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Desde lejos

Ángeles Caso

La cruz de Italia

27 oct 2009
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Italia es para mí un misterio tan profundo como cualquier rincón inescrutable del Extremo Oriente. Es sin duda uno de los países más hermosos de Europa, que ha dado a la humanidad muchas de sus obras más bellas, que luchó fieramente por su independencia y su unidad. Un país que se mantiene desde hace décadas entre los más ricos del mundo y, sin embargo, ha sabido conservar buena parte de su viejo encanto sin dejarse arrastrar por el desarrollismo y la especulación que han arrasado otros como el nuestro. Un lugar al que siempre deseo ir.

Pero no logro entender el funcionamiento de la política y las instituciones italianas, el perverso nudo que une tantas veces a los poderes públicos con las mafias y con el Vaticano. Y, sobre todo, no puedo concebir que tengan por jefe de Gobierno a un individuo como Berlusconi, un hombre que atenta contra los principios éticos y estéticos que cualquier ciudadano sensato desearía para su máximo responsable político, al menos en este lado del Mediterráneo.

Nunca he comprendido cómo los italianos pueden haber votado a ese presunto mafioso, demagogo profascista, católico hipócrita. Y, sobre todo, cómo es posible que los 30 millones de mujeres italianas no se rebelen contra un tipo que las (nos) trata como ningún gobernante occidental se atrevería ya a hacer. Al fin las italianas comienzan a reaccionar y, a través del diario La Repubblica, han puesto en marcha un manifiesto para protestar por sus últimos desprecios a una ex ministra. Espero que sea el principio de un movimiento general (femenino y masculino) contra ese ser y también el principio de su fin. Ese país, creo yo, no se merece semejante cruz.

Los monstruos

20 oct 2009
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Uno de los cuadros más dolorosamente impresionantes del Museo del Prado es La mujer barbuda, de José de Ribera. Representa a Magdalena Ventura, una mujer que padecía hirsutismo y a la que el pintor representó dando de mamar a un niño, con su terrible cabeza de hombre y la barba llegándole hasta el pecho. Era 1631, la misma época en la que Velázquez retrataba magistralmente a sus famosos enanos y bufones. Tiempos en los que los individuos con ciertas malformaciones o minusvalías físicas o psíquicas eran considerados fenómenos de la naturaleza, monstruos que Dios ponía en la tierra para hacer reír a los demás.Durante muchos siglos, las cosas han seguido siendo más o menos así, y esas personas han sido tratadas como meros divertimentos y exhibidas sin ningún respeto en las ferias, los circos o las películas. Todavía hasta el año 2000, el Museo Darder de Bañolas exponía tranquilamente el cuerpo momificado de un bosquimano de África, como si fuera cuando menos una curiosidad.Yo estaba convencida de que esa utilización repugnante de seres humanos ya no se producía. Pero, justo cuando iba a comenzar este artículo pensando en otro asunto, puse la tele para ver de qué iba el mundo. Y me encontré en uno de esos programas mañaneros de una gran cadena a un pobre chico que es por lo visto el hombre más alto del mundo, el que tiene los pies y las manos más grandes, y que, según la presentadora que lo entrevistaba, “anda por España buscando novia”. Hace tan sólo unas semanas, en ese mismo sillón, estaba sentada la mujer más pequeña del planeta. Les juro que se me revolvió el estómago. Qué vergüenza.

Ese Madrid sucio

13 oct 2009
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Me doy un paseo lento y tranquilo por el centro de Madrid, al que sólo suelo acercarme con prisas y sin tiempo para fijarme en nada. Recorro despacio el barrio de Chueca, las calles que rodean Gran Vía y Alcalá, la zona en torno a la Puerta del Sol. Desolación. Las obras mastodónticas e inagotables del alcalde Gallardón atruenan por todas partes, llenando el aire de ruido y polvo, y el asfalto de interminables atascos. La crisis va dejando locales cerrados, restaurantes y tiendas y bares que han tenido que bajar las persianas y ahora yacen como heridos de una guerra repentina, abandonados y mugrientos. En las fachadas de los edificios a medio rehabilitar cuelgan pedazos de carteles que alguien trató de arrancar, rodeados de decenas de firmas de grafiteros mediocres y sin imaginación.

Debe de hacer días que las brigadas de limpieza no pasan por aquí. Hay esparcidas porquerías de todo tipo, papeles, vasos, colillas, plásticos, restos asquerosos de vomitonas. Hay, en pleno mediodía, bolsas de basura apiladas junto a los portales. Y montones de cajas y restos junto a los contenedores de papel y vidrio de los cuales, por lo que parece, nadie se ocupa.

Vuelvo a descubrir un Madrid que, al menos en esas zonas, había desaparecido hace muchos años: sucio, maloliente, descuidado y cutre. Entretanto, el mismo Ayuntamiento que se ha olvidado de que hay que atender la ciudad, ha gastado casi 17 millones de euros en presentar la candidatura fallida de los Juegos Olímpicos de 2016. Oropeles y brillos, mientras debajo de las alfombras se almacenan toneladas de porquería (real).

El caso Polanski

06 oct 2009
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Adoro las películas de Polanski. El baile de los vampiros, La semilla del diablo, Chinatown, Tess o El pianista figuran en la lista de los filmes de los que más he disfrutado en mi vida. Pero mi admiración por el cineasta no tiene nada que ver con mi condena al violador y pederasta. El delito por el que ha sido detenido en Suiza, permaneciendo a la espera de que los jueces decidan sobre su extradición a Estados Unidos para ser juzgado allí, es especialmente repulsivo.

Un día de 1977, Polanski conoció en Los Ángeles a Samantha Geimer, una cría de 13 años, a la que propuso hacer unas fotos para el Vogue. La niña, deslumbrada por semejante oportunidad, aceptó. Somos muchísimas las mujeres que, a diferentes edades, hemos vivido situaciones semejantes. Tipos que nos consideran a todas prostitutas, supongo, y que, aprovechándose de su influencia, te hacen una propuesta amistosa o profesional que luego se convierte en una encerrona. En el caso de Samantha, la trampa fue fatal: Polanski la emborrachó, la drogó y la violó.

Muchas personas han salido ferozmente en su defensa. Cineastas, actores, intelectuales y hasta el ministro de Cultura francés exigen que se le libere. Tiene 76 años, arguyen (edad que no le impide seguir presumiendo de frecuentar a menores). Aquello pasó hace mucho tiempo, como si los años pudieran borrar semejante atrocidad. Y además –y sobre todo– es un genio. Pero ningún genio está exento por el hecho de serlo de que la ley caiga sobre él, especialmente cuando el crimen que ha cometido es tan asqueroso como la violación de una menor. Se puede ser a la vez un genio y un cabrón.