecto de volver a publicar Bagatelas para una masacre, el vitriólico panfleto antisemita que el escritor francés Louis-Ferdinand Céline dio a la imprenta allá por 1937. El libro no sólo esparce su veneno a chorros contra los judíos, sino también contra los masones, contra los comunistas y prácticamente contra cualquiera que se pusiera a tiro. La decisión de plegar velas por parte de la editorial se entiende no sólo desde la sensibilidad puritana actual, que se ofende por cualquier cosa y que se quedaría catatónica de leer los espumarajos rabiosos de Céline. Sino también desde varias advertencias serias del mismo gobierno, presionado por la comunidad judía en Francia, un gobierno que no en vano, mucho tiempo atrás, ya había censurado las entrevistas públicas al escritor y echado tierra sobre la celebración de un homenaje público.

El problema con Céline, claro, es que no se lo puede despachar a la categoría de una rareza, un descerebrado o un Luis del Val cualquiera: se trata de uno de los grandes novelistas del siglo XX, un escritor de la talla de Ezra Pound, quien por cierto también demostró simpatías nazis, lanzó arengas a favor del fascismo en Radio Roma y pagó por ello con una buena temporada en un sanatorio psiquiátrico. El problema es que el hombre que escribió esas barbaridades abominables contra los judíos era el mismo que escribió Viaje al fin de la noche, una de las novelas fundamentales del pasado siglo. De modo que hay que convivir con esa dualidad que parece intolerable a tantos moralistas y que pone de los nervios a los puritanos de cualquier género: el hecho incontrovertible de que alguien pueda ser a la vez un genio y un botarate.

Con los buenos sentimientos sólo se hace mala literatura, dijo una vez André Gide, que gastaba bastante mala leche. No he leído de ellos más que frases sueltas, pero dudo mucho de que los panfletos antisemitas de Céline estén a la altura de sus novelas (confesaré que tampoco soy muy fan de sus novelas, de ese estilo exaltado, entrecortado, trufado de exclamaciones y puntos suspensivos). Ahora bien, resulta curioso que el anuncio de la publicación (ahora frustrada) de las Bagatelas de Céline en Francia coincidera con el del Mein Kampf en Alemania. El año pasado leí algunos capítulos sueltos del Mein Kampf, más que nada para documentarme sobre mi último libro, y tal vez lo más escandaloso que encontré allí es que Hitler felicitaba a los juristas del otro lado del charco por haber puesto los cimientos para construir en los Estados Unidos un perfecto estado racista. Es la tesis de un estudio editado el pasado año, Hitler’s American Model: The United States and the Making of Nazi Race Law, del profesor James Q. Whitman, un libro lo bastante incómodo para no provocar el menor escándalo.

En la escena más perversa de Farenheit 451, la soberbia adaptación que hizo Truffaut de la novela de Bradbury, el jefe de los bomberos que queman libros improvisa un exaltado discurso acerca de su labor, advirtiendo que hay que destruir esos volúmenes nefastos que ponen en peligro la vida y la civilización. Lo dice con un libro en la mano, la cámara se acerca y vemos el título: es el Mein Kampf. No obstante, los desvaríos antisemitas de Céline eran tan brutales que algunos de ellos se prohibieron también en la Alemania nazi, ante el temor de que resultaran contraproducentes. De hecho, muchos pensaban que los había escrito en broma y se vendieron como libros humorísticos. Pero lo verdaderamente imperdonable de su conducta llegó durante la guerra, cuando colaboró activamente con el gobierno de Vichy delatando a docenas de compatriotas. Al final de la contienda fue apresado y encarcelado en Dinamarca, y se libró por los pelos de que lo extraditaran a Francia para fusilarlo por traidor. Según cuenta él mismo, le hicieron varias veces un tratamiento a lo Dostoievski, levantándolo de madrugada para ponerlo ante el paredón, vendarle los ojos y luego llevarlo de vuelta a la celda.

Ni aun así se arrepintió y, ya anciano, Céline siguió lanzando escandalosas proclamas contra los judíos, sin importarle un pimiento los seis millones de víctimas del Holocausto. Cuando su hermana se lo encontró, demacrado, hecho polvo, trabajando otra vez de médico para los pobres, le preguntó: “Pero, ¿no te habían fusilado?” Pudo haberle respondido lo mismo que Gila en sus memorias: “Me fusilaron mal”.