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Opinión a fondo

Pedagogía contra la violencia de género

20 Abr 2008
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JAVIER MONTILLA 

machismoblog.jpgLa designación de Miguel Lorente como responsable de la Delegación del Gobierno de Violencia de Género supone otro golpe de efecto del nuevo Gobierno socialista, tras el nombramiento de Carme Chacón como ministra de Defensa. Lejos de ser algo anecdótico, supone un cambio de perspectiva en la lucha contra la violencia machista.
Los hombres hemos heredado a través de las distintas generaciones el modelo del hombre tradicional, basado en ideas de fuerza, poder y competitividad. El hombre tiene que ser exitoso, dirigir, disponer a su conveniencia. La fuerza, por tanto, es el eje vehicular de todo el modelo. Tenemos, pues, la obligación de aparecer siempre fuertes ante todo el mundo. Somos rehenes de esta idea y no hemos sido capaces de construir un modelo alternativo de masculinidad.
Es hora, desde mi punto de vista, de cambiar este modelo hacia una masculinidad basada en la igualdad, la justicia, el respeto y la solidaridad. La igualdad real de la mujer no es posible sin una revolución masculina.  Y esta revolución requiere que el hombre se reconozca a sí mismo como un ser sensible, afectivo y vulnerable para empezar a cuestionarse los estereotipos sociales y culturales dominantes. Este cambio, a mi juicio, es primordial para que la batalla contra la violencia machista sea combatida también por los hombres.
Normalmente, cuando hablamos de violencia contra las mujeres la primera idea que nos viene a la cabeza es el maltrato físico. Pero detrás de cada caso se esconden víctimas que permanecen en silencio, celos, acoso, dolor y llanto. Son las víctimas invisibles, en contraposición de aquéllas que copan los titulares de los periódicos y que son sólo la punta del iceberg de un problema generalizado que afecta a todos los estamentos sociales.
No nos engañemos. La violencia machista es una cuestión que lejos de pertenecer al ámbito doméstico y privado constituye un problema social grave, que se acrecienta día a día y que exige la adopción de medidas integrales. Indudablemente son necesarias aquellas medidas que tienen que ver con la protección efectiva, que van desde la seguridad personal a la tutela judicial o los servicios públicos que ayuden a las víctimas a una recuperación de su autonomía personal, cuestiones que ya refleja la Ley Integral Contra la Violencia de Género, aprobada por el primer Gobierno Zapatero. Pero también son vitales aquellas acciones que favorecen un cambio social, cultural y estructural. Es decir, aquellas que intentan llegar a la raíz del problema y que se entienden como medidas preventivas, educativas y de sensibilización.
Es necesario, en consecuencia, un incremento de las medidas educacionales, haciendo pedagogía contra cualquier tipo de violencia, incluida la violencia contra los animales. De hecho, muchos investigadores han afirmado que existe una conexión entre la violencia hacia los animales y la violencia hacia los seres humanos.
Los agresores, en su gran mayoría, no son hombres diferentes, o con algún tipo de enfermedad, como podríamos pensar.  Son hombres comunes, ciudadanos típicos, en muchos casos ejemplares, amables y, a menudo, considerados y cordiales en su trabajo. Detrás de esa máscara con la que se presenta ante la sociedad, piensa que la mujer es un objeto que le pertenece. Y cuando no se somete dócilmente a su voluntad, cuando se le ocurre rebelarse, se siente humillado y recurre a la violencia. Ésta es la clave de la conducta del maltratador. Un hombre, sin duda, celoso, posesivo y controlador, que actúa como si tuviese una especie de derecho natural para humillar a su pareja.
Pero, además de esto, creo que existe otro factor clave para entender este complejo problema: La violencia existente en el seno de una sociedad, es la suma de las violencias individuales de cada uno de sus miembros; la que cada una de las personas que la componen genera y la que es capaz de tolerar y asimilar. Cada gesto, actitud o comentario despectivo y discriminatorio contra las mujeres, aumenta la permisividad y abre el camino hacia los malos tratos.
No hemos de ocultar la realidad. Cuando una mujer es violada, amenazada, acongojada, golpeada y asesinada toda la sociedad está herida de muerte. Y lejos de ser un problema de esfera individual, se convierte en un problema colectivo de nuestro tejido común, de nuestra sociedad. También de los hombres.
Es por ello que considero como un avance el hecho de que algunas de las principales mujeres escritoras y periodistas de este país hayan querido sumergirse en este proyecto común que se llama No sólo duelen los golpes. Palabras contra la violencia de género para trabajar y luchar por este reto común. Cada una desde su visión, desde su ideología, desde la pluralidad, desde un origen diferente, desde Francia a Uruguay, desde el artículo periodístico al relato, desde el dolor profundo por alguna experiencia, hasta la utopía por el fin definitivo de este terrorismo doméstico. Unidas en una sola voz, en un solo libro, lejos de la crispación reinante. Uniendo su palabra para que esta tragedia de nuestros tiempos sea un episodio de corta duración. Un mal sueño en un mundo donde la muerte espera en la esquina de muchas mujeres, precisamente por eso, por ser mujeres.
Ya lo decía el dramaturgo francés Eugene Ionesco: “Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos une”.  Y éste es nuestro sueño común: acabar con esta lacra que nos azota como las peores pesadillas. Sin lugar a dudas, desde el compromiso de estas escritoras y periodistas, se crea la base para una pedagogía social imprescindible para su erradicación.

Javier Montilla es coordinador del libro colectivo “No sólo duelen los golpes. Palabras contra la violencia de género”.

Ilustración de Mikel Jaso


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