Opinion · Dominio público

Compromiso con la verdad. Respuesta a Vicenç Navarro sobre el peligro de los móviles

Álvaro Bayón Medrano

Biólogo y divulgador científico

No es ningún secreto para la comunidad científica que las radiaciones electromagnéticas se dividen en dos tipos, según sean capaces de cambiar la estructura de los átomos o no, lo que hace que se denominen “radiaciones ionizantes” a todas aquellas frecuencias capaces de hacerlo, y “no ionizantes” a las que no pueden realizar tal proeza. Tampoco es ningún secreto que los distintos tipos de radiaciones se clasifican según sus propiedades, que a su vez vienen definidas por su frecuencia. Así, dentro de las radiaciones ionizantes, más energéticas, hay grados. Tiene mucha más energía los rayos X que la radiación ultravioleta, y mucha, muchísima más, los rayos gamma. Aunque todas ellas son radiaciones ionizantes, los últimos, por ser los más energéticos, producen muchísimos más problemas que esa radiación de la que nos protegemos todos los veranos usando filtros en forma de blanquecinas cremas de venta en farmacia.

Por debajo de los ultravioleta está la radiación visible, que va desde el violeta hasta el rojo, dando un paseo por todo el espectro del arco iris. Y por debajo del rojo encontramos la radiación infrarroja. Una radiación mucho menos energética que se caracteriza por portar calor. Por debajo están las microondas, menos energéticas que las anteriores, cuyas propiedades todos conocemos por los aparatos que tenemos en casa: son ondas que inducen a las moléculas a vibrar, calentándolas. Y bajo las microondas, muchísimo menos energéticas, están las ondas de radio.

Entre las ondas de radio y las microondas no hay un límite claro, y en esa zona difusa donde encontramos frecuencias que bien podrían clasificarse en ambas categorías, nos encontramos con la radiación que emiten nuestros teléfonos móviles y nuestros aparatos “wifi”. Y aquí es donde un servidor quiere aterrizar.

La energía que porta una onda electromagnética no solo viene definida por su frecuencia, sino también por la potencia con la que es emitida. Un ejemplo sencillo es el que vemos con dos bombillas que tienen el mismo color, una de 20 W y una de 100 W. No necesitará el lector que se le explique cuál de ellas es más energética y cuánto más energética será. Si tomamos esto en cuenta no es difícil comparar un horno microondas de 800W con un teléfono móvil que no suele emitir más de 0,5W, y cuyos picos máximos apenas sí llegan a 2W.

Además los aparatos de microondas con los que nos calentamos los desayunos no operan a la misma frecuencia que el teléfono móvil, sino a una frecuencia bastante más elevada. Es bien sabido que los microondas están diseñados para mantener la radiación que se encarga de calentar los alimentos retenida en el interior de una jaula de Faraday, específicamente diseñada para la frecuencia con la que trabaja el aparato. Por eso puedes ver a través de la malla de metal de la puerta acristalada, pero no se te derrite una chocolatina si la dejas delante de la puerta con el aparato funcionando. Si usted hace la prueba de introducir su terminal móvil en el microondas y cerrar la puerta, verá que puede llamar y el teléfono sonará. Esto significa que no opera a la misma frecuencia que el microondas. En este caso, opera a una frecuencia muy inferior.

¿Significa esto que poniendo miles de teléfonos móviles a máxima potencia podríamos conseguir calentar un vaso de leche en un minuto? Hemos hablado de la frecuencia, y hemos hablado de la potencia. Ahora hablemos del tercer aspecto: la distancia.

La energía de una onda electromagnética avanza en todas las direcciones en línea recta, y esto hace que cuanto más lejos esté, más dispersa esté la energía y por tanto, menos energía te llegará. Esto es algo que conocen muy bien los fotógrafos y que se denomina la ley de la inversa cuadrada, y básicamente te dice que si consideras un 100% lo que llega a un metro de distancia de un foco de luz, lo que está llegando a dos metros de distancia es un 25%, a tres metros apenas llega un 11%, y a cuatro metros supera ligeramente un 6%.

Esto que resulta muy útil para saber dónde poner a la gente que va a ser iluminada con un flash y que no quede alguien demasiado oscuro o demasiado quemado en la foto, nos da una pista: la distancia a la que nos encontramos del aparato importa mucho. Y para conseguir que miles de aparatos móviles hicieran el efecto de un microondas calentando un vaso de leche, tendrías que apilar estos teléfonos en un espacio lo suficientemente pequeño como para que el vaso se mantenga a una distancia no muy elevada de todos ellos, y por supuesto, encerrarlo todo en una jaula de Faraday diseñada específicamente para esa frecuencia, y que hiciera rebotar las ondas como lo hace un horno microondas. Y ponerlos a todos a funcionar a la vez a máxima potencia, y evidentemente desde dentro —porque no podrías hacerlo desde fuera, están en una jaula de Faraday—. Es, evidentemente, una tarea imposible.

Si aleja usted los miles de teléfonos móviles de una forma en la que puede usted encontrar, por ejemplo, durante un concierto o en un estadio, y sin una jaula de Faraday que retenga esa señal, las radiaciones son tan débiles, tan dispersas y tan poco energéticas que el efecto de calor que pueden producir es insignificante. Nada que el metabolismo de cualquier ser vivo no pueda compensar sin problemas.

Y por supuesto, si en vez de miles de teléfonos móviles, en las miles de manos de los miles de apiñados asistentes a un concierto no pueden hacer nada relevante a nuestra biología, mucho, muchísimo menos podría hacerlo un solo teléfono móvil. Por muy cerca que se lo ponga usted de a la oreja.

¿Y las antenas? La radiación que emiten las antenas es del mismo tipo: microondas de baja energía. Y además suelen encontrarse en azoteas de edificios, lugares que tienen una distancia bastante considerable respecto a las personas que van por la calle. ¿Y si vivo debajo de una? No se preocupe. Las antenas están diseñadas para dirigir su radiación en una dirección específica que es la que interesa, y esa dirección nunca es hacia abajo. Algo llega, claro, pero muy, muy poco. Visualice usted la antena como una linterna que apunta hacia la calle. Algo de luz te llega si estás detrás de la linterna, por lo que pueda difundirse y rebotar aquí y allá, pero la mayor parte de la luz se dirige hacia donde interesa.

Con una diferencia. Una bombilla de una linterna emite muchísima más energía, por lo que, de existir algún peligro, la linterna tendría un riesgo muchísimo más alto que la antena. Su frecuencia es muchísimo mayor —y por tanto, muchísima mayor su energía—. Y con “muchísimo” me refiero a que la antena de telefonía móvil emite una frecuencia de cientos de megaherzios a unos pocos gigaherzios, mientras que la bombilla emite en el rango de los cientos de petahercios.

Megahercios, petahercios, palabras raras que tal vez no todo el mundo entienda, pero si se me permite hacer un ejemplo más sencillo que sirva de analogía, utilizaré algo que cualquier lector podrá entender: los euros. La frecuencia no es sino el número de crestas de una onda que llega en un segundo, de modo que si tomamos cada gigaherzio como un euro al día, tenemos que de la antena de telefonía móvil nos llegaría entre decenas de céntimos y unos pocos euros al día, mientras que la bombilla nos estaría proporcionando cientos de miles de millones de euros al día.

Supongo que el ejemplo es clarificador.

Y no nos olvidemos de la distancia. Recordemos que aumentar la distancia hacía que la energía cayera en picado. Teniendo todo esto presente, supongo que el lector considerará relevante el hecho de que una antena de telefonía móvil colocada en un tejado cualquiera tiene el mismo riesgo para el viandante como una bombilla de 100 vatios colocada a un kilómetro de distancia.

Podría extender más esta nota, haciendo ver que la Organización Mundial de la Salud reconoce que ningún efecto negativo de las radiaciones de telefonía ha sido nunca demostrado. Podría continuar mostrando estudios científicos que demuestran que la mal llamada “sensibilidad electromagnética” responde, no a un efecto real de las radiaciones de telefonía, sino a una falsa percepción de un riesgo que en realidad no existe, en lo que se conoce como efecto nocebo —que es la cruz de la moneda cuya cara es el placebo—. Podría seguir argumentando que en 30 años que llevamos de tecnología móvil, con una generalización casi universal en los últimos 15 años, no ha sucedido ninguna epidemia de ninguna de las enfermedades que los “conspiranoicos” de las radiaciones de telefonía atribuyen a esta tecnología, que cualquier análisis epidemiológico que compare datos de enfermos con datos de uso de móviles o con mapas de antenas ni siquiera muestran correlaciones.

Hace unas semanas Vicenç Navarro publicó en este mismo diario un artículo de opinión titulado Lo que se está ocultando a los usuarios de los móviles: su salud puede peligrar. “Cáncer en el cerebro”, se llega a leer con pánico en su texto. Me pregunto si quien escribió esas palabras es realmente consciente de lo graves que son sus afirmaciones. Con lo ya expuesto, si un teléfono o una antena de telefonía pueden producir un cáncer en el cerebro, ¿Qué nos estarán haciendo esas bombillas que nos bombardean constantemente con fotones millones de veces más potentes? A nadie se le ocurre decir que una bombilla led nos cause cáncer de ningún tipo. Incluso existen lugares donde te pueden dar baños de radiación ultravioleta A (rayos UVA para los amigos), que esa sí, puede causar quemaduras y problemas en la piel. Y nos olvidamos de que a diario tenemos una estrella ahí arriba que nos bombardea con radiación infrarroja, visible y ultravioleta que atraviesa nuestra atmósfera.

Sin embargo prefiero concluir esta disertación con un mensaje más orientado de cara a la salud. Las personas “electrosensibles” creen realmente que la radiación de telefonía les afecta negativamente, a pesar de que sabemos que es falso. Esas personas tienen síntomas reales que nacen de un efecto puramente psicosomático, y la única forma viable de ayudarlas es comenzar por romper estos falsos mitos sobre los supuestos daños de una tecnología que lleva demostrándose inocua desde tiempos de Tesla y Marconi. Esas personas necesitan saber que lo que ellos creen que produce sus problemas son en realidad cosas inocuas, y que sus problemas tienen otra raíz muy distinta.

Alimentar ese pánico irracional de “antiantenas” desde un medio de comunicación que llega a decenas de miles de lectores es un acto de irresponsabilidad, no ya porque desaparezca el respeto a la verdad, sino porque esto evita que personas que tienen problemas de salud muy reales puedan llegar a solucionarlos.

Soy consciente de que el artículo publicado por Vicenç Navarro es un artículo de opinión, pero es un artículo engañoso que desinforma, y cuyo mensaje puede ser peligroso para esas personas. Y si bien un periódico no tiene control sobre la opinión vertida por el politólogo de turno, según el código deontológico que propone la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, “el primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad”, y “advertida la difusión de material falso, engañoso o deformado”, considero labor esencial del periodista (y así lo considera el mismo código deontológico) «corregir el error sufrido con toda rapidez», es menester desmentir esas afirmaciones, de corte pseudocientífico, «con el mismo despliegue tipográfico y/o audiovisual empleado para su difusión». Porque suficientes bulos llegan a la gente por Facebook o por Whatsapp como para que los periódicos se suban a ese carro.