CARMEN MAGALLÓN
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Continúa la sangría de mujeres asesinadas por sus maridos, novios o compañeros, hasta alcanzar las 32 en este año, una cifra escandalosa que acabamos recibiendo con la resignación impotente de quien se enfrenta a los embates de una tormenta de granizo. Que la mayoría de las víctimas no hubiera denunciado a quienes finalmente las asesinaron, y que un 22% de los perpetradores intentara suicidarse a continuación, convierte el escenario en una batalla que merece una indagación más sistemática y profunda.
Lo más fácil es señalar con el dedo al Ministerio de Igualdad, una interpelación seguramente necesaria pese a todo, aunque debamos reconocer que, gracias a este ministerio, por primera vez el problema es objeto de una política de Estado. Pero apelar a la política institucional, aun siendo necesario, es insuficiente. Las raíces sociales de la desigualdad que desprecia la libertad de las mujeres son tan hondas, tan reciente el intento de deslegitimarlas y tan arraigada en la identidad de muchos hombres la construcción estereotipada de una masculinidad dominante, que la lucha contra esta violencia exige la implicación de toda la sociedad. Se necesita crear y recrear nuevos modelos de hombres, empezando por aquellos que, existiendo ya, siguen siendo invisibles porque su cambio se da en ámbitos privados. Y también un mayor esfuerzo en la investigación, para indagar sobre lo que en otras violencias llamaríamos “el caldo de cultivo” en el que crece la reacción asesina.
Sobre las características de los perpetradores, Echeburúa y otros, en una muestra de 162 presos por este motivo, encuentran que sólo el 12% tiene rasgos psicópatas y que no hay diferencia entre estos y el resto en la severidad de los crímenes cometidos contra mujeres. ¿Por qué no son capaces de asumir una ruptura de la pareja, circunstancia que acompaña a la mayoría de las muertes por violencia machista? ¿Qué hay de diferente en la socialización de hombres y mujeres para que ellas, capaces también de matar, como lo muestra el que algunas lo hagan, recurran a este extremo en mucha menor medida? Hay pocos estudios sobre los perpetradores. Encuentro 3.000 artículos bajo las claves violencia y género, pero al incluir hombres y España, los artículos se reducen a 11. ¿Vamos a tomarnos en serio, todos, esta lacra? ¿O va a seguir siendo considerada, desdeñosamente, “un asunto de mujeres”?
ÓSCAR CELADOR ANGÓN
Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas
El PP ha presentado un recurso de constitucionalidad contra la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo que no ha sorprendido a nadie. Se trata de una estrategia que el principal partido de la oposición adoptó la pasada legislatura, la cual consiste en oponerse durante el proceso parlamentario a la aprobación de leyes y, posteriormente, en el caso de que sean aprobadas, recurrirlas ante el Tribunal Constitucional. Así las cosas, o bien las principales normas que el legislador ha aprobado en los últimos años en terrenos como el matrimonio, la educación o la familia son inconstitucionales; o bien el PP está utilizando el recurso de constitucionalidad como un mero mecanismo que le permita modificar las decisiones del poder legislativo.
El legislador tiene tres opciones para regular el aborto. En primer lugar, cabe la posibilidad de que en determinados supuestos muy excepcionales las mujeres puedan interrumpir voluntariamente su embarazo, despenalizándose su conducta; sobre este modelo ya se pronunció el Tribunal Constitucional estableciendo su constitucionalidad. En segundo lugar, el legislador podría prohibir la interrupción voluntaria del embarazo en cualquier supuesto, lo cual obligaría al Tribunal Constitucional a pronunciarse sobre aquellos casos en los cuales el derecho a la vida del nasciturus puede colisionar con los derechos a la vida y a la salud de la madre. Y por último, cabe la posibilidad de que las mujeres puedan abortar libremente siempre que lo realicen dentro de unos plazos, pasados los cuales el aborto se convierte en ilegal y, por lo tanto, es punible, que es el modelo que se acaba de recurrir ante el Tribunal Constitucional. La principal diferencia que existe entre el modelo que ya fue declarado constitucional y el propuesto ahora reside en la configuración de la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho y no como una actividad despenalizada exclusivamente en determinados supuestos.
La legitimad del PP para recurrir la nueva legislación sobre el aborto está fuera de toda duda, pero si quiere ser coherente con la posición que ha venido defendiendo tanto en el Congreso y el Senado como ante la ciudadanía tiene la obligación de incluir la reforma de la ley en su programa electoral. En otro caso, estaremos ante el enésimo supuesto de oportunismo electora del PP. Y ya van bastantes.
CARMEN MAGALLÓN
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Hoy se cumple el centenario del acceso de las mujeres a la universidad española en condiciones de igualdad con los hombres. Fue el 8 de marzo de 1910 cuando una Real Orden firmada por el ministro de Instrucción Pública, conde de Romanones, derogaba otra anterior en la que las alumnas que deseaban matricularse oficialmente en la universidad tenían que pedir un permiso especial.
Hay que recordar que en España, más que el derecho al voto, el núcleo de la polémica feminista fue la educación de las mujeres, y que hace un siglo los condicionamientos socioeconómicos del país no daban para que hubiera muchas aspirantes a universitarias. Por eso mismo es reseñable que, pese a las dificultades, hasta 1910, varias decenas de mujeres lograran licenciarse, poniendo de manifiesto su gran tenacidad y enorme deseo de estudiar. Entre ellas, es un deber y un placer otorgar el reconocimiento debido a las primeras doctoras, que lo fueron en Medicina, en 1882; Dolores Aleu Riera y Martina Castells Ballespí (Consuelo Flecha, 1996).
En estos cien años ha habido avances y retrocesos; ahora nos encontramos en una situación en la que el número de estudiantes de ambos sexos en la universidad se ha igualado, e incluso hay más chicas. Pero, según estudios de Paloma Alcalá y Eulalia Pérez Sedeño, si las curvas que recogen el número de hombres y mujeres en la universidad coinciden en la entrada, las dos ramas se van separando en las categorías que van ascendiendo en el rango universitario, conformando una gráfica de tijera, reflejo cuantitativo del famoso techo de cristal o, como estas profesoras prefieren llamarlo, asfalto pegajoso.
Consciente de que éste es un problema común, la Unión Europea publicó el informe ETAN, elaborado por un grupo de expertos de evaluación tecnológica. En este informe, en el que la desigualdad de género se identifica con una inadmisible pérdida de talentos científicos, se proponen, entre otras, las siguientes orientaciones: desagregar los datos del sistema científico por sexos; exigir paridad en los tribunales de evaluación; arbitrar fórmulas para la conciliación familiar dirigidos a investigadores e investigadoras, por igual; apoyar e impulsar los estudios de género y su inclusión en el currículo; promover campañas para el cambio de estereotipos de género en la ciencia; y crear unidades de mujer y ciencia.
En España, en donde los estudios científicos con perspectiva de género no acaban de ser incorporados digna y adecuadamente ni en los cuerpos disciplinares, ni en las áreas y planes docentes, ni en los procesos de evaluación investigadora, se ha puesto en práctica alguna de estas medidas, entre otras, la creación de observatorios de igualdad en los centros universitarios. Todavía no sabemos la capacidad y operatividad transformadora de estos centros, pero, al hacer balance de estos cien años, se constata la lentitud de los procesos que llevan de la igualdad formal a la igualdad real, y también la necesidad de seguir profundizando en la observación y análisis del lugar que ocupan mujeres y hombres en la institución universitaria.
CARMEN MAGALLÓN
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
La ignorancia siempre ha sido muy atrevida. Si además es una ignorancia que trata de descalificar aspectos de la política de igualdad relacionados con la construcción del conocimiento, el atrevimiento tiene rango de provocación. No hay espacio suficiente en el periódico para poder contestar al exabrupto que supone tildar de despilfarro el apoyo a los estudios que toman como sistema de referencia las vidas de las mujeres. Me refiero al comentario aparecido en un medio escrito en el que se afirma que “el Ministerio de Igualdad de Bibiana Aído, a través del Instituto de la Mujer, continúa dilapidando cientos de miles de euros destinados a la ‘realización de investigaciones relacionadas con estudios feministas, de las mujeres y del género’”.
¿Acaso sin estos estudios hubiéramos llegado a saber, entre otros muchos ejemplos, que el infarto de miocardio no tiene los mismos síntomas en hombres y mujeres? Pues no hubiera sido fácil, habida cuenta de los abundantes precedentes en los que sucedió algo similar a lo acontecido con la teoría sobre el desarrollo moral del niño, de
Kohlberg. Este psicólogo utilizó una muestra de 84 niños varones, a los que él y sus colaboradores siguieron durante 20 años. Las conclusiones se universalizaron. Al aplicar la escala a las niñas, se encontraba que estas obtenían puntuaciones más bajas, lo que llevaba a concluir que eran menos maduras en comparación con los niños de su edad. Carol Gilligan investigó con niñas y descubrió que las formas de razonamiento de ellas eran diferentes, lo que le llevó a cuestionar la universalidad de unos resultados ¡extraídos con una muestra sesgada!
En el siglo XXI ya no se puede ignorar que algunos grupos sociales fueron ignorados y/o maltratados por la tradición científica. Lo fueron los pertenecientes a culturas diferentes a la del hombre occidental y lo fueron las mujeres. Las preguntas a investigar, los métodos, las conclusiones, adolecieron de una mirada parcial y sesgada. Algunas ciencias, sobre todo la biología y las ciencias médicas, definieron la naturaleza de las mujeres de un modo cargado de prejuicios. Algo que todavía se arrastra hoy y que toca seguir corrigiendo.
Puesto que las concepciones y teorías científicas influyen en nuestra salud, en la forma de vivir, de ver el mundo, de relacionarnos… es importante preguntarse si son tan neutras como dicen ser, y si no es así darlo a conocer. Tras siglos de androcentrismo y sexismo, no es extraño que haya que mirar con sospecha cómo se estudian las enfermedades, cómo se interpreta la acción de las hormonas, qué se dice del cerebro de unos y otras, preguntarse por la validez de algunas afirmaciones de la ciencia, desvelar sus sesgos. No es extraño, sino necesario, preguntarse, en suma, qué y cómo se investiga.
Tomar las experiencias de las mujeres como fuente, nueva, de recursos teóricos y empíricos, ha ampliado el conocimiento, y lo ha mejorado. Y mientras esta corriente no se incorpore a la corriente principal como es debido, pese a todas las ignorancias y pese a todas las resistencias, habrá que seguir apoyándola.
CARMEN MAGALLÓN
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Así la llaman. Tengo la fotografía delante y les aseguro que es una familia insólita. En ella puede verse que está formada por 27 miembros, todos ellos jefes de Estado y de Gobierno de los países de la Unión Europea, a los que ahora se unen el presidente, Herman Van Rompuy y la jefa de la diplomacia, Catherine Ashton. ¿Que qué tiene de rara o de novedosa? En realidad, de novedosa tiene poco, porque esta foto viene siendo así desde que se conformó la UE. Pero rara sí que es. Sobre todo cuando se mira sin las gafas de una normalidad que de normal no tiene nada, aunque de tan repetida lo parezca. ¿O no es en sí raro que esta extensa familia esté formada por 25 hombres y dos mujeres?
Desde la perspectiva de la representación simbólica y de la carga de autoridad asociada al poder, esta imagen desplegada a lo ancho de una página del periódico es demoledora. Desde la perspectiva de la realidad que subyace, nos dice que los partidos realmente existentes siguen sin presentar candidatas cuando llega el momento de elegir a la máxima autoridad del Estado y que los altos liderazgos femeninos, en vez de apoyarse, son torpedeados.
¿Cómo va a entusiasmar esta Europa en la que los discursos son igualitarios pero el poder no? Sí, es cierto que las mujeres están llegando a puestos que antes no tenían, que existe Angela Merkel y que aquí, en nuestro país, incluso tenemos un Gobierno paritario. Pero les aseguro que, si hay un mecanismo que subsiste en el día a día, es el que funciona para proporcionar a los hombres un escalón más alto cuando una mujer llega al que ellos ocupaban antes. Si ella llega a jefa, se crea para él la figura de director general y, si ellas llegan a ministras, ellos ocuparán ¡ocupan! las jefaturas de Gobierno. Conozco a muchas a las que este tipo de constatación les provoca una desa-
fección automática. Son aquellas que, cuando las invitan a asistir a un acto conformado por un panel de todo-hombres-blancos-
occidentales-de clase media, les viene a la mente una respuesta parecida, en su sentimiento y su tono, a la que dio León Felipe en París cuando le preguntaron sobre España tras la Guerra Civil: “Las cosas de España no interesan, monsieur”, todo en francés, claro.
¿Tiene esto importancia? Pues sí, la tiene. Porque, además de la justicia incumplida, los discursos vacíos y un más de lo mismo, existe el riesgo de que se instauren mundos paralelos, con el pensamiento y la acción de ellas, por un lado, y el de ellos, por otro. El mundo de los hombres bienpensantes a favor de la igualdad integradora con reserva del poder, y el de las mujeres que no aceptan que su legado y su inteligencia sean subordinados, y que desde sus nuevos lugares sociales, tienen, no obstante, la tentación de rendirse ante la tozudez de los hechos y de retirarse a un interior inexpugnable.
¿De verdad quieren contar con las mujeres para construir Europa? Pues no nos ofrezcan el espectáculo de este poder sexuado. No nos muestren fotografías tan obscenas, no nos llamen a participar en ritos intelectuales sesgados en el fondo y la forma, ni nos inviten a escuchar a quienes llevamos siglos escuchando. Y sí, desde luego que sí, también hay muchos hombres machacados.
CARMEN MAGALLÓN
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
La violencia contra las mujeres sigue estando en primer plano, tanto por la polémica levantada a raíz de las críticas de un juez sevillano a la Ley Integral contra la Violencia de Género como por haberse producido ya, en el tercer día del nuevo año, la primera de las víctimas. Pese a que las mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas disminuyeron en 2009 un 40% con respecto al año anterior, el número de víctimas, 55, sigue siendo alarmantemente alto. Que casi un tercio de ellas sea menor de 30 años añade además la indicación preocupante de que entre los jóvenes está dándose una tendencia continuista. Ante un problema tan grave, es necesario generar, y en ello se está, cierta dosis de acuerdo social sobre la pertinencia de los análisis que identifican las raíces de esta violencia, pues de ellos se derivan las orientaciones educativas básicas para el cambio. Sin embargo, hoy por hoy, la aplicación de la ley no concita la unanimidad social que hubo en el Parlamento para aprobarla. ¿Son razones o son resistencias?
Si miramos hacia atrás, el avance más reseñable frente a la violencia machista fue hacerla visible, convertir en público un problema que hasta entonces, hasta hace bien poco, era considerado privado. Este primer paso fue un logro del movimiento feminista, en cuyo seno crecieron, además de la acción reivindicativa, instrumentos de análisis crítico de la realidad, teorías y conceptos, que como el de género, permitían explicar y hacer frente a la desigualdad entre los sexos.
Es ampliamente constatable que la variable género y la perspectiva que se genera al tenerla en cuenta ha servido y sirve para mejorar la objetividad de la ciencia y del conocimiento al eliminar sesgos sexistas y visiones parciales. Por eso resulta chocante que se hable de “ideología de género” en sentido peyorativo, para descalificar la ley, como si los análisis de género constituyeran una visión falsa de la realidad que trata de imponerse y oprime. La ley contra la violencia machista posiblemente es mejorable, y en ese sentido bienvenida sea la crítica, pero tachar de ideología opresora la fundamentación de género que proporciona una teoría social explicativa y fructífera, ¿no es más bien una impugnación, gratuita, a la totalidad? Y si lo es, ¿sobre qué bases se mantiene?
La variable género es interactiva, explica las relaciones de poder que se establecen entre hombres y mujeres, pero no lleva a condenar a los hombres por el hecho de serlo. Condena el estereotipo de hombre dominador, pero no instaura ninguna lucha de sexos. Hombres y mujeres somos beneficiarios de un análisis que rompe con la postura biologista-esencialista desde la que las atribuciones psicosociales y los roles asignados a cada sexo son inamovibles. En este marco, es posible otra socialización, educar en la igualdad y en la libertad frente a los estereotipos. El hombre violento no es visto como natural, sino como el resultado de una proyección cultural, transformable por tanto. La mujer tampoco es idealizada. ¿Es opresor deconstruir al hombre violento? ¿No habríamos de estar juntos en este empeño?
CARMEN MAGALLÓN
El 25 de noviembre fue instituido por Naciones Unidas como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer para que en todo el mundo, al menos una vez al año, se tome en consideración este grave problema. En nuestro país, el trabajo de años de denuncia del movimiento feminista dio finalmente sus frutos y hoy contamos con instrumentos como la Ley Integral contra la Violencia de Género y un delegado del Gobierno responsable del tema. No obstante, los cambios son lentos, y a entender por qué lo son puede ayudar el modelo definido por el pionero de la investigación para la paz, Johan Galtung, que habla de tres tipos de violencia: directa, estructural y cultural, identificables también en el caso de las mujeres.
La más patente, la violencia directa, se materializa en el maltrato, el acoso, las agresiones, y la muerte de tantas mujeres.
La violencia estructural contra ellas es un proceso en cuyo centro se halla la dominación. Se deriva del lugar que ocupan en el orden económico y de poder hegemónicos. El que la pobreza en el mundo tenga rostro de mujer es violencia estructural contra ellas. También lo es que el poder con mayúsculas esté sesgado a favor de los hombres. En la mayoría de los países, ellos son quienes ocupan los cargos importantes, las presidencias de los gobiernos, las jefaturas de las iglesias, los puestos dirigentes de las instituciones y corporaciones. También es violencia estructural, por lo que tiene de incremento de pobreza y de carga de trabajo añadida, el que la mayoría de las familias monoparentales con hijos pequeños o mayores dependientes caiga bajo la responsabilidad de una mujer.
Finalmente, la violencia cultural contra las mujeres, simbólica y persistente en el tiempo, es la que legitima las otras violencias, la directa y la estructural. Se halla en la mayoría de las creencias religiosas, en las que la deidad es masculina, en las ideas sobre la naturaleza de la mujer elaboradas por la filosofía y la ciencia, que la situaron en niveles más cercanos a los animales –la naturaleza– que al ser humano racional; en la literatura y el arte, en las que predominan las obras donde la mujer es objeto de la mirada, en vez de sujeto creativo y autónomo.
El modelo de Galtung facilita la comprensión de los flujos causales que se establecen entre los tres tipos de violencia. Estos flujos circulan en todas las direcciones, pero el principal es el que va de la violencia cultural a la violencia directa pasando por la estructural. La desvalorización simbólica de la mujer (violencia cultural) la abocó históricamente a un estatus de subordinación y exclusión (violencia estructural), y esta marginación y carencia de poder favoreció su conversión en objeto de abuso físico (violencia directa).
La lentitud del cambio puede explicarse por el carácter profundo de la raíz principal, simbólica-cultural, de esta violencia. Por eso la organización en estos días del Foro Internacional Juventud y Violencia de Género, dirigido a los jóvenes y centrado en los aspectos culturales y mediáticos, es un acierto reseñable.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
CARMEN MAGALLÓN
Un encuentro bajo este título ha reunido recientemente a economistas, profesoras, sindicalistas, diputadas, científicas y empresarias del país para analizar, desde una perspectiva feminista, es decir, desde la consideración de que la ciudadanía plena de las mujeres exige una igualdad efectiva, cómo está influyendo la crisis económica en las mujeres y qué propuestas surgen al pensar desde la realidad de sus vidas. Organizado por la Fundación Isonomía, de la Universitat Jaume I y el Instituto de la Mujer, en él se han identificado problemas y propuesto soluciones, subrayando que la crisis no puede utilizarse para el abandono de las políticas de igualdad, cuando precisamente en ellas pueden hallarse claves importantes para el necesario cambio.
Las secretarias de la Mujer de UGT y CCOO, Almudena Fontecha y Carmen Bravo, respectivamente, desmintieron que el paro esté afectando menos a las mujeres. Las sindicalistas afirmaron que el desempleo femenino no ha bajado de las dos cifras ni en los mejores momentos. El paro de ambos sexos se igualó con la caída de empleos en la construcción, pero el femenino volvió a ser mayor cuando empezaron a caer en el sector servicios. Alertaron de la tendencia a utilizar a las mujeres como mano de obra comodín: cuando se necesitan, se las incluye en el mercado de trabajo y, cuando no, se las expulsa; también de la trampa que encierra decir que las mujeres tenemos “más empleabilidad”, lo que generalmente significa aceptar peores condiciones de trabajo y mayor precariedad.
La economista Cristina Carrasco expuso la insuficiencia de un sistema económico que sólo considera el espacio de producción mercantil, olvidando el de desarrollo humano, donde se realizan los trabajos domésticos y se producen los bienes y servicios derivados de la interdependencia: relaciones, afectos, cuidados… En esta crisis se sigue olvidando revisar el concepto de trabajo haciéndolo más acorde con lo que hacemos cada día. No puede ser que ahora se ponga en cuestión el desarrollo de la ley de dependencia cuando el reconocimiento de la interdependencia –concepto más amplio, en el que todos vivimos–,podría significar una revolución del empleo. Una pregunta crítica surgió al pensar en cómo se ha utilizado el Plan E. ¿Por qué se sigue invirtiendo en un modelo –la construcción– del que queremos salir y no en formar y encauzar a los parados –independientemente de su sexo– en empleos de cuidado e interdependencia que sí son sostenibles y que sí son necesarios?
Es justo y necesario que el exceso de tiempo que dedican las mujeres al ámbito de la interdependencia deje de ser invisible. Y que se asuma que la dependencia y la conciliación no son un lujo para tiempos de auge económico, sino rasgos de nuestra humanidad que nos ofrecen claves para cambiar el modelo económico.
El Gobierno haría bien en tomar nota de las conclusiones de este encuentro, mucho más ricas de lo que aquí puedo reflejar. Haría bien en escuchar a quienes afirman que la actual situación es una oportunidad para cambiar enfoques obsoletos que nos abocan a una vida infeliz e insostenible. Y decidir en consonancia.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.
MIGUEL ÁNGEL QUINTANILLA FISAC
Dora Russell (1894-1986) fue más conocida por ser la esposa del lógico y filósofo Bertrand Russell que por ser una brillante intelectual, educadora y activista del feminismo. Cuando, muy joven aún, escribió su alegato en favor de la liberación de la mujer a través del conocimiento y de la educación, le puso a su obra (editada en castellano por KRK Ediciones, de Oviedo) el título de Hipatia: Mujer y conocimiento, en honor a la famosa científica alejandrina que murió a principios del siglo V, apedreada y despedazada por cristianos fanáticos. Han pasado casi 100 años y el alegato de Dora Russell sigue haciéndonos vibrar de emoción con su defensa radical de la igualdad, su reivindicación de la libertad sexual y de la importancia de la educación y del conocimiento, y por su rechazo de la visión patriarcal y conservadora del mundo.
La labor de Dora Russell y de tantas otras feministas de izquierdas, que lucharon por la igualdad de derechos (en Inglaterra las mujeres no pudieron acceder con plenos derechos a la enseñanza universitaria hasta después de la Segunda Guerra Mundial) ha ido dando sus frutos. En muchos países hay ya más mujeres estudiantes universitarias que hombres y, poco a poco, la igualdad se va imponiendo en niveles superiores de la carrera académica (doctorado, profesorado, etc.). Existe aún, sin embargo, ese “techo de cristal” contra el que la mayoría de mujeres que se dedican a la investigación científica terminan estrellándose en algún momento de su carrera.
Cuanto más arriba en la carrera científica, más evidente es la desigualdad entre hombres y mujeres y más difícil les resulta a ellas lograr un reconocimiento acorde con sus méritos objetivos.
La buena noticia es que hay síntomas de que las cosas van cambiando. Este año han sido cinco las mujeres que han recibido un premio Nobel (en más de 100 años sólo ha habido 41 premios Nobel que han recaído en mujeres). En España hay cada vez más mujeres haciendo el doctorado, y son cada vez más numerosas las que se sitúan en la primera línea de la carrera científica (como Margarita Salas o María Teresa Mira, por citar dos ejemplos), sin olvidar que las máximas responsables de la política científica del país, durante los últimos años (los mejores para el crecimiento de la ciencia en España, en muchas décadas), han sido tres mujeres (María Jesús San Segundo, Mercedes Cabrera y Cristina Garmendia). Muchos expertos interpretan esto como el resultado final de una apuesta política decidida por ir eliminando las barreras y prejuicios que han servido durante siglos para coartar las posibilidades de desarrollo autónomo e intelectual de las mujeres.
Pero ahora corremos el riesgo de pasar por alto, una vez más, que también deben haber tenido bastante mérito las propias mujeres científicas que han ido abriendo camino por su cuenta. Para todas ellas Hipatia puede ser un símbolo y un emblema. Alejandro Amenábar nos lo ha recordado con una preciosa e insólita película de romanos, protagonizada por una mártir atea dedicada a la ciencia y encarnada en una mujer no sólo sabia y tenaz, en la búsqueda del conocimiento y de la integridad moral, sino además bella y libre: Hipatia de Alejandría, una de las más grandes entre las astrónomas y astrónomos de todos los tiempos.
Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia
CARMEN MAGALLÓN
Alas pantallas de los cines ha llegado la película de Alejando Amenábar Ágora, en la que, a través de una superproducción, emerge la figura de Hipatia de Alejandría, destacada científica que vivió en el siglo IV, para la mayoría de la población una perfecta desconocida. No hablaré de la película, que está siendo ampliamente reseñada y que, aunque estoy en ello, todavía no he podido ver. Lo que me interesa destacar es la reflexión que hacía su director en una de las entrevistas publicadas en estos días.
Todavía me estoy preguntando, decía Amenábar, cómo es que a nadie se le había ocurrido antes hacer una película sobre tan destacada astrónoma y filósofa. Una pregunta en la que vale la pena apoyarse como un surfista en una ola, pues en este mundo de hoy el eco de las preguntas viene a depender mucho de quién las formula, y a menudo ni eso es suficiente para que determinados interrogantes fructifiquen.
Efectivamente, he ahí la cuestión: ¿por qué Hipatia fue relegada del elenco de personajes de la Historia? ¿Cómo, por qué, y a través de qué mecanismos funciona la ocultación, la invisibilidad, el dejar en el olvido a esta y a tantas otras mujeres sabias del pasado?
Para los estudios de Historia de la Ciencia que toman como variable relevante el sexo, Hipatia es el origen de una genealogía a la que, con el paso de los siglos, pertenecieron médicas, físicas, matemáticas, astrónomas, químicas, filósofas. Por eso, un libro con referencias y biografías de las más destacadas de entre ellas, y que conocimos hace más de dos décadas, tenía por título El legado de Hipatia. Hay que decir que la mayoría fueron conocidas en su época, pero su rastro histórico es intermitente, y predominan amplias fases de olvido. Y es que como la llamada corriente principal de la transmisión histórica –siempre tutelada por los patriarcas de turno– no acaba de incorporarlas como merecen, cada generación ha de redescubrirlas y rescatarlas.
Con este fondo, la irrupción mediática de la Hipatia de Amenábar, así, a lo grande, es una contribución a la igualdad que nos produce una satisfacción enorme. Porque, como escribe Amelia Valcárcel, el techo de cristal no sólo lo constituyen los puestos a los que las mujeres no acceden o lo hacen a cuentagotas; si hay un techo que sigue siendo inaccesible para una mujer es el de la sabiduría. Y también queremos romperlo. Al igual que es de justicia cobrar igual salario por igual trabajo, compartir las tareas de crianza y llegar a los mismos puestos, también lo es compartir la excelencia y que se reconozca la autoridad de las sabias. Hay muchas más de las que se conocen y, como en el caso de la egipcia, su conocimiento y reconocimiento aumentará los horizontes de libertad para expresar la vivencia en un cuerpo de hombre o de mujer allende la mezquindad de los estereotipos.
Agradezco a Valcárcel, una de nuestras sabias actuales, sus brillantes escritos. Y a Amenábar su capacidad para mirar el mundo de otra manera. Sin los libros de ella y las películas de él, seríamos peores y más ignorantes.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz